Inasequible al desaliento

Lo veía al pasar frente a la Consejería de Cultura, protestando a su aire, sin que nadie más que él conociera su causa. Allí estaba todas las mañanas, delante de la puerta, siempre sin compañía. Hasta que un buen día dejó de estar.

Fue un manifestante educado y bien vestido, de los que ya no quedan. Lejos de las estridencias anarquistas de barricadas y petardazos, pero más valiente que todos ellos juntos porque nunca necesitó del respaldo de la manada: hizo frente al monstruo de la administración él solito, y con los pantalones de pinzas bien planchados.

En este país los políticos no son muy dados a dejar la poltrona así que dudo mucho que finalmente consiguiera la dimisión del director general de Patrimonio Cultural. Pero da lo mismo, yo quería dedicarle esta entrada por corajudo. Estaréis de acuerdo conmigo en que no debe ser nada fácil enarbolar una pancarta con tanta dignidad.

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Incompetente consciente

Así me llaman. En la incompetencia inconsciente reside la felicidad, todo el mundo lo sabe, pero existe en mí una extraña fuerza que me empuja a dar un paso más, a tomar conciencia de lo incompetente que soy. Y es ahí donde empiezan mis desvelos.

De incompetentes inconscientes España está llena, y si alguno lo duda no tiene más que echar un vistazo a nuestra clase política: infinidad de veces el tonto del pueblo y el alcalde son la misma persona. En las batallas urbanísticas que libré en el pasado tuve oportunidad de conocer a docenas de ellos y todos desbordaban alegría. Puede que no tuvieran ni la más remota idea de administrar presupuestos, pero precisamente por eso estaban encantados de haberse conocido, dormían a pierna suelta sin los quebraderos de cabeza que siempre ocasionan las dudas. ¿Cómo dudar si en la ignorancia absoluta no cabe la reflexión? Eran los auténticos reyes del mambo.

La incompetencia consciente, en la que yo milito, es sin embargo mucho más sacrificada. Aquí estamos todos los que nos hemos dado cuenta de lo mal que hacemos las cosas e intentamos mejorar. Sin conseguirlo, obviamente. Alcanzar la competencia, ese místico estado, debe ser maravilloso según dicen pero yo lo desconozco.

Después de cien disparos al chorro de agua dejé de contarlos, aunque seguí insistiendo. Y nada, no hubo manera de que las gotas quedasen en su sitio. La gente que pasaba alrededor de la fuente se me quedaba mirando sin atraverse a decir nada, como intentando adivinar la clase de tarado que tenían delante.

Voy alternando la formación como guionista de cine de vocación tardía con mi reciclaje como piragüista, y todo ello aderezado con otro montón de cosas más entre las que se encuentra un flamante curso de fotografía, mi última adquisición de cursillista empedernido. Cuando alguna vez escuchéis aquello de abarcar mucho y apretar poco podéis pensar en mí y en todos los incompetentes que, como yo, somos conscientes de ello.

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El Pisuerga en abril

Cuentan los piragüistas veteranos que el Pisuerga de antaño hacía las veces de colector de aguas residuales. Entonces el principal riesgo al caer no era ahogarse, sino morir disuelto en el turbio líquido que se arrastraba por su cauce. Afortunadamente las cosas han cambiado mucho y para mejor, y prueba de ello es que de vez en cuando alguna nutria despistada se pasa por aquí, de visita. Y todo el mundo sabe que las nutrias son de morro fino a la hora de elegir donde se zambullen.

Lo que no ha variado ni un ápice es la temperatura de sus aguas. Así se caliente el planeta hasta la temperatura de Venus el Pisuerga seguirá congelando la sangre de los que se atrevan con él. Y hablo con conocimiento de causa porque he tenido ocasión de bañarme en él todos los meses del año. No voluntariamente, tan loco no estoy, pero digamos que la práctica del piragüismo entraña ciertos riesgos. Aquellos chapuzones tuvieron lugar hace ya mucho, cuando este que os escribe era aún moderadamente joven. Y de todos ellos me acordé la semana pasada, cuando después de un paréntesis de nueve años rescaté mi polvorienta piragua y volví a dar rienda suelta al marinero de agua dulce que llevo dentro. Y naufragué. Por supuesto.

