El organista de la catedral de Arequipa

Subí hasta el coro de la catedral para escuchar al organista sin molestar. Aunque después de un rato observándolo desde las alturas me di cuenta de que podría haberme quedado a su lado; tan enfrascado estaba en lo suyo que ni se habría dado cuenta. Él no me lo dijo pero imaginé que, entre misa y misa, con el templo vacío, aprovechaba el tiempo muerto para tocar lo que le daba la gana y no el consabido repertorio litúrgico.

Muchísimos años antes de viajar a la peruana Arequipa conocí Ribadesella, en Asturias. Fue allí, concretamente en la cueva de Tito Bustillo, donde siendo aún un crío tomé conciencia por primera vez de lo repetitiva que era la vida de los adultos y de lo chungo que debía de ser ganarse el pan. Recuerdo haber salido de esa cueva compadeciéndome de la mujer que nos la mostró, una guía turística que conocía cada estalactita y estalagmita por su nombre, y que se veía obligada a contar las mismas historias una y otra vez, infinidad de veces al día durante todos los días del año.

Por eso no me extrañó el aire roquero del organista de Arequipa en sus ratos libres, como tampoco me hubiera extrañado ver saltar en parapente a la guía de Ribadesella nada más terminar su jornada laboral. Las tareas repetitivas son inhumanas, y a pesar de todo la mayor parte de los humanos nos vemos condenados a ellas: interpretar las partituras de siempre, contar las mismas historias a los turistas, jugar machaconamente al poker… Sé lo que se siente y no me cuesta nada ponerme en el pellejo de mis semejantes, entiendo perfectamente que la peña busque mil maneras de evadirse para no terminar desquiciada. Yo por ejemplo escribo un blog.

Publicado en Matt "El viajero", Pienso, luego... | Etiquetado , , | Deja un comentario

Hechos para echar de menos

Hasta la fecha nadie ha podido explicar por qué debe ser de esa manera, por qué cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Y esa es solamente una de las mil cosas que no entendemos y que quizá nunca lleguemos a entender. En realidad, ignorar casi todo no debería extrañarnos porque nos dejaron caer en un universo inmenso que, para colmo, ya estaba en marcha cuando abrimos los ojos y empezamos a hacernos preguntas. Así es muy difícil enterarse de qué va la fiesta. No debería extrañarnos, cierto, pero da mucha rabia, cierto también.

Somos hormiguitas dando ahora los primeros pasos fuera de la boca del hormiguero. Si alguna vez llegásemos a tomar conciencia de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos sería algo maravilloso, aunque sinceramente dudo mucho que este siglo vea tales logros. Seamos serios: si aún no hemos sido capaces siquiera de evitar que el paso de los años nos deje calvos, ¿no resulta un poco pretencioso pensar en unificar las físicas relativista y cuántica de hoy para mañana?

Desde un punto de vista cosmológico, la flecha del tiempo que experimentamos día a día obedece al carácter inflacionario del universo. En otras palabras, si las horas van hacia donde van es porque el cosmos se expande en lugar de contraerse. No está nada claro lo que pasaría con nuestro tiempo si la gravedad tomara las riendas y comenzase a desandar el camino que nos alejó del Big Bang. Como fin de fiesta nos esperaría un Big Crunch y, quién sabe, quizá en ese trayecto de locos hacia el colapso cósmico, con todos los relojes patas arriba, empezásemos a echar de más lo que antes echábamos de menos.

Sí os puedo asegurar que eso no está sucediendo, al menos de momento, porque las matemáticas de la escuela, esas a las que de niño odié con todas mis fuerzas, me despiertan de adulto una ternura infinita y no puedo evitar echarlas de menos. Hasta me he comprado una camiseta.

Publicado en Pienso, luego... | Etiquetado | Deja un comentario

Toboganes oxidados

Vengo de un tiempo y un lugar extraños, un mundo viejo hecho de adobe en el que a los niños nos daban martinis con gaseosa para que le fuéramos perdiendo el miedo al alcohol: los años ochenta del siglo pasado son ese tiempo, y mi pueblo ese lugar. En semejantes coordenadas espaciotemporales nuestros padres no solo fumaban en casa, sino que además esperaban que sus hijos varones también lo hicieran porque lo contrario podía significar una orientación sexual inapropiada. Añado también que tíos o parientes cercanos nos llevaban periódicamente a los toros a mis amigos y a mí. Alguno se preguntará, ¿y con esos mimbres cómo no acabastéis todos siendo ultraderechistas? Sinceramente no lo sé, es algo que yo también me pregunto.

