A fuego y hielo

«Alta sobre la tierra te pusieron» escribió Neruda sobre el árbol más araucano de todos; así es como empieza su Oda a la araucaria araucana. Pero aún más alto que ellas llegan los volcanes con los que comparten patria.

El de la fotografía es el volcán Llaima, el auténtico jefe del Parque Nacional Conguillío. Todo gira en torno a él, es él quien manda sobre la lluvia y la nieve, y él quien hace y deshace el paisaje. Aunque en la imagen pueda parecer simplemente un elemento decorativo, un capricho del relieve que alguien dejó ahí para que jugara con las nubes, en realidad el Llaima es mucho más que eso. Es de hecho uno de los volcanes más activos de Sudamérica y un recuerdo permanente de lo vivo que está el planeta que pisamos. Para refrescarnos la memoria a los humanos del siglo XXI volvió a entrar en erupción hace apenas diez años. Eso me lo contó la araucaria del primer plano de la foto en el rato que estuve sentado a su lado, y lo hizo sin palabras, simplemente señalando con todas sus ramas al suelo abrasado de alrededor. «Te salvaste de milagro» le dije mientras despegaba la espalda de su tronco para continuar la marcha hacia la cumbre.

La última nota de color verde quedaba ya muy atrás cuando tomé esta fotografía. Después de despedirme de las más intrépidas entre las araucarias, de aquellas capaces de trepar por la ladera más arriba que sus hermanas a costa de sacrificar su esbelto porte, achaparrándose y retorciéndose para vencer al viento, tuve que decir adiós también a hierbas, musgos y líquenes. Al final me quedé sin nada ni nadie en medio de aquella desolación, el único representante de los vivos, una mochila roja vagando entre la negrísima escoria volcánica y el blanco inmaculado de la nieve recién caída. Al menos el cielo era azul.

Unos días antes el volcán Lonquimay no había sido tan hospitalario conmigo. Más bajito que su hermano Llaima, Lonquimay me demostró sin embargo de lo que era capaz cuando no estaba de humor para recibir a molestos visitantes. Ni una sola oportunidad me dio, no encontré la forma de hincarle el diente por más que lo intenté. Y a casa tuve que regresar con las orejas gachas y la lección bien aprendida. Él fue quien me enseñó como, en la Araucanía que abraza los Andes, son ellos, los volcanes, los que imponen su ley a fuego y hielo.

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