Araucarias

Aquí en Chile todo el mundo sabe que las araucarias son muy suyas y que siempre evitan ponerse a tiro de los turistas comodones, de aquellos incapaces de separarse un palmo de las carreteras principales. Antes yo no lo sabía pero ahora también lo sé. Hasta hace cuatro días formaba parte de ese grupo de viajeros holgazanes, y por eso, a pesar de mis muchas idas y venidas por la región de la Araucanía, estos ojitos nunca habían visto un bosque de araucarias. Su carácter pionero y andino mantiene alejado al árbol nacional chileno de los mirones casuales.

Aunque no en su salsa, formando parte de un bosque nativo quiero decir, ya había visto araucarias en alguna ocasión. Igual que todos vosotros, estoy seguro de ello. Es un árbol tan llamativo que es posible encontrarlo en prácticamente todos los jardines del mundo. De hecho, la primera vez que yo me fijé en una de ellas estaba en un lugar tan inesperado como Barnard Castle, en el norte de Inglaterra, y más concretamente entre la arboleda que rodea al afrancesado Bowes Museum. En aquellos jardines versallescos a la pobre araucaria se la veía triste y mustia, igual que estaríamos nosotros si nos obligaran a vivir allí toda una vida. Si me acuerdo de ella es porque fue mi amigo Chris el que me la señaló diciéndome que ellos la conocían como monkey puzzle tree -hay que admitir que los ingleses son unos cachondos bautizando especies-. Y ciertamente el nombre está muy bien traído: sería un reto para cualquier mono encaramarse a una araucaria joven como la de la foto; si os fijáis veréis que no hay un solo centímetro cuadrado, ni en las ramas ni en el tronco, libre de sus puntiagudas hojas.

Los vallisoletanos tenemos nuestros pinos piñoneros cuyo porte aparasolado recuerda vagamente al de las araucarias adultas. Pero ahí acaban las semejanzas entre ambas coníferas porque los bosques de pehuén -así los llaman los mapuches-, por cómo son y por dónde están, parecen venidos de otro planeta. En realidad son de este, obviamente. Siempre han estado ahí, sucede simplemente que después de tantísimos millones de años girando con la Tierra alrededor del Sol, tantos como para haber visto aparecer y desaparecer a los dinosaurios, su estética y ritmos resultan chocantes para animales modernos como nosotros. Ellas no tienen prisa por crecer, ya lo han visto todo en este mundo, y simplemente dejan que vayan pasando los años mientras observan en silencio desde lo alto, donde ningún otro árbol puede llegar.

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