Pero dejando a un lado las distintas filiaciones políticas, algunas menos democráticas que otras, lo cierto es que todos los de mi generación estamos unidos por un fuerte instinto de superviviencia. No nos mataron ni los espacios cerrados llenos de humo, ni la generalizada apología del alcoholismo juvenil, ni los coches sin cinturones de seguridad, ni tampoco los parques infantiles de hormigón armado con sus toboganes oxidados. El Reno Renardo resumió en una sola canción lo que fue aquella época, así que a él me remito y no me extiendo más: Crecí en los ochenta es de escucha obligada para todos los puretas nostálgicos y muy recomendable para los jóvenes interesados en el mundo boomer.

El vermú de la foto va por todos ustedes, los supervivientes de mi generación, por haber llegado vivos al siglo XXI. Sin gaseosa esta vez, que ya soy un hombre.

Publicado en Costa Parda | Etiquetado , | 2 comentarios

Tren burra

Con un apodo como ese es fácil deducir que la rapidez no estaba entre sus fortalezas. Cosa que, ciertamente,  tampoco importaba mucho porque aquellos eran otros tiempos y la gente iba de acá para allá con calma, sin agobiarse. De hecho, lo de «tren burra» no debe tomarse como un insulto sino como un mote cariñoso. Si a uno se le escapaba el tren siempre tenía la opción de echar a correr para alcanzarlo un poco más adelante; y eso es, indiscutiblemente, un punto a favor. Fue a partir de la segunda mitad del siglo pasado cuando los sapiens perdimos por completo el sentido común: la modernidad se nos subió a la cabeza e ir contra reloj a todas partes pasó a ser obligatorio.

De las locomotoras de vapor que subieron resoplando a Torozos la única que se ha conservado es la de la fotografía. Los que vengáis a mi ciudad la veréis presidiendo la plaza de san Bartolomé, muy cerca del lugar en el que estuvo su antigua estación. Ochenta y cinco años vivió según se lee en la lápida colocada a sus pies, los que median entre 1884 y 1969; edad esta muy respetable para cualquier vida humana y probablemente también para una línea férrea.

El páramo de Torozos es el que separa Valladolid de Medina de Rioseco, origen y destino de aquel tren sin prisas, y una de las mejores formas de cruzarlo sigue siendo la antigua huella del ferrocarril. Los ingenieros de la época diseñaron un trazado tranquilo, evitando enfrentarse a las cuestas de cara, buscando siempre las pendientes más suaves sin importar los kilómetros, de la mano de las curvas de nivel. Resultó ideal para las perezosas locomotoras de antaño y aún hoy lo es para un ciclista perezoso como yo, más aplicado en ver los almendros floridos de febrero que en pedalear.

Publicado en Costa Parda | Etiquetado | Deja un comentario

La factura

La he tenido que mirar dos veces porque no me lo creía. Sin embargo, leída la letra grande de la factura y también la pequeña, revisado el contador de la calefacción y preguntado a mi vecino del quinto, no me ha quedado más remedio que admitir que todo estaba en orden. Resumiendo: sesenta y cinco eurazos de gas natural he quemado para calentar la casa; bien clarito lo pone en la esquina de abajo a la derecha del papelucho.

Lo de diciembre fue el primer aviso y lo de este mes pasado ha sido la confirmación. Si no terminaba de creérmelo era porque esos facturones me parecían más propios de las mansiones de los cracks del poker. Quería pensar que a los malvivientes en pisos protegidos de setenta metros cuadrados no podían apretarnos de esa manera. Claramente estaba equivocado, hacía tanto tiempo que no pasaba un enero por aquí que no recordaba cómo se combatían los inviernos de Castilla.

Es bonito llegar con las golondrinas a Inglaterra en primavera y darse la vuelta con ellas después del verano, hacia el sur, y no parar de volar hasta llegar a Chile en octubre, que es cuando empieza la estación en la que los colibríes más contentos están. Siempre que me han preguntado qué se saca de andar cambiando tanto de hemisferio he respondido eso mismo. Ahora además podría añadir que nomadear como los pajaricos le permite a uno ahorrarse una pasta gansa en calefacción.

Publicado en Costa Parda | Deja un comentario

El día que Bruce Springsteen me habló

El día que Bruce Springsteen me habló me dio un brinco el corazón. Era al último tío que esperaba ver cuando eché mano del móvil para atender el pitido de la notificación. Pero allí estaba él, The Boss in person había respondido a uno de mis comentarios en su canal de YouTube, a uno que ya ni recordaba haber escrito.

