Sollipulli

Las placas tectónicas tienden a no estarse quietas y el cinturón de fuego del Pacífico es una buena muestra de ello. Esto hace que en países como Chile haya que andar con tiento a la hora de poner el pie en según que sitios para, por ejemplo, no escaldarse en algún géiser.

La curiosidad ha matado a muchos gatos y a muchos montañeros también, pero cuando uno se mete la pechada de subir hasta la cumbre de un volcán nadie resiste la tentación de echar un vistazo al interior de su cráter. Y en la Araucanía eso es algo especialmente divertido porque nunca se sabe lo que se va a encontrar: puede ser una bocanada de azufre del Villarrica, uno de los volcanes más activos del continente; o la plácida postal de una laguna azul en el cráter dormido del Batea Mahuida, ya en la frontera con Argentina. Todos tienen su encanto, aunque si me dan a elegir entre ellos yo me quedo con el Sollipulli, por lo que tiene de original albergar un inmenso glaciar donde antes hubo fuego.

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Non plus ultra

En una Tierra plana cubierta de océanos en más de sus dos terceras partes es muy conveniente que exista una barrera para evitar que toda esa agua se desparrame y caiga al… ¿vacío? También interesa que ese muro esté en un lugar remoto, lejos de los mirones, y envuelto en un frío helador y perpetuo que disuada a cualquier Truman aventurero de intentar cruzarlo. Para los fieles al terraplanismo, la Antártida no es el continente más austral del planeta si no ese cinturón de hielo que nos contiene a todos.

Al grito de «Orcas a babor» intentaron distraernos cuando pasamos a su lado, pero a mí no me la dieron, porque a bordo del Ushuaia se había infiltrado un geógrafo en la reserva que era a la vez miembro activo de la sociedad terraplanista santiaguina: yo mismo. Lo interesante estaba a estribor y es lo que se ve en la foto que tomé de extranjis; no podría asegurarlo al cien por cien, pero juraría que ese es el famoso muro de hielo.

Si de esta no terminan de expulsarme del Colegio de Geógrafos de Castilla y León va a ser un milagro.

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Mapas mentirosos

A lo largo de una década dedicada al urbanismo muchas veces escuché llamar mentirosos a los mapas. Los paisanos siempre querían llevarme al terreno para comprobar lindes o medir distancias. Había dinerales en juego y no se fiaban de los interminables rollos de cartografía catastral que siempre viajaban conmigo. «Los mapas mienten» me decían. Y no les faltaba razón.

Aquellos eran planos de gran escala, entre 1:1 000 y 1:10 000 normalmente, los habituales cuando se elaboran documentos de planeamiento urbanístico. Con ese grado de detalle la cartografía representa porciones del terreno lo bastante reducidas como para que la curvatura terrestre no sea relevante. Sin embargo el relieve sí que lo es, o al menos puede llegar a serlo, porque topográficamente hablando no es lo mismo trabajar sobre una llanura, donde todo es mucho más sencillo, que enfrentarse a una zona de montaña, donde las distancias reducidas u horizontales dejan de darse la mano con las distancias reales o topográficas. En estas últimas, en las áreas montañosas, la tan indeseable tercera dimensión se manifiesta con mayor fuerza -indeseable cuando lo que se pretende es plasmar la realidad en un papel-.

Esa dimensión extra es el enemigo de la cartografía, algo que conocen muy bien quienes se dedican a elaborar mapas de nuestro planeta. En este caso el relieve de la superficie terrestre pasa a ser algo anecdótico -a la escala de un mapamundi sería absurdo preocuparse por él-, el desafío reside aquí en proyectar con el mayor grado de precisión posible un cuerpo aproximadamente esférico, es decir, de tres dimensiones, sobre un plano. Porque, por más que prediquen lo contrario hordas de pseudocientíficos, para desgracia de los cartógrafos la Tierra se parece más a un balón de fútbol que a una pizza. Lo que sigue a continuación tiene que ver con algunas de las dificultades inherentes a la proyección de un cuerpo tridimensional sobre una superficie bidimensional. Terraplanistas abstenerse.

