Correr en el norte

Tan al norte que se corre a medianoche y no se necesita frontal; el sol se encarga de eso. Un sol que nunca se pone, aunque es un sol desmayado, casi sin fuerzas. Y eso suponiendo que las nubes dejen verlo. Así es el verano de los osos polares. Ellos en estas fechas van en mangas de camisa, de hecho cada vez les estorba más su ropa estival porque no hace ya tanto frío como antaño, o al menos eso es lo que cuentan los renos más viejos del lugar.

Sin embargo, pese a los denodados esfuerzos de Donald Trump y los demás, el clima del norte de Noruega sigue siendo fresco para alguien del sur de Europa. Yo no tengo el tupido pelaje de un zorro ártico ni tampoco el abrigo de plumas de un frailecillo, así que me tendré que sacar la escarcha de encima de alguna otra forma. Y corriendo se quita el frío dicen en mi pueblo.

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Cincuenta

Antes de que algún graciosillo se adelante os voy a poner yo en situación: la camiseta de la foto no me la regalaron por cumplir años sino por cumplir parkruns, cincuenta concretamente. Cuatro veranos hace que corrí el primero y por aquí sigo, sin perder las ganas. Ir a Ferry Meadows a trotar cada sábado por la mañana ha pasado a formar parte de mi rutina en Peterborough. Se ha convertido en irrenunciable, algo así como la misa de los domingos para las abuelas de los pueblos.

Completar el primero me costó más de veinticinco minutos y ahora soy capaz de recorrer esos mismos cinco kilómetros en algo menos de veintiuno. No es que sea ninguna maravilla pero digamos que está menos mal. Complicado va a ser bajar alguna vez de la barrera de los veinte minutos, objetivo que me marqué por lo bajini cuando empecé en esto. Pero sinceramente no es algo que me quite el sueño porque como alguna vez os he confesado si yo corro no es por batir marcas, lo hago porque la cerveza sabe mucho mejor después de haber sudado la camiseta. Eso me lo enseñó Lope de Vega, un hombre muy aficionado a pecar para arrepentirse más tarde. Aunque yo prefiero hacerlo al revés, me arrepiento primero y peco después.

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De barrio

De vuelta al barrio. No sé quién habrá sido el autor del mapa que por aquí os dejo, pero define a la perfección el vecindario de Peterborough, al menos del Peterborough que yo he podido patear a lo largo de estos últimos años. Comparto mis días con mucha peña chunga como podéis ver. Siempre estamos en la pelea por ser reconocidos como la peor ciudad inglesa en la que vivir, y este año, al fin, pudimos subir a lo más alto del podio de los Crap Towns Awards. Se ha hecho justicia. Literalmente nos han considerado the biggest dump in England, o sea, el mayor vertedero del país; vertedero humano se entiende. Ojito con nosotros.

Creo haberos contado ya que en Santiago vivo en Las Condes, un barrio definitivamente pijo que diríamos en España; una comuna cuica que dicen en Chile. Allí fui a dar por pura casualidad y allí no termino de hallarme. Por alguna razón, probablemente por la vida que he llevado, me siento más agusto entre polacos borrachos que entre gente adinerada. Así somos los pobres, nos acostumbramos a serlo y después nos resulta imposible encajar entre la jet set.

Al que tenga curiosidad le diré que mi lugar en Peterborough está al sureste, bajo la etiqueta más triste de todas, la que reza Semi Normal People. Así que ya lo sabéis, amiguitos, si no queréis acabar como Gobo haced caso a vuestros padres y estudiad una carrera universitaria, o dos si hace falta, y todos los másteres que fueran menester. Londres, París, Nueva York y las demás urbes del selecto grupo de ciudades glamurosas están esperando por vosotros y vuestras corbatas.

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Mucho poker

He estado menos parlanchín de lo habitual este mes pasado, pero es que mayo ha sido de dibujar subibajas sobre el terreno -montañero que se ha vuelto uno- y también virtuales -a esos swings tan comunes en mis gráficas pokeriles me refiero-. Entre unas cosas y otras el blog ha quedado desatendido. Se siente.