Me contestó así:

Thanks for the love and support you showered on me, it’s been a wonderful year having fans like solidly behind me. This is just a private page for talking to close friends and families because I get thousands on messages on my official page and important messages get loss in there, and this is my way of saying thank you to the people who brought me this far. I hope you never stop listening to my music… you seem to be a very nice person from you comment… Do you have a big heart? Are you honest and caring, loving person? If yes I will like to know more about you through my private tour mobile number, text me there […]

Pasado el subidón inicial me puse a pensar, y dos minutos fueron suficientes para llegar a la conclusión de que todo eso no podía pasarme a mí. Presagiando lo peor entré en YouTube y tristemente encontré lo que, ya a esas alturas, sabía que iba a encontrar. Sin anestesia ni nada comprobé que un bot desalmado había copiado y pegado docenas de veces el mismo mensaje, ese que yo sentí como propio, a lo largo y ancho de toda la sección de comentarios del vídeo en cuestión.

Si no os lo había dicho antes ya os lo digo ahora: soy un analfabeto funcional, un completo ignorante de la modernidad y, en particular, de todo lo que tiene que ver con las redes sociales. Pero estoy seguro de que a Bruce, que es incluso más viejo que yo, le pasa lo mismo que a mí, y por eso no me cabe duda de que el responsable de este malentendido es su community manager, un niñato imberbe muy probablemente. Y ni Bruce ni yo vamos a dejar que un niñato imberbe nos separe después de tantos años.

Publicado en Pienso, luego... | Etiquetado | Deja un comentario

Hombre, mujer, otro

Algunos de los sketches de Martes y 13 han envejecido fatal: destilan un tufillo rancio, a veces homófobo y otras machista, que a día de hoy resulta indigerible -probablemente a día de ayer también, solo que no nos dimos cuenta-. Las películas de Paco Martínez Soria se encuentran en un nivel superior incluso, y en estos tiempos solamente son aptas para los más retrógrados. He querido recordar a esos ilustres predecesores antes de escribir lo que voy a escribir porque publicar esta entrada y pasar a formar parte del olimpo de los casposos va a ser todo uno.

Allá voy. No pretendo que suene a excusa pero mi descoloque se debe seguro al tiempo vivido fuera de España, un lugar en el que antaño, cuando renovabas el DNI por ejemplo, las opciones relativas al sexo eran solamente dos: hombre o mujer. Nada extraño por otra parte, ya que esa es una disyuntiva común dentro del reino animal. O al menos eso decían los libros de biología hasta no hace tanto.

Ahora esto ya no es así en mi país. Seguramente lleva mucho tiempo no siendo así, pero yo me di cuenta la semana pasada -como digo hasta hace pocos meses estaba haciendo las Américas y allí todo seguía en orden-.

La Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED para los amigos, ha sido la encargada de abrirme los ojos. Antes de admitirme como prometedor guionista cinematográfico no le bastó averiguar si yo era hombre o mujer. Quiso saber, específicamente, si yo era hombre o mujer u otro. Visto lo visto esto debe de ser solo el principio. En un futuro cercano las opciones serán muchas más, no se me ocurre cuáles, la verdad, pero ya iremos viendo.

Aunque haya quedado como un Paco Martínez Soria del siglo XXI solamente quería dejar constancia de mi extrañeza. Que nadie lo dé más vueltas.

Publicado en Pienso, luego... | 1 Comentario

Ciencia infusa

Tuve el mejor profesor de guitarra que se puede tener, un auténtico virtuoso, y sin embargo no conseguí avanzar ni un milímetro en alguna dirección que no fuera la de torturar a mis semejantes con insufribles retahílas pentatónicas. Así de malo era yo. El talento y la más absoluta carencia de él estuvieron frente a frente en aquella aula de música. Y saqué mis conclusiones.

En realidad nadie sabe exactamente qué es el talento. Yo tampoco, pero desde entonces, desde que siendo un chaval empecé a tocar la guitarra, lo imagino como un viento mágico, invisible, que baja del cielo o sube del infierno -su procedencia es otro misterio-, tocando a unos sí y a otros no de manera completamente aleatoria. Y eso es algo, enseguida lo comprendí, que enfurece a muchos de los no agraciados: quisieran robarlo pero no pueden, quisieran comprarlo pero es imposible. Comidos por la envidia, músicos, cineastas o escritores frustrados acaban zancadilleando a jóvenes artistas cuyo talento, ese que ellos nunca tendrán, tan irritante les resulta. Críticos musicales, de cine o literarios a menudo responden a ese perfil. No se me ocurre una forma peor de tirar la vida a la basura, pero ahí siguen, ladrando su rencor por las esquinas.

Por otro lado están los del querer es poder, que es tanto como negar la mayor y considerar directamente el talento como una invención. Según ellos todos podemos llegar adonde nos propongamos. O sea, que si tus novelas son intragables y tus canciones levantan dolor de cabeza no te preocupes, simplemente sigue intentándolo. Socorro.

