Non voglio più pizza

Si algún día llegaran a desterrarme de España pediría asilo gastronómico en Perú o en Italia. No sé si esto lo había dicho antes pero si no ya lo estoy diciendo ahora. Cualquier español sale de su país con el listón muy alto si de comer como Dios manda hablamos, por eso lo normal es decepcionarse en los restaurantes de la mayor parte de los destinos. No es este el caso de Italia, ni de Nápoles en particular.

Los infiernos varían según las distintas religiones pero, si me preguntáis a mí, os diría que es allí donde nos llevamos todas las cosas que quisimos hacer de vivos y para las que finalmente no encontramos tiempo. Eso es una condena para toda la eternidad, y yo no quería que me pasara eso con Nápoles y Pompeya.

Soy un enamorado de las pizzas, las he comido de todos los colores y en todas las partes del mundo, pero ningunas tan buenas como en Nápoles. Y si los napolitanos las bordan no es por casualidad, es porque las inventaron ellos. Tiene sentido. Probablemente haya engullido más pizza en una semana que una persona normal en un año, pero qué otra cosa podía haber hecho estando allí. Soy débil de estómago, lo reconozco, nunca sé decir que no, y ahora de vuelta a casa necesito un descanso para purgar los excesos. Non voglio più pizza.

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Alitalia

A nadie le gusta volar. Al menos a nadie que yo conozca. Y esa fobia innata a las alturas que compartimos los de nuestra especie tiene todo el sentido del mundo, porque despegar los pies del suelo es algo antinatural, completamente ajeno a nuestra condición de homínidos descendidos de los árboles mucho tiempo atrás.

Bueno, pues la cosa se pone aún más fea si uno se echa en brazos de una aerolínea en quiebra -mi historia con Alitalia es complicada y viene de lejos, pero os la resumo diciendo que, pandemia mediante, lo que debió ser un vuelo a Buenos Aires se ha quedado en un premio de consolación en forma de viaje a Roma-. Y digo que lo de volar así es especialmente desasosegante porque en tales circunstancias es inevitable pensar que el piloto pudiera estar deprimido, o que los mecánicos dejaron de revisar tuercas y remaches desde el mismo momento en que les llegó la carta de despido. Por suerte no hubo ninguna desgracia que lamentar, y desde aquí quería darle las gracias a la monja vaticana que tuve sentada a mi lado rezando el rosario hasta el aterrizaje. Toda ayuda es poca en estos casos.

A Faemino y Cansado siempre les fascinó lo listos que fueron los romanos, unos tipos capaces de diseñar acueductos que, además de llevar el agua de un lugar a otro, en el futuro dejarían pasar los coches por debajo. Eso sí que es vista. Yo pienso exactamente lo mismo, y ningún lugar en el mundo mejor que Roma para comprobarlo.

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La Cantina al completo

La fotografía es del siglo pasado, de finales del siglo pasado concretamente. En mi peña ya vamos para viejos, nuestros años mozos se escaparon por los pelos de las fotos en blanco y negro.

No somos muchos, los que veis ahí desbebiendo representan concretamente la mitad más uno del total. Mayoría absoluta. Nunca fuimos amigos de las multitudes.

Repasando recuerdos fiesteros, desde la noche de los tiempos hasta hoy, me vienen a la cabeza tres cosicas por las que estar agradecido: los protagonistas de la foto nos seguimos contando entre los vivos, lo cual a partir de ciertas edades siempre es motivo de celebración; nuestro pueblo sigue existiendo, circunstancia esta que también tiene su mérito considerando el ritmo al que se vacía la comarca; mejor o peor aún cabemos dentro de los chalecos, y pasados los cuarenta eso es poco menos que milagroso.

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Illy

Le soy fiel a Illy desde mis tiempos como oficinista vallisoletano. El hallazgo tuvo lugar en la cafetería Oxford, y digo hallazgo porque no era esa una marca ni mucho menos común por estas tierras en el siglo pasado. El Oxford funcionaba entonces como punto de reunión habitual para muchos de los encorbatados que trabajaban en la zona centro por aquella época y, afortunadamente, a nosotros también nos dejaban entrar aunque jamás lleváramos corbata -en el mundillo de las oficinas siempre ha habido clases, y nunca fue lo mismo ser un empleado de banca que un currante de consultora de segunda división-.