Chapoteando en el medio del río le eché la culpa a la edad, a la falta de práctica y a la luna creciente pero de nada me sirvió. En circunstancias tales lo que procede es poner en marcha el protocolo de emergencia, es decir, reagrupar los restos del naufragio, ordenar al cerebro que envíe la sangre desde las extremidades a los órganos vitales -para no palmar de hipotermia- y nadar hasta la orilla más cercana luchando contra la corriente. Y eso hice.

Y eso hice ante la atenta mirada de docenas de mirones que siempre aparecen en estos casos sobre el puente más cercano. Mientras tú te debates entre la vida y la muerte ellos se entretienen y graban vídeos con sus móviles con la esperanza de poder enviar a El Norte de Castilla algún suceso macabro. Sin embargo esta vez no hubo cadáver y les tocó joderse. Se siente.

El Pisuerga es como un padre severo: castiga todas las imprudencias. Y así ha de ser. Si esta vez me regaló un espino en flor fue porque, al verme salir chorreando, sintió lástima por mí. Bonito gesto. Debéis saber que el río de Valladolid en abril blandea un punto.

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Crecepelos que no llegan

Ni siquiera el profesor Bacterio, una de las mejores mentes científicas de mi país, ha conseguido que Mortadelo críe pelo. Y en el resto del mundo los avances en este campo tampoco han sido para tirar cohetes. Vamos, que la alopecia nos sigue vapuleando en el siglo XXI tal y como lo ha venido haciendo desde que tenemos memoria histórica. Pocas fórmulas tan escurridizas como la del crecepelo mágico. Pinta chungo esto.

El reguero de víctimas se pierde en el horizonte, daría para montar un museo de los horrores temático. Hace ya mucho tiempo conocí a un ejecutivo de los de maletín, traje a medida y corbata de seda convencido de que su calvorota no hacía juego con el conjunto. Por motivos laborales tuve varias reuniones con él a lo largo de un año y pude asistir en primera persona al proceso de resiembra capilar. Y aquello no había por donde cogerlo, me recordaba a la Nancy con la que jugaba mi hermana de pequeña, una muñeca con los pelos insertados en la cabeza en haces, como a puñados. Cada vez que tenía delante al fulano debía esforzarme por mirarle a los ojos sin levantar la vista hacia aquel arrozal desangelado. Ese sería mi candidato número uno para la colección de calvos de museo, de esos que no saben perder. Y como escudero de lujo me atrevería a proponer a Iñaqui Anasagasti, político que solamente pasará a la historia por haber llevado el peinado de cortinilla a su máxima expresión.

Voy pensando sobre la marcha a medida que escribo esto y sinceramente no sé que camino seguiré. Soy consciente de que la única salida digna es raparse al cero, aunque ya os dije que he tomado la decisión de dejarme crecer una última melena al rodapié, en plan heavy añoso. Después veremos.

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Hacerse viejo

De todas las leyes universales, la relativa a la obligatoriedad de envejecer es la que peor llevo. Con diferencia. Me envenena no saber por qué hemos llegado a este mundo y por qué nos tenemos que ir, pero es el modo tan triste en que somos conducidos a la puerta de salida lo que verdaderamente me saca de quicio. Esa guinda del absurdo pastel debe ser obra de un sádico.

El espejo del baño todas las mañanas y algunas veces la pantalla del móvil, cuando de repente se queda en negro y refleja a traición mi careto, se encargan de recordarme machaconamente que esa puerta de salida se va acercando. Las patas de gallo cada vez más marcadas o ese pelo que se queda entre los dedos al pasar la mano por la cabeza apuntan en esa funesta dirección. Con el pelazo que yo tenía… En fin, sé que perderé la batalla igual que la perdieron todos los pelones que en el mundo fueron antes que yo, y sé también que los calvos con melena están feos y dan pena, pero no estoy dispuesto a irme sin luchar.

