Coca-Cola

Warren Buffett es de largo mi millonario favorito. Sus muchos dólares nunca se le han subido a la cabeza, y eso es algo absolutamente excepcional entre los de su selecto club. No esperéis de él viajes al espacio o mamarrachadas similares, a lo Jeff Bezos, porque Warren es más de cocacolas y vicios corrientes, igual que yo. Quizá por eso el tipo me cae tan bien.

Son las cocacolas y los cafés los que ayudan a este que os escribe cada semana a sobrellevar el día a día. Dos drogas blandas a las que no estoy dispuesto a renunciar ni aunque llegue a la edad del señor Buffett. Porque ahí lo tenéis, a sus noventa tacos está hecho un chaval, ni el azúcar ni la cafeína, tan demonizadas últimamente, han podido con él.

«Naide puede amasar una fortuna sin hacer harina a los demás» le dijo Manolito a Mafalda. No lo sé, no soy economista, es posible que algo de verdad haya ahí, pero, sin más información no me veo capaz de condenar por ello a Amancio Ortega; como tampoco pondría la mano en el fuego por la virtud inquebrantable de un dependiente de Zara. Intento decir que la maldad no es un atributo exclusivo de los ricachones aunque sea esta una idea fácil de vender. Prestando un poco de atención es fácil darse cuenta de que entre nosotros los pobres la gentuza abunda, y probablemente en mucha mayor medida. Por eso, si tuviera que tirar una línea que dividiese el mundo no separaría con ella a los buenos de los malos, en este terreno los límites son tan imprecisos que no resultaría útil. Mucho más provechoso sería en cambio dejar a un lado de esa línea, segregados para siempre, a los aburridos que piensan que la vida sana les va a permitir alcanzar la inmortalidad. Al otro lado cairían los bebedores de cocacolas. Ya os he dicho el bando al que pertenecemos Warren y yo.

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Cadáveres de cemento

El de la foto es un cadáver de cemento, uno de tantos. No está lejos de Valladolid y en este caso concreto tiene forma de centro comercial, aunque en España el repertorio es variadísimo y abarca desde rotondas en medio de la nada hasta aeropuertos fantasma, esos que nunca en su vida llegaron a conocer un avión. Pasen y vean. Si por algo se caracteriza el urbanismo descerebrado es por su capacidad de hormigonar sin criterio, caiga quien caiga. Sacrificar el comercio tradicional o la movilidad urbana sensata son daños colaterales que palidecen ante un buen maletín lleno de billetes de quinientos. El negocio está ahí, en reclasificar y construir, ¿para qué mirar más allá?

En algunas ocasiones la alfombra de hormigón se extendió sobre antiguas tierras de labor y en otras fueron valiosos espacios naturales los que pagaron el pato. Y para más inri los promotores inmobiliarios tuvieron el cuajo de bautizar a sus criaturas como “La Vega” o “Entrepinos”, con rótulos bien claritos en las entradas, recordando lo que allí hubo antes de ser arrasado. Ironía fina. Alguno podría pensar que en la era de las criptomonedas hablar de agricultura y biodiversidad resulta anacrónico porque nuestro desarrollo económico y tecnológico puede con todo, pero siento deciros que no, que seguimos siendo de carne y hueso, y por eso mismo el aire envenenado no nos sienta bien.

Es difícil saber cuándo empezamos a perder el sentido común, pero echando la vista atrás resulta obvio que las cosas comenzaron a empeorar muy deprisa a mediados del siglo pasado. Debió de ser por entonces cuando los últimos alquimistas medievales supervivientes, aquellos emperrados en transmutar el plomo en oro desde la noche de los tiempos, tiraron la toalla definitivamente. Se dieron cuenta de que la verdadera alquimia se practicaba en las concejalías de urbanismo.

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Valladolid visto desde Marte

Valladolid visto desde Marte, con su Pisuerga y todo, no es algo a lo que uno espera enfrentarse cuando cruza la puerta de un museo. Y si ese descubrimiento tiene lugar de crío, el halo de misterio que envuelve el encuentro es aún mayor. Ya nunca se olvida.