No estoy defendiendo que el trabajo sea innecesario -los tachones de Miguel Delibes en el manuscrito de Los Santos Inocentes son la prueba del esfuerzo y sufrimiento que cualquier acto creativo acarrea-, lo que pretendo decir es que el trabajo sin talento sirve de muy poco cuando de crear se trata.

Envidiar a los talentosos es autodestructivo, además de mezquino, y negar la existencia del talento es una necedad. Ese sería un buen resumen para este amago de ensayo. ¿Qué podemos hacer entonces nosotros, los privados de esos dones maravillosos? Bueno, en realidad todos tenemos algún talentillo, es cuestión de saber buscarlo. Yo, por ejemplo, aunque no nací para ser Steve Vai no soy de los malos jugando a las cartas. Y eso hago.

Publicado en Costa Parda, Pienso, luego... | Etiquetado , | Deja un comentario

Dónde se ha visto comer sin pan y vino

La frase que da título a esta entrada no es mía pero la suscribo al cien por cien. Seguro que a alguno le ha resultado familiar, y eso es porque pertenece a la legendaria escena de la tortilla rusa de Airbag, un peliculón. Fue el cachondo de Arguiñano el que la hizo suya para siempre, una llamada de atención que, firmada por un cocinero, tiene mucho más valor. Años más tarde, Torrente, expolicía fascista y casposo pero de indiscutible buen comer, se las tuvo tiesas con la camarera chinita del chino restaurante, y por la misma razón: la falta de pan. Hasta aquí las referencias cinematográficas.

A mí me gusta el pan mucho más que a Arguiñano y a Torrente juntos, en realidad mucho más que a cualquier otra persona que haya conocido nunca. Lo devoro, una barra de pan candeal como la de la foto me dura un asalto. El problema -siempre hay un problema- es que todo lo bueno en la vida es pecado, engorda o directamente mata, y el pan desgraciadamente se encuentra en la segunda categoría. De Argentina me traje mucho leído de Borges y Cortázar, y también doce kilos de tocino en los lomos que dan prueba de ello; prueban que el pan no es precisamente aire quiero decir. En Buenos Aires se encuentra muy rico, por cierto, y eso hizo más llevadero el confinamiento, aunque la factura llegara después en forma de michelines. Esto ya os lo había confesado.

Correr es una tortura, no creo que ningún corredor se atreva a rebatirlo, pero es que correr con sobrepeso es una tortura elevada al cuadrado. Por eso llevo tiempo intentando poner las cosas en su sitio, por eso y por no tener que comprarme vaqueros dos tallas más grandes. Con todo el dolor de mi corazón me he visto obligado a estirar el pan para que me dure dos días en vez de uno. Sí, ya sé que para cualquier persona normal es mucho más que suficiente pero para mí es un suplicio. Y además me administro fatal, y habitualmente engullo tres cuartos o cuatro quintos de barra el primer día y para el segundo me dejo una miseria, lo que viene siendo un corrusco. De ahí mis cambios de humor entre los días pares e impares. Lo advierto por si me cruzo con algún conocido en la calle, para que sepa perdonarme.

Publicado en Costa Parda | Etiquetado , , | Deja un comentario

Morty Smith dixit

«Nobody exists on purpose, nobody belongs anywhere, everybody’s gonna die. Come watch TV.»

Que un chaval de tan solo catorce años llegue a semejante conclusión tiene mucho mérito. Imagino que ser nieto de Rick Sánchez, el mamífero más inteligente de la galaxia, le hace a uno madurar más deprisa. Sin su ayuda yo necesité un cuarto de siglo largo para darme cuenta de ello.

Venir a este mundo y creernos especiales es todo uno. Por razones que se me escapan ese sentimiento de trascendencia que todos compartimos es tan innato como absurdo. Sin embargo, andando el tiempo uno empieza a darse cuenta de que al universo le importamos un carajo, y de que efectivamente ninguna vida tiene sentido: «nadie existe a propósito, nadie pertenece a ningún lugar, todos vamos a morir» en palabras de Morty. Así es como vienen dadas. Los lectores de este blog que conozco personalmente ya habían caído en la cuenta, eso me consta, y respecto al resto…, pues siento ser yo el mensajero para algún despistado, sinceramente, pero es una bofetada de caos que tarde o temprano todos acabamos recibiendo. Y que después se agradece, dicho sea de paso.

Y se agradece porque simplifica un montón la existencia. Asumir que somos muy poquita cosa flotando en el espacio evita liarse en mesianismos innecesarios, y nos deja tiempo libre para vivir, algo para lo que indiscutiblemente sí estamos hechos. Tan sencillo como ver la tele, tocar la guitarra o subir una montaña.

Publicado en Pienso, luego... | Etiquetado | Deja un comentario