Historia de una escalera

La escalera sobre la que escribió Buero Vallejo tenía unos cuantos personajes a su alrededor, los suficientes como para montar una obra de teatro en torno a ella. La protagonista de esta entrada en cambio está bastante menos transitada; básicamente solo la piso yo y los dos mininos que recibí en adopción. Con ese magro reparto no esperéis florituras dramáticas sino más bien lo habitual, es decir, un simple post bloguero.

Siempre estuvo ahí, en mi casa de Palermo, comunicando una planta con otra como acostumbran a hacer todas las de su especie. Ya imaginaréis que inevitablemente nos hemos estado cruzando todo este tiempo: de la cocina al dormitorio, del baño al salón…, en fin, lo normal. Y sin embargo no ha sido hasta ayer cuando me he fijado en ella por primera vez. ¿Y qué paso ayer? Pues que se acabó lo que se daba, nada de salir a correr a la calle, todo el mundo de nuevo en casita que es donde mejor se está según las autoridades. No tengo ahora los datos en la mano, pero me atrevería a decir que si en Argentina no hemos batido aún el récord mundial en la novedosa disciplina del confinamiento no debemos de andar muy lejos.

Y esa es la razón, queridos amiguitos, por la que me he visto obligado a redirigir mi incipiente y malogrado entrenamiento callejero a la escalera de casa. Atendiendo a la sugerencia de Isa, dicho sea de paso. Dieciocho peldaños que acabaré conociendo de memoria a fuerza de subirlos y bajarlos de todas las imaginables maneras posibles.

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Chimichurri

Pasaron volando los años trabajados en el centro de Valladolid, justo frente al edificio del ayuntamiento, en pleno corazón del tapeo castellano. Solamente guardo buenos recuerdos de aquella época de planeamiento urbanístico y risas en el estudio. Y en esa felicidad del recién estrenado siglo puso su granito de arena el ambiente propio de la ciudad vieja, con sus personajes y sus bares de toda la vida. Las tortillas y torreznos del legendario Alarcón eran incompatibles con la tristeza y, por si eso no era suficiente cuando venían muy mal dadas, a cuatro pasos en cualquier dirección se podían encontrar tabernas con solera en las que terminar de ahogar las penas en riberas y casquería. Antidepresivos naturales aunque no se diga nada sobre eso en la revista Science.

Aquellas eran tascas de sota, caballo y rey. No se complicaban la vida con experimentos quiero decir, pero lo que hacían lo bordaban. Insistir en lo mismo en lugar de caer en moderneces las hizo inmunes al paso del tiempo, y prueba de ello es que todas siguen aún en pie dos décadas después. Y eso es algo de lo que no pueden presumir la mayor parte de los que se salieron del guión. Me estoy acordando ahora de un restaurante argentino que abrió en las Francesas y que fue un visto y no visto. Pampa y Tango se llamaba -no se rompieron la cabeza con el nombre-. Fue allí donde por primera vez supe del chimichurri, quizá la más argentina de todas las salsas, aunque no ha sido hasta ahora cuando de verdad he descubierto lo bien que se come en el país de Les Luthiers. Definitivamente no es un destino apto para veganos pero al que le guste la carne no creo que la vaya a encontrar mejor en ninguna otra parte del mundo.

No os llegué a contar nada sobre la paella que me sirvieron un día de veranito en Melbourne. Y si me lo callé en su momento fue probablemente porque no había nada que decir salvo, quizá, que si al fulano que la perpetró le hubieran metido en la cárcel tampoco habría pasado nada. Así es la cosa, a pesar de las vueltas de tuerca dadas la globalización está lejos de ser perfecta. Afortunadamente. Mucho mejor disfrutar cada cosa en su sitio. Parece que seguirá mereciendo la pena viajar.

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Con el codo

No sé si se distingue bien, pero lo de la foto es un tomate. Que nadie se asuste, no es que me haya dado por hincar los codos ahora, un Gobo opositor tendrá que seguir esperarando una próxima reencarnación. El roto tiene que ver con los holas y adioses impuestos por las circunstancias. Saludos raros en tiempos raros.

Basta echar un vistazo a los libros de historia para tomar conciencia de la genética retorcida con la que venimos de serie, de esa mala baba hispánica tan nuestra que hemos exportado a medio mundo. No obstante, justo es reconocer que cuando no nos estamos matando entre nosotros somos gente cercana, de trato fácil digamos. Y eso es algo que los argentinos parecen haber heredado, lo digo por la cantidad de abrazos virtuales que reparto y recibo en cada jornada. Nada que ver con mi día a día en Inglaterra, por ejemplo.