Repetir un buen viaje siempre es arriesgado porque se corre el riesgo de contaminar buenos recuerdos. Sin embargo yo esta vez no pude resistir la tentación y volví a Madrid para reencontrarme con un cuadro que vi hace mil años. Ahora está en el Reina Sofía, presidiendo su propia sala, es de Ángeles Santos y con Un Mundo lo bautizó.

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Curas de humildad

Si uno se esfuerza puede llegar a encontrarle cosas buenas a lo del correr. Sirve por ejemplo para aprender a sufrir, algo que siempre viene muy bien en este valle de lágrimas donde nos nacieron. Y sirve también para tener muy presente que a todo hay quien gane. Eso último me volvió a quedar claro esta semana sin ir más lejos.

Empecé a escuchar sus pisadas detrás de mí a la altura del jardín botánico de Arroyo de la Encomienda, por el camino que en ese pueblo acompaña al Pisuerga entre chalés y chopos de ribera. El inconfundible sonido de la gravilla bajo pies que corren se oía cada vez más cerca hasta que al final estuvo encima. Y el dueño de esos pies ligeros resultó ser un abuelete como el de la foto, con las mismas hechuras secas y probablemente los mismos años, aunque con una cara mucho más española. Lo supe cuando lo tuve al lado y se giró para saludar. Olé él.

Ni se me pasó por la cabeza intentar seguir su marcha porque hubiera sido inútil además de patético. En estos casos es mejor dejar las cosas estar, y evitar estupideces tales como acelerar o simular un calambre. Así que continué a lo mío, al trote cansino, pero pensando desde entonces que detrás de aquel ritmo infernal quizá se escondiera una sobredosis de Pfizer. ¿Por qué solo se habla de los devastadores efectos secundarios de las vacunas? ¿Quién lo sabe realmente? ¿Y si no fueran tan nocivas como dicen? ¿Y si estuviéramos creando superabuelos? El cuerpo humano aún sigue siendo un misterio en pleno siglo XXI, o esa es la impresión que tengo.

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Los de mi quinta

Para tratar de capear la crisis de la mediana edad me he mantenido alejado de espejos que me recuerden lo viejo que soy. Ya os conté en una entrada anterior que ese era mi plan. Y debo decir que no es tan difícil vivir sin ellos, yo me he ido manejando razonablemente bien en las últimas semanas. Nuestros antepasados cavernícolas nunca supieron lo que eran y fueron bien felices cazando y recolectando en taparrabos, sin ser esclavos de su imagen ni de las redes sociales. Puede hacerse.

Lamentablemente esta vida de troglodita sin espejos recién iniciada se vio truncada cuando fui a vacunarme hace cuatro días. De repente me encontré rodeado de gente nacida el mismo año que yo. Socorro. Fue como verme reflejado en centenares de cuerpos, mirara hacia donde mirara solamente me veía a mí. Horroroso.

Uno se acerca al vacunódromo de su ciudad con los miedos habituales, que básicamente se agrupan en dos categorías: miedo a los distintos tipos de muerte súbita que esperan agazapados detrás de la aguja y, sobre todo, miedo al todopoderoso Bill Gates, controlador planetario de mentes. La lista de efectos indeseados es larga y si alguno tiene curiosidad yo le remitiría a Miguel Bosé, mi gurú favorito de entre todos los abanderados del pensamiento acientífico. Sin embargo, ni siquiera el señor Bosé, visionario donde los haya, me previno del terrible impacto psicológico que supone verse rodeado de quintos y quintas. «¡Dónde va ese con esa barriga!», «¡Dónde va esa con ese culo!», «¿Has visto a esos dos? Si parecen mis padres»… Nadie abría la boca, pero tanta gente pensando lo mismo cargaba el ambiente, y esas frases y otras parecidas iban de cabeza en cabeza rebotando telepáticamente. Lo dicho, una experiencia terrible.