El palizón ha sido considerable pero al menos me ha servido para llevar el contador hasta casi el medio millón de manos en lo que va de 2019. A cien mil al mes de media. Como pollo sin cabeza, igual que cuando era joven. No es la manera ideal de desempeñarse en este negocio pero quería adelantar trabajo para irme de vacaciones, para vacacionar como dicen por aquí. Junio será un mes europeo y viajero.

Ahora ya estoy en el aeropuerto de Santiago viendo aviones salir y llegar mientras espero. A los de pueblo nos fascina eso, no sé si os lo había contado alguna vez, pájaros de hierro los llamamos, nos parece cosa de magia. Y entre despegues y aterrizajes por fin he podido encontrar quince minutos de sosiego en los que actualizar un poco esto. Hasta pronto a todos los chilenos y hasta dentro de un rato, Dios mediante, a todos mis paisanos.

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Los cerros de por aquí

Los llaman cerros y a veces incluso, si no dan la talla según sus exigentes estándares, los rebajan a la categoría de cerritos. Y estamos hablando en todos los casos de montañones que se mueven entre los dos mil y los casi siete mil metros de altitud. Aquí son más de Bilbao que los de Bilbao capital.

En mi afán por ir a conocer lo que estaba lejos había descuidado lo que tenía al lado. No ha sido hasta hace bien poco, cosa de cuatro o cinco semanas, cuando he empezado a dibujar en mi cabeza el mapa físico de la Región Metropolitana de Santiago. A dibujarlo sin necesidad de lapiceros mentales, a golpe de bota de montaña, porque así es como mejor se queda grabado lo vivido. En la foto que sigue, tomada desde un paraje con un nombre tan sugerente como el de Pirca del Visionario, podéis ver como lucen los Andes que se levantan a la puerta de mi casa. Son la desolación hecha belleza. O al menos eso es lo que a mí me inspiran estos paisajes.Puedo precisar con exactitud los límites latitudinales por los que este blog se ha movido: son los 57° N de Inverness, en Escocia, y los 54° S de la argentina Ushuaia. Como veis siempre por la parte ancha del globo, muy lejos de las misteriosas zonas polares. Muchos más problemas tendría en cambio para deciros cuál ha sido el techo de malviviendodelpoker. Recorriendo Bolivia y Perú llegué bastante arriba, aunque debo reconocer que todas aquellas fueron caminatas altiplánicas, sin relieves destacados donde clavar mi bandera quiero decir. Así que, por tomar un punto de referencia, he decidido quedarme con los 2552 metros del santiaguino Conchalí, el primero de los cerros que ascendí en esta nueva etapa. De aquí a un año espero poder remitirme a esta entrada para contaros que he ensanchado horizontes.

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El chino del Crown

Aquí en Santiago tengo un perrete por vecino que es un amor. Todas las mañanas cuando me ve cruzar la calle se acerca hasta mí moviendo el muñón que gasta por rabo para darme los buenos días. No le haría daño ni a una mosca, es un trozo de pan, un rottweiler grandote y bonachón capaz de hacer olvidar la mala fama de los de su raza a cualquiera que lo conozca. Siempre me recuerda al chino del Crown, pero solamente por asociación de ideas, porque en realidad el chino que conocí en el casino de Melbourne sí que tenía careto de rottweiler chungo, de esos entrenados para matar.

Hace algún tiempo os conté que en Australia tenía por costumbre salir del Crown a tomar el aire y de paso unas cervezas para descansar de tanto poker. En una de aquellas escapadas por los bares de la otra orilla del río fue cuando descubrí al desde entonces imprescindible Nick Cave. Sin embargo no siempre era así, a veces, para no perder más tiempo del estrictamente necesario, me quedaba en uno de los mil restaurantes que el gigantesco casino amparaba bajo sus alas. Eso solía pasar especialmente después de sesiones de números rojos, de esas que hasta le quitan a uno las ganas de alternar. Y recuerdo que fue especialmente malo el día en que allí conocí al chino del Crown, aquel viernes había perdido mucha pasta y encima el personal me había vacilado. Ya son ganas de hacer leña del árbol caído, qué mala peña por Dios. Así de gentuza somos los jugadores de poker. Lo peor.