Trasladar la realidad terrestre a un planisferio exige necesariamente ciertas renuncias. Entrar en detalle sobre los porqués del asunto espesaría bastante este artículo y no es esa mi intención, así que simplemente vamos a quedarnos con que no existe el mapa perfecto. Y no existe porque hacerlo es matemáticamente imposible. Algunas de las proyecciones cartográficas empleadas se centran en representar con fidelidad las distancias relativas, otras la proporcionalidad de las áreas y, finalmente, están las orientadas a conservar los ángulos. Sin embargo, esas tres propiedades, es decir, equidistancia, equivalencia y conformidad, no pueden aunarse bajo una única proyección.

En el siglo XVI el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator abordó el desafío de manera tan eficaz que su legado ha conseguido llegar hasta la actualidad: se puede encontrar desde en los clásicos atlas escolares hasta en servidores de mapas online, como el todopoderoso Google Maps. La temprana aceptación de la proyección de Mercator tuvo que ver con lo apropiada que resultaba para elaborar cartas náuticas en una época en la que los navegantes comenzaban a descubrir el mundo. En nuestro tiempo las plataformas de cartografía web justifican su empleo por lo conveniente de la disposición de paralelos y meridianos, siempre horizontales y verticales, respectivamente, y por su carácter conforme, es decir, respetuoso con los ángulos. Han sido cinco siglos de éxito incontestable.

El mundo según Mercator

El precio a pagar por tantas virtudes fue el sacrificio de la fidelidad a distancias y áreas. Y por ello ha sido duramente criticada, especialmente en los últimos tiempos. Algunos han querido ver en la proyección de Mercator una visión eurocéntrica del mundo, la plasmación de la preeminencia del Norte sobre el Sur hecha mapa. Y bueno, respecto a esta cuestión existen opiniones para todos los gustos, pero si queréis conocer la mía os diré que más que intencionalidad política yo veo los problemas cartográficos inherentes al empleo de una proyección cilíndrica. Un tipo de proyección que resulta absolutamente fiel en el ecuador, es decir, en la línea en la que el globo terrestre es tangente al cilindro de desarrollo que la contiene, y que sin embargo empieza a acumular distorsiones a medida que la latitud se incrementa hasta llegar a la total aberración en las cercanías de los polos geográficos, convirtiendo, por ejemplo, a Groenlandia en descomunal sobre el papel, tan grande como África, cuando en realidad es muchísimo más pequeña.

Si España estuviera en Svalbard

Todas las capturas de pantalla que ilustran esta entrada proceden de thetruesize.com, una web que permite tomar conciencia de las desviaciones en la representación de los distintos países en función de su ubicación geográfica. Yo, para entretenerme un rato, he agigantado a España situándola sobre el archipiélago Svalbard, y he empequeñecido a Groenlandia al colocarla frente a las costas de Portugal, a una latitud muy inferior a la que ocupa. Trastead un poco en esa página de internet y enseguida veréis hasta qué punto se aleja de la realidad el clásico mapamundi, ese que habita en el subconsciente colectivo.

Si Groenlandia estuviera en Azores

Ante la imposibilidad de conseguir la proyección perfecta -ya decíamos que tal perfección no puede existir-, una alternativa es optar por una solución de compromiso que renuncie a la exactitud en un parámetro determinado a cambio de la reducción de las distorsiones en todos ellos: es el caso de las denominadas proyecciones modificadas. Entre ellas se encuentra la de Winkel-Tripel, adoptada por instituciones como la National Geographic Society para sus mapas.

En todo caso, si queréis tener una idea verdaderamente cabal de cómo es en realidad el planeta que habitamos, os aconsejo echar un vistazo a un globo terráqueo. No hemos inventado nada mejor.