Señores y señoras. Aquello estaba lleno de señores y señoras.

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Mercadona

Mercadona es defendido incansablemente por legiones de fanboys y fangirls, talibanes de Hacendado que patrullan día y noche las redes sociales en busca de disidentes a los que crucificar. Así las cosas, hablar mal de la más famosa cadena de supermercados española se ha convertido en un deporte de riesgo. Un deporte que yo voy a practicar aquí y ahora, así me cueste el pellejo, porque entiendo que esto es un caso de fuerza mayor, de salud pública me atrevería a decir.

Para que valoréis mi opinión en su justa medida voy a empezar diciendo que no soy precisamente de morro fino, que soy capaz de beber y comer casi cualquier cosa, como los cerdos. No desperdicio nada. Por el fregadero de mi cocina solo se ha ido agua de fregar con dos únicas excepciones en toda su historia. El primer fiasco hay que ir a buscarlo muchos años atrás, en aquel día aciago en el que unas cervezas de Cruz Campo entraron en casa y pudieron conmigo. Fue un error de juventud del que aprendí que la cerveza al sur de Madrid es imbebible.

Pues bien, la semana pasada volvió a suceder, de nuevo corrió el alcohol por las cañerías del quinto ce. Y segunda lección aprendida: no todo lo que se vende en Mercadona es bueno; barato sí, pero bueno no.

En los últimos coletazos del siglo XX nos juntábamos cada dos por tres unos cuantos exbecarios en un restuarante italiano al que yo tenía especial cariño. No recuerdo lo que celebrábamos, probablemente nada importante, pero como entonces éramos todos muy jóvenes supongo que cualquier excusa valía. Los lambruscos de aquellas cenas ocupaban un lugar de honor en mi memoria, y ahora todos esos recuerdos se han ido al traste por culpa del matarratas de color rosa con burbujitas que compré el otro día en Mercadona. Un solo trago bastó para revolverme el estómago y envenenar mi pasado. Debería presentar una reclamación por daños y perjuicios. Nadie imagina cuánto mal encierran esas botellas de setenta centilitros, a precio módico eso sí: un euro con ochenta céntimos la unidad.

Así que no, definitivamente no todo lo que se vende en Mercadona es bueno. Alguien tenía que decirlo.

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En la peluquería

A partir de cierta edad no hay espejo bueno, pero puestos a elegir yo me quedo con el de mi cuarto de baño. Es un espejo como los demás, no tiene nada especial, si a mí me parece más bondadoso que el resto es solo por la hora a la que me enfrento a él. Ese cara a cara tiene lugar siempre cuando me levanto, y claro, medio dormido, legañoso y sin las lentillas cuesta apreciar en detalle los estragos de los años o, si lo preferís expresado en términos periodísticos, la magnitud de la catástrofe.

La semana pasada en la peluquería pensaba en ello mientras esperaba mi turno con el pelo ya mojado, como el de un perro. Bien despierto a mediodía, con la miopía corregida y en un salón lleno de luz, los enormes espejos del local no son como el de casa: son despiadados. En opinión de mi peluquera yo debería llevar el pelo rapado desde hace ya unos años, y aunque hasta la fecha no la he dejado meter la máquina, me doy cuenta de que lo dice por mi bien y que su criterio no podría ser más profesional. En fin, el caso es que después del habitual tira y afloja le hemos vuelto a dar una patada al balón para adelante.

Quede claro que preferiría la muerte antes que convertirme en un discípulo de Anasagasti, y sin embargo, no sé por qué, no siento tan terrible abrazar el look de uno de los mejores músicos de este país, al guitarrista cañero y sesentón de los Barón Rojo me refiero.

Vuelvo una y otra vez sobre lo mismo y aburro hasta a las ovejas. Me doy cuenta de ello, y aun así no puedo evitarlo porque estoy obligado a tratar conmigo todos los días y la realidad es testaruda. ¿Ojos que no ven corazón que no siente? Ni idea, pero prometo mantenerme alejado de espejos, láminas de agua y de cualquier otra superficie reflectante en las próximas semanas. A ver si así se me pasa.