La cuarentena se ha hecho crónica por aquí y me ha cortado las alas. Mis movimientos se limitan a un radio de cinco cuadras, una vida de barrio que después de tres meses y medio conozco palmo a palmo. Prisionero por accidente, nunca me falta sin embargo un codo y una pequeña conversación con el panadero, el frutero, el dependiente del supermercado que me pregunta por el Real Valladolid o la vecina que siempre sale a barrer a las once de la mañana. Ya lo veis, me muevo poco pero saludo mucho. A los fraggles ibéricos se nos toma cariño enseguida.

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Plataformas petrolíferas

Fue una conversación recurrente durante una época de mi vida. Ya no era un niño entonces, ni tampoco un adolescente, y el poco juicio que le da a uno el entrar en la universidad me había permitido descartar lo de ser futbolista o estrella del rocanrol.

Mi amigo el de la última fila y yo lo teníamos claro: la fama nos importaba un carajo, lo que queríamos era ganar pasta, pasta gansa, cuanta más mejor. Sabíamos que la geografía y morirse de hambre eran básicamente la misma cosa, y en aquella fila de atrás de aquel aula de la Facultad de Filosofía y Letras se barajaron todo tipo de salidas profesionales más o menos descabelladas, entre ellas la de soldador de gasoductos o la de currante de plataforma petrolífera. Sobra decir que la vida, como siempre hace, nos llevó finalmente por donde quiso. Mi socio de sueños acabó apretando tuercas en Renault y de mí que os voy a contar que no sepáis ya… ¿conocéis a algún jugador de NL 100 millonario? Pues eso.

Lo que me fascinaba de las plataformas petrolíferas -probablemente fuese yo el que aportara la idea- era eso de trabajar unos pocos meses, encerrado, sí, pero por un sueldazo, y después vivir de las rentas hasta la próxima campaña. Como un marqués. Para no volverme loco, más loco de lo que llegué a la Argentina quiero decir, me ha dado por pensar que Buenos Aires se ha convertido para mí en esa plataforma petrolífera. Mis claustrofóbicos días solamente albergan sesiones interminables de poker: trabajar y dormir serían dos buenos verbos para resumir esta última etapa. Son ya 550.000 manos cuando escribo esto y, a este ritmo, serán 700.000 al finalizar el mes de julio, es decir, básicamente el total previsto para 2020.

Van pasando los días en fila india y no consigo distinguir unos de otros. Los odiados días iguales me tienen acorralado, o eso creen ellos, porque secretamente voy rumiando mi venganza, una venganza que tiene forma de plan para escapar de este encierro y vivir los días del resto del año lo más desigualmente posible.

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Los abuelos de Trinidad

Devoción por el dominó es lo que tenían los abuelos de Trinidad. Les podría haber pasado un huracán por encima y no se habrían inmutado. Crucé su calle por la mañana y ahí estaban, y cuando regresé por la tarde ahí seguían. Únicamente se habían tomado la molestia de trasladar sillas y mesa a la acera contraria para no perder la sombra. El sol de Cuba no es para tomárselo a broma.

Calles empedradas y casitas de colores, Trinidad es una ciudad colonial de las bonitas, de lo más lucido a orillas del mar Caribe. Por allí pasé hace ya diez años para conocer un país que se quedó congelado en el tiempo, y con él todos sus habitantes. Así es, Marty McFly no habría necesitado el DeLorean de Doc para viajar a mediados del siglo XX si su destino hubiera sido Cuba.

De las pocas cosas que no he extraviado en los últimos años viajeros ha sido el pasaporte, mi fiel compañero del que os hablaba el otro día. Casi todo lo demás ha ido cayendo en combate: maletas, teléfonos móviles, billeteras, tarjetas de crédito, cámaras… En una de esas últimas estaban las fotografías de los cuatro abuelos de Trinidad dándole a un dominó con bastantes más fichas de las que yo estaba acostumbrado a ver en mi pueblo. Me llamó la atención y estuve con ellos un rato. Siento no poder presentároslos como es debido, perdí las fotos y olvidé sus nombres, pero ellos quizá se acuerden del español preguntón que se dejó caer por Trinidad en la Navidad de 2010. Si pasáis por allí decid que vais de mi parte, estoy seguro de que los encontraréis donde yo los dejé.