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Transandino otra vez

Es una conversación que mantengo con chilenos desde que pisé el país por primera vez, y hasta la fecha no hemos llegado a ninguna parte. Las posiciones irreconciliables quedan como sigue: ellos tienden a considerar transandinos a los del resto de Sudamérica y, por extensión, a los habitantes de todo el planeta fuera de sus fronteras; y yo digo que los transandinos son ellos. Para defender mi punto de vista dejo caer que alguna vez fui geógrafo y que, con el mapamundi en la mano, se ve claramente que es Chile el arrinconado entre el Pacífico y los Andes, y que, a diferencia de los demás, el país que tiene a la Cordillera como referencia absoluta es el suyo. Siete años llevo ya peleando sin resultados. Asunto peliagudo el de la transandinidad.

Nunca he hablado de esto con un italiano pero estaría por jurar que ellos también piensan que viven en el lado correcto, de los Alpes en su caso, y que transalpinos somos todos los demás. En fin, qué puedo decir, entiendo que un alemán se refiera a un español como transpirenaico, pero yo nunca llamaría transpirenaico a un alemán, como tampoco a un escocés. No sé si me explico.

Estas batallas de la parte contra el todo no son solo geográficas, se libran a diario en los terrenos más insospechados. Y una de las más gloriosas la protagonizó un paisano mío, de Simancas para más señas. Pudo leerse hace años en El Norte de Castilla que un conductor, octogenario, se había incorporado a la autovía A-62 en sentido contrario al del tráfico a la altura de ese municipio vallisoletano. Si no ocurrió ninguna desgracia fue porque los guardiaciviles pudieron detenerlo a tiempo. ¿Y qué creéis que dijo el infractor? Eso mismo, el abuelo declaró que eran los demás los que venían de frente. Y así consta en el atestado, un documento estremecedor digno de pasar a los anales de la seguridad vial. Cabezotas que somos a veces.

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Mucho hielo

La aventura ha durado once días, lo justo para tocar con la punta de los dedos el flequillo de una isla enorme, tan descomunal que dentro de su perímetro se podría acomodar veintiocho veces un país del tamaño de España. Así es la Antártida, el continente de horizontes inabarcables situado lejos de todo y de todos, y con hielo, con mucho hielo.

Zarpando desde Ushuaia, y una vez dejado atrás el Beagle, la manera más habitual de hincarle el diente a semejante mole es navegar el mar de Hoces rumbo sur por unas aguas no aptas para los propensos al mareo. Casi dos días de travesía muy movida son necesarios para divisar por fin tierra: son las islas Shetland del Sur, la antesala de un mundo frío completamente ajeno a los moradores del resto del planeta. Desde allí ya se adivina la península antártica como un brazo de tierra que prolonga hacia el norte el continente helado.

Porción antártica de las mil ochocientas millas náuticas navegadas

Pasaron muchas cosas en muy poco tiempo. Pero si tuviera que elegir una sola de ellas me quedo con la inocencia en la mirada de las focas de por allá, va directa al cajón de mis recuerdos favoritos. Todos los animales salvajes con los que me crucé antes ya habían aprendido a temer al hombre, y por muy buenas razones. Ese es un miedo que aún no ha llegado a la Antártida.

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Reflexiones de una foca antártica

«Intenta sonreír cuando se acerquen turistas porque cuanto antes saquen sus fotos antes se irán», decía siempre mi abuela, una foca de mundo; «y no te quejes nunca de tu suerte, piensa que las focas del norte además de lidiar con humanos tienen que vérselas también con los osos polares», solía añadir después.

Nadie ignora que las focas de Weddell son grandes pensadoras, pero muy pocos saben que a veces piensan en voz alta. A bordo del MV Ushuaia yo tuve la suerte de escuchar  a una de ellas, justo antes de posar sonriente sobre su isla de hielo.

 

En el día de Navidad, sobre los 65 grados de latitud sur, frente a la costa occidental de la península antártica.

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Buenos Aires interminable

Pocas cosas tan odiosas como hacer cola. Es en esas filas donde se toma conciencia del paso del tiempo de la peor manera posible. Y el hecho de que avancen más despacio justo cuando yo me incorporo a ellas convierte todo el trámite en algo aún más penoso para mí y mis desafortunados compañeros de espera; pero nada puedo hacer para evitarlo, ya lo he intentado, es una maldición que me acompaña desde niño, como la miopía.