Está decidido, me dejaré crecer las greñas una última vez, en señal de protesta, hasta que alguien me explique por qué es obligatorio hacerse viejo. Y además, lo reconozco: siempre quise formar parte de ese colectivo entrañable de hevyatas veteranos.

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Sol poniente

No era mi primera opción. De hecho era la última, pero en la época en la que me compré el piso los agentes del mercado inmobiliario no daban ni un respiro, y para los que andábamos justos de dinero se trataba de elegir entre lo malo y lo peor. La ley de la oferta y la demanda del sistema capitalista podrá ser despiadada, sin embargo nadie negará que funciona con la precisión de un reloj suizo: coloca a cada uno exactamente en su lugar, con frialdad, sin concesiones a lo sentimental. Y a mí me colocó en un barrio del borde de la ciudad, en un piso de setenta metros cuadrados  y mirando al oeste. Otro día, si queréis, podemos meternos con las periferias y las casas jaula, pero hoy me apetece escribir sobre puntos cardinales.

En estas latitudes ibéricas nuestras tener todas las ventanas orientadas hacia el sol poniente presenta serios inconvenientes que os puedo resumir en dos: durante el invierno el sol se levanta tan poco sobre el horizonte que es incapaz de superar la línea de áticos de los bloques de enfrente, al otro lado de la calle, condenando a los de la acera contraria a una umbría perpetua; en verano en cambio sucede lo contrario, y el sol altanero achicharra todo lo que mira a partir del mediodía, toldos incluidos. Resumiendo un poco más: las incomodidades de las orientaciones norte y sur se dan la mano al oeste.

Puede que simplemente sea porque con el tiempo se aprende a querer a las personas y a las cosas –el que no se consuela es porque no quiere sería otra forma de decirlo-, pero lo cierto es que, a pesar de todo lo escrito, los años me han enseñando a verle el lado bueno al sol poniente. Porque debéis saber que hay un par de meses al año, coincidiendo con el paso de los equinoccios de primavera y otoño, en los que el sol es generoso con nosotros, los adoradores de su ocaso. Imagino que para compensarnos por los sinsabores del resto del año, en esa breve tregua Lorenzo ni nos niega su luz ni nos abrasa, sino que se desliza mansamente entre las cortinas en las primeras horas de la tarde caldeando las casas de sus incondicionales con su aliento de color naranja.

Ni en abril ni en octubre cambiaría mi salón por ningún otro del mundo. En esas fechas incluso a mí, que soy un malísimo lector, me apetece tumbarme con un libro en el sofá, justo después de comer, al solecillo.

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Nata con fresas

Deberían haber sido solamente fresas o, como mal menor, fresas con nata. Pero nunca nata con fresas. La de ayer fue una merienda excesiva se mire por donde se mire. Y no es la primera vez.

Algo parecido me sucede habitualmente con las lentejas. Todo el mundo sabe que son muy saludables, y que hasta los gladiadores -tipos cachas donde los haya- tenían una dieta rica en leguminosas. Sin embargo, y a diferencia de aquellos esforzados luchadores de la antigüedad,  yo no soy tanto de lentejas viudas como de lentejas con chorizo. Si me gustan es precisamente por eso último, por el acompañamiento porcino. Y en ese terreno los contras ya empiezan a superar a los pros. Cuando en alguna ocasión, movido por mi adicción al colesterol, llego a invertir los términos y las lentejas con chorizo se acaban convirtiendo en chorizo con lentejas, entonces el desastre nutricional completo está garantizado.

Es algo que me pasa a menudo: con las fresas, con las lentejas y con las cosas de la vida en general. Honestamente creo que soy un tipo de buenas intenciones, lo que ocurre es que muchas, muchísimas veces, no acierto con las medidas.