Pero dejando a un lado indumentarias, lo cierto es que el café italiano que servían en aquel local de la calle Claudio Moyano nos congregaba a todos, a los formales y a los informales. Cada día a media mañana, de lunes a viernes, ahí nos veíamos las caras. No he vuelto a ir por allá desde entonces aunque, conociendo al dueño, uno de los pioneros en introducir la marca Illy en Pucela, estoy seguro de que seguirá manteniendo el listón bien alto.

Definitivamente, los italianos además de ser guapos tienen muy buen café. Me da rabia reconocerlo pero las cosas son como son.

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Medievales

Para tomar esta fotografía no necesité viajar al siglo XIX en una máquina del tiempo. La foto es de esta misma mañana, y la calle que ahí aparece -lo poco de ella que deja ver el montón de mierda- es la calle Pasión, casi en la embocadura con la plaza Mayor, o sea, en pleno centro de Valladolid. Así es como entendemos por aquí lo de la descarbonización del transporte urbano: patinetes eléctricos y caballos trotones.

A lo Hansel y Gretel, yo también podría haber vuelto sobre mis pasos siguiendo el rosario de bostas. Definitivamente un sistema de balizamiento mucho más eficaz que el de las migas de pan porque a estas no hay pájaro que se las coma. Y además pueden seguirse sin necesidad de abrir los ojos: el olfato te va llevando. Todo son ventajas. Aunque dudo que los comerciantes de la zona agraciada sean de la misma opinión.

No tengo nada en contra de la Policía Nacional, ni ellos se han metido nunca conmigo ni yo con ellos, pero me atrevería a sugerirles que caminaran por las calles peatonales como hacemos los demás peatones -de ahí su nombre-. Es la manera más apropiada de circular por este tipo de vías según se recoge en los manuales de movilidad urbana. Y para aquellas ocasiones en las que la tentación de dar un paseo a caballo resultase irresistible, pues no estaría de más salir provisto de un recogedor y un cubo.

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Geles

De los geles energéticos os cuento lo mismo que os conté del Gatorade de mandarina: no puedo con ellos.

Son dulzones, viscosos y de sabores irreconocibles. Solo leer los ingredientes pone los pelos de punta: mezcla de jarabes de trigo no refinados sin gluten, cloruro sódico, cloruro potásico, acidulante… ¿A quién le puede gustar eso? Desde luego a ningún paisano que yo conozca, porque aquí, en Iberia, siempre hemos tenido buen criterio a la hora de alimentarnos. En esta tierra, donde el turrón lleva siglos cumpliendo esa función divinamente, las barritas energéticas licuadas y futuristas no tienen lugar entre la gente sensata.

Sucede sin embargo que mascar almendras bañadas en miel y correr al mismo tiempo es una malísima idea. De hecho, resulta una receta infalible para el atragantamiento. Cierto, pero ante eso se me podría decir: ¿y por qué no paras, te sientas a comer el turrón y luego sigues corriendo? O yendo más al fondo del asunto: ¿y por qué no vas a los sitios andando como las personas normales? Y yo no sabría qué contestar a ninguna de las dos preguntas.

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Veinte euros

Las aceras están pobladas de cacas de perro, colillas, cáscaras de pipas y cosas así. En todas las ciudades que he conocido esta inmundicia urbana viene siendo lo habitual, y Valladolid no es diferente en ese aspecto. Por eso, cuando uno va caminando por la calle y ve algo en la distancia que se parece mucho a un billete de veinte no se lo cree. Hay que mirarlo con detenimiento varias veces para cerciorarse. Felizmente en este caso las apariencias no engañaron y el papel azul doblado por la mitad resultó ser un billete de veinte euros tendido sobre la acera. Estaba tan solo y asustado que no pude por menos que agacharme a recogerlo y meterlo en la cartera. «Un puente sobre el río no es lugar para un billete, podría acabar en el agua», eso fue lo que pensé.

Fijaos si será excepcional el hallazgo que me tendría que remontar al siglo pasado para hallar el precedente más inmediato: entonces fue un billete de mil pesetas el que se me apareció como por ensalmo a la entrada de la Facultad de Filosofía y Letras, en la plaza de la Universidad. Aquel talego terminó en mi bolsillo y ahí se acabó la historia, pero en esta ocasión, aprovechando las nuevas tecnologías y el largo alcance de este blog -llega incluso hasta mi pueblo-, he querido hacerlo público. El dueño de los veinte pavos solo tiene que decirme en qué puente del Pisuerga lo perdió esta mañana y yo muy gustosamente se lo devuelvo.