Participé de kilométricas líneas humanas lidiando con burocracias varias, sin embargo nunca antes formé en fila india para desayunar. No me quedó otra en esta ocasión, fue el precio a pagar por cruzar las puertas del siempre abarrotado Café Tortoni, un histórico de la Avenida de Mayo y símbolo cultural porteño. Quería visitarlo antes de despedirme de Buenos Aires. En estas semanas he recorrido lo menos conocido de la interminable capital, e incluso he llegado a hacer mis pinitos en el violento conurbano, pero todas esas zonas dejadas de la mano de Dios y de los intendentes municipales no salen bien en las fotos. El Tortoni en cambio es mucho más fotogénico.

Por él pasaron alguna vez Gardel, Quinquela o Borges, y cerrando los ojos aún puede respirarse ese ambiente intelectual entre sus veladores del siglo pasado. Eso sí, es necesario cerrarlos y mantenerlos bien cerrados, porque si se abren uno se ve reflejado en los espejos de las paredes junto a otros cien turistas bobalicones. Y los turistas somos lo contrario al intelectualismo.

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Pan dulce peronista

Nadie sabe exactamente qué es el peronismo y a estas alturas ya es demasiado tarde para preguntar al que lo inventó. Según he podido leer, la fórmula mágica ensaya una tercera vía entre el capitalismo y las garras opresoras del colectivismo, lo cual no suena mal. El ofrecimiento de amparo estatal a un pueblo al que sistemáticamente se mantiene empobrecido suena en cambio bastante peor. Visto desde fuera, todo este quilombo político con forma de red clientelar a mí se me asemeja mucho a la heroína, una sustancia -en este caso ideológica- de la que es muy difícil salir una vez se ha entrado.

En otros blogs viajeros habréis podido leer sobre platos tan exóticos como la gelatina de nariz de alce de Alaska o las tarántulas fritas de Camboya. Yo siempre he apuntado bastante más bajo, y solo recuerdo haber mencionado los sándwiches de paella ingleses o las sopas polacas como el no va más del atrevimiento para mi paladar castellano. Añado ahora a la lista el navideño pan dulce, que viene a ser un panetone a la argentina, y peronista además: justicia social a seiscientos pesos la unidad. Con él os deseo salud para este año que acaba de empezar.

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Ushuaia

Cuando estuve en Ushuaia hace ya tiempo alguien me dijo que esa era la ciudad del fin del mundo. «De aquí no se podrá pasar», pensé, así que, hecha la visita, di media vuelta y regresé por donde había venido. Solo después me enteré de que el lema completo de la ciudad era «Ushuaia, fin del mundo, principio de todo».

Cuatro años largos he estado dándole vueltas al asunto. Pero de hoy ya no pasa, al fin volveré por allá para sacarme las dudas de encima, para saber qué quiere decir ese principio de todo. Espero que como mínimo sea sinónimo de una Argentina campeona del Mundial.

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Perder

Dicen que en el fútbol no hay enemigo pequeño, que son once contra once y que blablá, sin embargo no es lo mismo perder contra Marruecos que contra Brasil, creo yo, o por lo menos no debería serlo si de deportistas profesionales hablamos.

Yo era de los que pensaba que España ya no volvería al ridículo después de aquel cuatrienio glorioso que tuvo su cénit en Sudáfrica, con una Eurocopa delante y otra detrás. Ese ritmo no se podía mantener, obviamente, pero creía posible descender solo un par de peldaños para pasar la resaca de los éxitos en el rellano de la dignidad. Me equivoqué de plano: regresamos al ridículo escandaloso tan pronto como hubo ocasión y ya no supimos salir de él. Ahí seguimos instalados, sin visos de cambio además porque las palabras de los jugadores y de su entrenador después del último fracaso suenan a autocomplacencia; y la autocomplacencia es algo que sirve para sentirse mejor, no para dejar de hacer el ridículo.

Hoy en Buenos Aires me tocó cambiar de bar, dejé el habitual y busqué otro donde no me conocieran, porque si hay algo peor que una derrota es una derrota acompañada de pésames.

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