Tiempo atrás os confesaba la ojeriza que les tengo a los días iguales. Una fobia que muy probablemente eche raíces en mi larga condena cumplida como oficinista. Y sin embargo los abuelos de Trinidad eran la felicidad personificada, no dejo de pensar en ello últimamente. Vivían cada día exactamente igual que el anterior y no tenían ninguna duda sobre cómo sería el siguiente. En su maratón interminable de dominó y ron todo lo demás era simplemente irrelevante. Innecesario. Obviamente hay algo que se me está escapando, un encanto oculto y fascinante en los días iguales que yo nunca he sido capaz de encontrar. Olvidé preguntarles cuál era el secreto.

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Haber viajado

Todo el mundo sabe que los pasaportes, igual que los vikingos, deben morir en combate para alcanzar su particular Valhalla. Por eso yo al mío le prometí que llegaríamos juntos hasta el final, hasta la contraportada. Quería ahorrarle el deshonor de caducar con páginas en blanco. Y todo iba según lo previsto, teníamos el número exacto de espacios libres para los meses de vigencia restantes. Pero el planeta se paró en marzo de 2020 y nadie lo vio venir. Todos los pasaportes del mundo quedaron varados.

No va a ser fácil cumplir la promesa pero no pienso tirar la toalla. Le tengo un cariño especial a mi pasaporte, es de hecho el corazón de malviviendodelpoker. Se lo debo. Os confesé una vez que odio los souvenirs porque soy de los que piensan que cualquier objeto sacado de su contexto pierde automáticamente su significado. No necesito tener un didgeridoo en el salón de casa para recordarme a mí mismo que estuve en Australia, ni mucho menos para que mis visitas sepan que estuve en Australia -si perteneciera al clan de los que restriegan a los demás todos sus movimientos se podría saber algo de mí en las redes sociales, pero no es el caso, mi perfil de Facebook está más muerto que el pollo frito y el de Instagram es inexistente-. Tan mal me caen los souvenirs como los coleccionistas de followers y souvenirs. Mis recuerdos viajan conmigo en el pasaporte, es lo único que necesito. Como si de un diario se tratara, me basta con pasar sus páginas para volver a vivir lo que se esconde en cada sello. Sellos estampados en un código secreto que solo yo puedo entender, porque lo bueno y lo malo dejado atrás en cada lugar solo a mí me concierne.

Se va acercando el día en el que nos colocarán a todos un chip en la oreja para saber en cada instante lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, dónde estamos y dónde no. Afortunadamente mi viejo pasaporte no sabe nada de esas modernidades, él es un despreocupado superviviente del pasado. Ajeno por completo al final de su era, conserva intacto ese encanto decimonónico de la tinta y el papel que muy pronto se extinguirá del todo y para siempre. Razón de más para despedirlo como se merece.

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Plaza Mafalda

85 kilos di en la báscula. 92 kilos largos con el gato en brazos. Nos hemos puesto hermosos con la cuarentena. Los dos lo veíamos venir pero no fue hasta el domingo pasado cuando la romana nos trasladó oficialmente las malas noticias. Puedo aseguraros que nunca os escribió un Gobo tan rechoncho como el de ahora.

Engordo a razón de un kilo por semana desde que soy argentino. Y ya llevo doce por aquí, así que echad cuentas. No hace falta ser un experto en hábitos saludables para ver que voy por muy mal camino. Vale que a los jugadores de poker se nos suponen todos los vicios, pero debo decir que eso rige más que nada en el sector alevín, porque los de mi quinta ya llegamos tardísimo para lo de morir jóvenes y dejar bonitos cadáveres. En fin, aprovechando que desde este lunes los señores políticos nos dejan pisar de nuevo la calle, he decidido volver a correr. Veremos si consigo desintoxicarme. El permiso es solamente nocturno eso sí, compartiendo franja horaria con la delincuencia urbana, lo que no deja de tener su lógica porque siempre será más fácil para alguien que corre salir por patas de un asalto callejero.

Todas las grandes ciudades del mundo son antipáticas y Buenos Aires no es ninguna excepción. Para encontrar un espacio verde mínimamente amplio cerca de mi casa lo tuve que buscar con candil. Pero al final lo encontré, bueno, Google Maps lo encontró por mí. Y allí estaban ya todos los locales calentando cuando llegó el extranjero que pronuncia las elles de mala manera. Plaza Mafalda se llama el punto de encuentro.

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Sin oficio ni beneficio

Tres minutos de vuestro tiempo por cada cuatrocientas palabras mías. Esas fueron las cuentas que echamos el año pasado. Y ahí se quedó la cosa. Pero lo que se tarda en leer una entrada tipo en este blog no tiene nada que ver con el tiempo necesario para escribirla. De eso no hablamos aquella vez. Vamos a ello ahora.

