¿Y ese señor por qué corre?

Eso fue lo que le preguntó una niña a su padre al verme pasar resoplando por delante de ellos. Ayer por la tarde tuvo lugar la escena. Seguí a lo mío y ya no alcancé a escuchar la paternal respuesta, pero estoy seguro de que la cría no se quedó satisfecha con la explicación. Y si lo sé no es porque sea adivino. Si lo sé es porque ni yo mismo habría sabido qué contestarle si la pregunta me la hubiera dirigido a mí.

Fue el más puro sentido común, tan poderoso en la infancia, el que disparó una interrogación de lo más pertinente: ¿Y ese señor por qué corre? La niña, que no tendría más de tres años, se sorprendió al ver a un señor hecho y derecho dando vueltas al parque sin motivo aparente. Algo que, bien pensado, es el equivalente a correr en una rueda, a lo hámster. O sea, un completo absurdo.

Voy a dedicar el tiempo de la siesta de esta tarde a pensar sobre ello. Si llego a alguna conclusión relevante seréis los primeros en saberlo.

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