Todos eran John Goodman

Todos eran John Goodman en mis mesas. No sé cómo serían los gringos en los demás casinos de Las Vegas porque yo no me moví del Bally’s, pero allí os puedo asegurar que todos eran calcados a John Goodman. Y no a cualquier John Goodman, sino al de los geniales hermanos Coen y su The Big Lebowski, justo a ese que aparece en la foto. Bueno, quizá no fueran calcados pero sí parecidísimos: sobrepeso generalizado, mismas gafas de sol e idéntico corte de pelo al estilo militar. Sobre armas no llegamos a hablar nunca pero estoy convencido de que todos y cada uno de ellos llevaban una pistola en la guantera del coche.

Hay por ahí blogs de jugadores de poker escritos con bastantes más faltas de ortografía que malviviendodelpoker y sin embargo lo petan. A diferencia de este que solo se lee en mi pueblo. Y eso pasa sencillamente porque los artistas quizá sean incapaces de colocar las haches en su sitio, pero me dan mil vueltas en el oficio, vamos, que no malviven del poker sino todo lo contrario. Y la gente prefiere las historias sobre putas y barcos, aunque falten tildes y sobren comas, a los relatos de subsistencia. Lógicamente. Malvivir del poker significa alojarse en hoteles en los que tienes que bajar a recepción a pedir las pilas del mando a distancia de la tele porque el cliente tipo tiene por costumbre robarlas. Así somos los de mi calaña. Dime tú a quién pueden interesarle esas miserias. Y aunque el Bally’s es mejor que todo eso, no faltan sin embargo sus moquetas cutres con sus correspondientes ácaros, algo que los ricos detestan. Por eso en el Bally’s solamente pude conocer al americano medio, al clavadito a John Goodman. Combates a muerte en high stakes y romances con divas deberéis buscarlos en otra parte.

En el poker room del Bally’s aprendí un par de cosas. La primera tiene que ver con la necesidad de ajustes estratégicos drásticos para enfrentar un porcentaje de multiway pots del orden del 95%. Algo inaudito en el poker virtual del que yo vengo. Pero así son las cosas en el Bally’s, indiscutiblemente al americano medio le gusta ver flops. No voy a entrar en tecnicismos porque a los lectores de mi pueblo todo eso les importa un comino. La segunda lección aprendida es más interesante, y es para todos los públicos yo creo. Quizá alguno haya podido pensar que tipos como John Goodman son antipáticos e irascibles, pues no, resultaron ser todo lo contrario. No dudo que el cien por cien de ellos fueran votantes de Trump, pero eso no les impidió ser extraordinariamente amigables, al menos lo fueron conmigo. En una mesa de poker las tertulias políticas no se estilan, siempre se recurre a otros temas de conversación más livianos para matar el rato, y en el terreno del chit-chat los clones de Goodman demostraron ser unos cachondos. Sucede no obstante que ese buen rollito se convierte en un problemón cuando el negocio consiste en sacar los cuartos a la gente porque, por obvias razones, siempre es más sencillo pelar a alguien que te cae mal que a un Goodman contador de chistes. Una vez más mi bagaje online, donde todo es impersonal, jugó en mi contra.

Visto lo visto me ha quedado claro que en Las Vegas las oportunidades son infinitas y prometo volver para juntar dólares con ese par de lecciones aprendidas. A los jugadores de poker no nos asusta reincidir en la ciudad del pecado porque por nuestro trabajo ya vamos todos derechitos al infierno. Sentenciados por el destino, lo único que está en nuestra mano es intentar llegar al oscuro averno con dólares, cuantos más mejor.

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