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Archienemigos II

A diferencia de los pescadores, que nos regalan su compañía todo el año, estos solo aparecen en primavera. Afortunadamente. A los tortolitos me refiero.

Se presentan en dos modalidades: en parejas sueltas, como los de la foto; y en grandes grupos, a modo de colonias de frailecillos. En el primer caso solo dificultan las labores de embarque y desembarque, mientras que en el segundo directamente las imposibilitan. Están tan a lo suyo que te ven llegar remando y no reaccionan, no son capaces de apartarse ni un milímetro. Deben pensar que los piragüistas formamos parte del paisaje, que estamos en el río para entretenerles, como los patos.

No sé qué estudiarán los jovenzuelos en estos tiempos porque la Real Academia Española dice bien claro que los embarcaderos son los lugares acondicionados para embarcar mercancías o gente. Tiene sentido, y además es la única acepción, no hay una segunda que haga referencia a plataformas para el cortejo de los pipiolos o similar. Para eso ya están las eras.

Y eso era todo lo que tenía que decir sobre los enemigos de los piragüistas.

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Archienemigos

A los piragüistas no se nos conocen depredadores naturales, al menos no en el Pisuerga. Es cierto que compartimos hábitat con las ocas, aves peleonas donde las haya y más ahora en temporada de cría. Pero nos respetamos mutuamente. Desde la orilla y para el ojo no entrenado las líneas pueden parecer invisibles, sin embargo ahí están, y tanto ellas como nosotros las tenemos claras. Invadir sus aguas territoriales y recibir una buena ración de picotazos es todo uno. En fin, nada especialmente grave, un recordatorio en forma de rosario de cardenales que viene muy bien para no volver a pasarse de listo.

Poco que añadir aparte de lo dicho. Por debajo de la superficie tenemos lucios y tortugas de orejas rojas que llegado el caso pueden tirarte algún mordisquito para probar cómo estás de sal. Vecinos con dientes. Sin más

Los verdaderos enemigos de los piragüistas no son las aves ni los peces, y tampoco los reptiles. Son los pescadores. Sujetos como el espécimen de la foto: varones de mediana edad, más o menos calvos y con todo el tiempo libre del mundo. Ya de buena mañana se distribuyen a diestro y siniestro por ambas márgenes, y ahí se quedan, sin moverse, obligándonos a remar con cien ojos para no acabar enredados en los sedales. Todo un engorro.

Nunca les he preguntado por qué prefieren venir al río a aburrirse en lugar de quedarse aburridos en sus casas. Pero de este verano no pasa, me come la curiosidad.

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Efectos personales

Habréis visto mil veces en las pelis americanas al típico recién despedido saliendo cabizbajo del despacho con todas sus pertenencias en una caja. Es siempre la misma escena. Bueno, pues yo no necesité ni la caja. Tan pobre fue mi finiquito que el contenido no requirió continente. En la mano me lo traje a casa y en la foto lo podéis ver tal y como quedó guardado en mi habitación hace casi diez años. Esta mañana lo redescubrí dentro del armario en un zafarrancho casero de limpieza: mapa, rotulador fluorescente naranja, pegamento en barra, caja de clips y grapadora con sus grapas. Todo eso.

No tengo nada que decir sobre la empresa, sin embargo me gustaría dedicar unas palabras a la grapadora, porque ella sí se las merece. Es una Rapid, made in Sweden, un auténtico maquinón que da mil vueltas a toda la basura que llega hoy de China. No se encasquillan nunca, al más puro estilo Kalashnikov, son duras como piedras y con las tragaderas suficientes para abarcar entre sus fauces los interminables expedientes urbanísticos. Ya lo veis, un finiquito mínimo pero con una bonita guinda: el AK-47 de los oficinistas de élite de aquella época.

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