Disclaimer: Si aparecieran varios dueños al calor de este anuncio -circunstancia esta harto probable-, cada uno de ellos recibirá una fotocopia en color del original.

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Ciruelas

Claudias y de mi pueblo, para mayor información. Alguno pensará que no son especialmente bonitas. ¿Y qué? Ellas no vinieron a este mundo para ganar ningún concurso de belleza. A diferencia de las variedades exóticas, cuyo hábitat natural son las cajas de las estanterías de los supermecados, mis ciruelas favoritas cuelgan de las ramas de ciruelos terracampinos, ese es su humilde hogar.

Pequeñas y feas, de acuerdo, pero buenísimas y mano de santo para agilizar el tránsito intestinal. Dos por uno. Y de efectos inmediatos, por cierto. Tan inmediatos que yo no le recomendaría a nadie salir alegremente de casa después de haberse comido unas cuantas.

Las ciruelas de mi pueblo dan mil vueltas a las del Carrefour, y además ganan por goleada a todo el arsenal de laxantes de las farmaceúticas. Unas campeonas, y ni siquiera se dan importancia.

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Kafka en mi barrio

Así, de memoria, os podría dar tres lugares apropiados para lecturas profundas, de esas que elevan el espíritu: el barrio Lastarria en Santiago, los atrases de San Telmo en Buenos Aires y una plazuela de Porto cuyo nombre he olvidado pero que sería capaz de encontrar si algún día volviese por allí.

Todos esos rincones urbanos están poblados de cafés que los culturetas adoran. Es una clientela joven y a la moda, de caras siempre enmarcadas en gafas de pasta, acodada en las mesas y entregada a sus filosóficas lecturas. No es que tenga yo mucho que ver con ellos -ni soy joven ni mucho menos moderno-, pero siempre me han caído bien porque hablan bajito entre ellos, o ni siquiera hablan. Me gustaba su compañía.

En mi barrio en cambio no hay de eso. Jóvenes sí tenemos, pero ni son modernos ni saben lo que es un libro. Aquí lo que se estila es hablar a gritos aunque tu interlocutor esté al lado. ¿Y a quién no le desconcentra eso? A mí sí, me obligan a empezar una y otra vez el mismo párrafo y así es imposible avanzar. Nada más kafkiano que intentar leer a Kafka en mi barrio.

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Segundo asalto

Fueron pasando las semanas y los meses y mi viejo pasaporte ya no se movió. Al final le acabó llegando su hora y lo despedí con honores, aquí en Valladolid. Nunca se lo llegué a preguntar pero estoy seguro de que él hubiera preferido jubilarse en Japón o en Kazajistán, o en cualquier otro país que no fuera el suyo, porque así es el ADN aventurero de los pasaportes. En fin, qué puedo decir, no fue posible.

El de la foto es su sucesor, me lo dieron la otra semana y está sin estrenar. Ya veis que las ilustraciones de este nuevo modelo tienen que ver con medios de transporte, lo cual es muy apropiado pienso yo.

Siempre ha sido muy difícil pronosticar nada en el mareante mundo del poker, sin embargo, hoy y aquí me voy a atrever a escribir que muy probablemente este sea mi último pasaporte como jugador profesional. Miro a mi alrededor y no encuentro dentro del mundillo a nadie más viejo que yo, y eso me hace pensar en mi jubilación, cosa que odio. Decir que soy el abuelo sería exagerado, pero que podría ser el padre de la mayor parte de los jugadores a los que me enfrento es un hecho incontestable. Cierto es que hay viejunos en mi pueblo que lo siguen petando al tute perrero, pero no todos los juegos son iguales y, hasta donde yo sé, la vida útil de un tahúr del poker termina mucho antes. No es lo mismo jugarte un café al mus o al dominó que apostar pasta gansa en mesas llenas de rusos, porque los rusos son correosos, son algo así como comer pan de ayer cada día. Y eso desgasta.

Razón de más para redoblar esfuerzos e intentar acompañar hasta la contraportada a mi nuevo socio en este esprint final. Son muchas páginas, tantas como treinta y dos, aunque también es verdad que hay en el mundo en torno a doscientos países y en mí unas ganas locas por conocerlos: a las que siempre había tenido se han sumado las acumuladas a lo largo de este último año en el dique seco; y eso son muchas ganas.

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