Tendría mi estatura más o menos pero hubieran cabido dos como yo dentro de su americana; si dijera que era anchísimo de espaldas me estaría quedando corto. Vestía impecable de traje a medida -imposible encontrar su talla en Zara, sus proporciones y el prêt-à-porter resultaban definitivamente incompatibles-. Por encima del cuello almidonado de su camisa relucientemente blanca ascendía un pescuezo contundente, como de toro, e igual de grueso que la cabeza cúbica y rapada al cero que remataba el conjunto. En realidad era imposible determinar dónde acababa el cuello y dónde empezaba la cabezota. Hechuras de rottweiler.

Vi llegar una fuente de filetes de pechuga de pollo a la plancha hasta su mesa. Con aquella montaña de carne habríamos cenado todos los de mi peña, y creedme si os digo que no somos de poco comer. Pensé que esperaría invitados, pero no. Tan pronto como se fue la camarera el chino se colocó la servilleta de babero, se desentendió de cuchillo y tenedor y agarró la cuchara con su mano derecha. ¿? Desde ese instante yo ya solo tuve ojos para él.

A golpe de cucharón sopero el tipo iba partiendo los filetes en dos o tres trozos, se los llevaba a la boca y los engullía igual que un pavo. A esas alturas mis macarrones se habían quedado fríos. ¿Y qué? El espectáculo que estaba protagonizando aquel portento de la naturaleza merecía toda mi atención, me sentía un privilegiado por tenerlo delante, ya comería otro día. Estaba como hipnotizado, sobrepasé con creces los límites de la mala educación mirándolo fijamente, le di sobrados motivos para levantarse y partirme la cara, pero asumí todos los riesgos conscientemente. Nunca más en mi vida volvería a ver semejante ingesta calórica. Y más seguro estaba aún de que jamás podría volver a disfrutar de ese manejo de cuchara.

Instantes después de hacer desaparecer el último pedazo de pollo en sus fauces, el chino del Crown se llevó la mano al pinganillo que tenía en la oreja y se levantó como un rayo. Imaginé que algún millonario amo requería sus servicios de matón dentro del casino, quizá un incauto dealer había repartido malas cartas a su dueño y estaba a punto de pagar con la vida tamaña imprudencia. Lo seguí con una mirada de indisimulada admiración mientras se alejaba. «Si algún día me hago rico me compraré un rottweiler como ese, y a ver quién es entonces el guapo que me vacila» fue lo que pensé.

Muchas veces me preguntan qué es lo más impresionante que he visto en mis viajes, que si los moáis de Isla de Pascua, que si las cataratas de Iguazú, que si los leopardos de la sabana africana, que si las tierras rojas del outback australiano… Y yo a todos les contesto lo mismo: el chino del Crown.

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Literatura de WC

La entrada de las Cuatrocientas palabras trajo cola. No os podéis hacer idea de la cantidad de feedback que generó -perdón por el anglicismo, soy perfectamente consciente de que escribir cosas así me hace parecer más gilipollas de lo habitual, pero es que siento que estas moderneces me rejuvenecen, y a mi edad eso se agradece-. En fin, el caso es que por tierra, mar y aire me habéis dejado claro que la inmensa mayoría de vosotros leéis este blog sentados en el trono. Y no, no en el de la famosa serie, sino en el otro.

He tardado tanto en escribir esta entrada porque al tomar conciencia del escatológico fenómeno quedé en estado de shock -y dale con el inglés-. Sinceramente no me lo esperaba. Sin embargo, ya repuesto del susto, debo decir que es un honor estar por delante de la etiqueta del H&S en vuestras preferencias. Supongo que eso me coloca en un indeterminado lugar entre quienes redactan la composición química de los champús y los escritores de verdad. Me parece justo.

Queda ahora por abordar el asunto de la frecuencia. Como los más veteranos ya sabrán este blog se actualiza un par de veces por semana. No me pidáis más. Malvivir del poker dando tumbos de acá para allá es mucho más absorbente de lo que la gente imagina, y eso me obliga a esforzarme por encontrar ratos muertos para mantener esto razonablemente al día. El tránsito intestinal del lector tipo va muy por delante de mi producción literaria, me hago cargo, pero de verdad que no doy más de sí. Para sincronizar nuestros relojes lo único que se me ocurre es recomendaros a todos una dieta astringente.

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