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Cubatas al sol

No son lo mismo que los cubatas a la luz de la luna. Ni tan siquiera parecido. Si hubiera algún científico en la sala quizá podría arrojar luz sobre el asunto, pero como las personalidades académicas entre las filas de fans de este blog brillan por su ausencia -dicho sea sin ánimo de ofender-, nos vamos a quedar todos sin saber el porqué de la diferencia. Yo solamente puedo limitarme a constatar el hecho en mi cuerpo serrano.

Diría que noventa y nueve de cada cien cubatas bebidos a lo largo de mi alcohólica vida han tenido la noche como testigo. Y diría también que ese uno por ciento restante de pelotazos diurnos es muy reciente, tan reciente como la puesta de largo del cochino virus. Ya lo veis, daños colaterales de los toques de queda.

No me malinterpretéis, no estoy diciendo que los vermús toreros no tengan su punto. Desde el principio fueron un inventazo y lo seguirán siendo, pero cada horario tiene sus fermentados y sus destilados característicos, y yo, por muy licoreta que sea, sigo sin verme trasegando ron a la hora del aperitivo o de la sobremesa. En fin, que ya va siendo hora de salir de esta, por salud mental lo digo: tanto tiempo sin una resaca en condiciones no puede ser bueno.

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Debilidades puretas

Se estila mucho lo de empeñar en Las Vegas, hasta me dijeron que había programas en la tele dedicados al asunto. Es una de las cosas que uno aprende cuando se acerca por allá. Reconozco que no esperaba encontrar negocios así entre tanto lujo pero, bien mirado, tiene todo el sentido del mundo porque esa es una ciudad de excesos donde no es raro que a los fulanos se les vaya la mano gastando. De ahí lo de los empeños.

El repertorio es interminable y aparte de lo obvio -joyas, objetos de oro y plata y similares-, está todo lo demás. En particular me llamó la atención el precio que llegaban a alcanzar los juguetes antiguos. Y por antiguos no me refiero a los de época romana: treinta años bastan para observar una revalorización significativa. Eso me contaron. ¿La razón? Los niños que en su día jugaron con ellos hoy son puretas nostálgicos y con dinero a los que no les importa pagar pasta gansa por darse el capricho.

Hasta entonces nunca había pensado en ello, y sin embargo últimamente no hago más que observar esa sutil manipulación por todas partes. El otro día, sin ir más lejos, los de Nestlé se las apañaron para colocarme dos tabletas de chocolate en la cesta de la compra. El crío que todavía llevo dentro las debió coger de la estantería del supermercado sin que yo me diera cuenta, y solamente al llegar a casa vi que se habían venido conmigo mis dos personajes favoritos de Barrio Sésamo.

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Bellotas radiactivas

Tenemos el agua al cuello con tanto puto pantano, las bellotas radiactivas, nos quedamos sin marranos.

Seguro que a alguno le sonará la copla; una copla roquera y verdadera. Roberto Iniesta sabía muy bien lo que se decía. Y desde que la escribió nada ha cambiado, a mejor me refiero, ni en Extremadura ni en el resto de la desangelada frontera.

Me sabía mal dejar escrito por aquí que los rayanos son duros de carácter y pasar sin más a otro tema. Cuando lo cierto es que les sobran los motivos para no fiarse de nadie, sobre todo desde el día en el que alguien decidió que esto iba a ser el patio trasero de España. O sea, un erial donde estaba permitido extraer minerales radiactivos, anegar valles sin pedir opinión y coser dehesas con inacabables tendidos de alta tensión. Y todo eso para que los señoritos de capital, en Madrid o País Vasco, por ejemplo, pudieran tener luz con un clic de interruptor ahorrándose las molestias asociadas a la prestación del servicio; porque molestias son, en mi opinión, ver inundado para siempre el pueblo donde naciste o morir de cáncer antes de lo debido.

«La tierra es de quien la trabaja» parece ser que dijo Emiliano Zapata. Parafraseando al revolucionario mexicano yo digo que la electricidad sea de quien la produce. Como veo que a los políticos se les llena la boca con eso de la España vaciada pero ideas aportan pocas, ahí les he dejado una.

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