Nunca fui el más listo de la clase precisamente, y ordenar las frases que van dando cuerpo a cada entrada de malviviendodelpoker me exige un rato largo -entiéndase por rato largo un par de horas de media-. Tengo claro que atreverme con la literatura me conduciría inexorablemente al ridículo y además me eternizaría, así que escribo sin pretensiones, nada de arte. Trato simplemente de colocar las palabras en su sitio, de manera que el texto final sea inteligible y su lectura no abochorne a familiares y amigos -ya sé que a mi edad me debería importar un bledo el que dirán, sin embargo lo cierto es que despertar vergüenza ajena en la gente cercana sigue dándome pavor-. 

Este es el post número 616 del blog. Capicúa. Si multiplicáis por dos tendréis las horas invertidas en el blog y si lo dividís por ocho el equivalente a jornadas. Ya hago yo la cuenta por vosotros: 154. Eso serían unos siete meses de curro trabajados por la cara. Puede parecer mucho pero os aseguro que el tiempo empleado en redactar es en realidad el chocolate del loro si se compara con el consumo de energía que implica vivir para tener algo que contar.

Estos ocho años largos podría haberlos invertido en la Facultad de Derecho en lugar de navegando a la deriva, y a lo mejor ahora tendríais delante a un flamante licenciado y esforzado opositor. Puestos a especular quizá estaríais frente al honorable juez Gobo. Aunque su señoría no se llamaría Gobo, ciertamente. Y tampoco escribiría un blog. En realidad en esa hipotética línea temporal alternativa ni siquiera nos habríamos llegado a conocer y simplemente esto no estaría pasando.

Esas son unas vidas -a las estandarizadas me refiero- que ya no viviré porque viajar y jugar al poker son incompatibles con la normalidad. Vivir para contarla que decía García Márquez a cambio de no saber si vas a llegar a fin de mes. No tengo noticias de eruditos en derecho metidos a influencers ni de opositores blogueros, pero si existen intuyo que deben aburrir a las ovejas. Las aventuras y desventuras de la gente sin oficio ni beneficio, como por ejemplo los tahúres nómadas, son mucho más divertidas de leer. O eso quiero pensar.

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Pony Pizza

Estos tíos se merecían una entrada en el blog. Qué menos. Han sido básicamente ellos los que me han mantenido con vida las últimas semanas y de bien nacidos es ser agradecidos. Son los autores de las mejores pizzas del barrio y de todos los barrios en los que he vivido hasta hoy. Deliciosas pero nada saludables, tristemente. Así es esta vida. Malditos contras de todos los pros. Yins y yangs.

Pizzas y pipas, ya veis que últimamente no hay mucho que contar. He pasado de correr cincuenta kilómetros semanales y de alimentarme razonablemente bien a ver Netflix sin moverme del sofá mientras engullo grasas saturadas y sal al por mayor. El 1 de marzo participé en el medio maratón de Malta y después de cruzar la meta me dije «voy a sentarme a descansar un rato». Y así sigo, descansando. Ahora mismo estoy más para echar a rodar que para volver a trotar. Salí de la runnorexia -no sé si existe ese palabro pero si no es así la acabarán inventando- para caer en brazos del sedentarismo y de la comida basura. Soy un tipo sin virtud ni término medio, Aristóteles se avergonzaría de mí.

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Pipas

«Semillas de girasol con cáscara salada» dice la etiqueta de la bolsa. Lo que vienen siendo pipas en España. No es fácil dar con ellas fuera y yo soy un auténtico adicto. Lo confieso. Siempre que estoy por esos mundos de Dios tardo días en superar el mono una vez que se agotan las existencias de mi maleta. Por eso encontrarlas ayer en un kiosko del barrio fue todo un subidón.

La semana pasada os hablaba de pasar ratos al sol en la terraza y esta de comer pipas. Viajar tiene mucho de resistir y es necesario ser capaz de disfrutar de estas menudencias cuando vienen mal dadas.

Los que saben lo que nos conviene no dejan de invitarnos últimamente a abandonar nuestras respectivas zonas de confort. No están claras las razones de su insistencia, quizá sea solo una moda absurda como tantas otras, pero de un tiempo a esta parte es imposible leer un periódico o escuchar la radio sin toparse con algún experto en vidas ajenas impeliendo al personal a dejar atrás sus míseras y cobardes existencias en busca de lo desconocido, a lo Indiana Jones. No sé vosotros pero yo prefiero mil veces estar cómodo a estar jodido. Y justamente para eso, para no estar jodido quiero decir, hay que ser capaz de contentarse con poca cosa. A mí eso nunca se me ha dado mal.

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