Geles

De los geles energéticos os cuento lo mismo que os conté del Gatorade de mandarina: no puedo con ellos.

Son dulzones, viscosos y de sabores irreconocibles. Solo leer los ingredientes pone los pelos de punta: mezcla de jarabes de trigo no refinados sin gluten, cloruro sódico, cloruro potásico, acidulante… ¿A quién le puede gustar eso? Desde luego a ningún paisano que yo conozca, porque aquí, en Iberia, siempre hemos tenido buen criterio a la hora de alimentarnos. En esta tierra, donde el turrón lleva siglos cumpliendo esa función divinamente, las barritas energéticas licuadas y futuristas no tienen lugar entre la gente sensata.

Sucede sin embargo que mascar almendras bañadas en miel y correr al mismo tiempo es una malísima idea. De hecho, resulta una receta infalible para el atragantamiento. Cierto, pero ante eso se me podría decir: ¿y por qué no paras, te sientas a comer el turrón y luego sigues corriendo? O yendo más al fondo del asunto: ¿y por qué no vas a los sitios andando como las personas normales? Y yo no sabría qué contestar a ninguna de las dos preguntas.

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Veinte euros

Las aceras están pobladas de cacas de perro, colillas, cáscaras de pipas y cosas así. En todas las ciudades que he conocido esta inmundicia urbana viene siendo lo habitual, y Valladolid no es diferente en ese aspecto. Por eso, cuando uno va caminando por la calle y ve algo en la distancia que se parece mucho a un billete de veinte no se lo cree. Hay que mirarlo con detenimiento varias veces para cerciorarse. Felizmente en este caso las apariencias no engañaron y el papel azul doblado por la mitad resultó ser un billete de veinte euros tendido sobre la acera. Estaba tan solo y asustado que no pude por menos que agacharme a recogerlo y meterlo en la cartera. «Un puente sobre el río no es lugar para un billete, podría acabar en el agua», eso fue lo que pensé.

Fijaos si será excepcional el hallazgo que me tendría que remontar al siglo pasado para hallar el precedente más inmediato: entonces fue un billete de mil pesetas el que se me apareció como por ensalmo a la entrada de la Facultad de Filosofía y Letras, en la plaza de la Universidad. Aquel talego terminó en mi bolsillo y ahí se acabó la historia, pero en esta ocasión, aprovechando las nuevas tecnologías y el largo alcance de este blog -llega incluso hasta mi pueblo-, he querido hacerlo público. El dueño de los veinte pavos solo tiene que decirme en qué puente del Pisuerga lo perdió esta mañana y yo muy gustosamente se lo devuelvo.

Disclaimer: Si aparecieran varios dueños al calor de este anuncio -circunstancia esta harto probable-, cada uno de ellos recibirá una fotocopia en color del original.

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Ciruelas

Claudias y de mi pueblo, para mayor información. Alguno pensará que no son especialmente bonitas. ¿Y qué? Ellas no vinieron a este mundo para ganar ningún concurso de belleza. A diferencia de las variedades exóticas, cuyo hábitat natural son las cajas de las estanterías de los supermecados, mis ciruelas favoritas cuelgan de las ramas de ciruelos terracampinos, ese es su humilde hogar.

Pequeñas y feas, de acuerdo, pero buenísimas y mano de santo para agilizar el tránsito intestinal. Dos por uno. Y de efectos inmediatos, por cierto. Tan inmediatos que yo no le recomendaría a nadie salir alegremente de casa después de haberse comido unas cuantas.

Las ciruelas de mi pueblo dan mil vueltas a las del Carrefour, y además ganan por goleada a todo el arsenal de laxantes de las farmaceúticas. Unas campeonas, y ni siquiera se dan importancia.

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Kafka en mi barrio

Así, de memoria, os podría dar tres lugares apropiados para lecturas profundas, de esas que elevan el espíritu: el barrio Lastarria en Santiago, los atrases de San Telmo en Buenos Aires y una plazuela de Porto cuyo nombre he olvidado pero que sería capaz de encontrar si algún día volviese por allí.

Todos esos rincones urbanos están poblados de cafés que los culturetas adoran. Es una clientela joven y a la moda, de caras siempre enmarcadas en gafas de pasta, acodada en las mesas y entregada a sus filosóficas lecturas. No es que tenga yo mucho que ver con ellos -ni soy joven ni mucho menos moderno-, pero siempre me han caído bien porque hablan bajito entre ellos, o ni siquiera hablan. Me gustaba su compañía.

En mi barrio en cambio no hay de eso. Jóvenes sí tenemos, pero ni son modernos ni saben lo que es un libro. Aquí lo que se estila es hablar a gritos aunque tu interlocutor esté al lado. ¿Y a quién no le desconcentra eso? A mí sí, me obligan a empezar una y otra vez el mismo párrafo y así es imposible avanzar. Nada más kafkiano que intentar leer a Kafka en mi barrio.

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Segundo asalto

Fueron pasando las semanas y los meses y mi viejo pasaporte ya no se movió. Al final le acabó llegando su hora y lo despedí con honores, aquí en Valladolid. Nunca se lo llegué a preguntar pero estoy seguro de que él hubiera preferido jubilarse en Japón o en Kazajistán, o en cualquier otro país que no fuera el suyo, porque así es el ADN aventurero de los pasaportes. En fin, qué puedo decir, no fue posible.

El de la foto es su sucesor, me lo dieron la otra semana y está sin estrenar. Ya veis que las ilustraciones de este nuevo modelo tienen que ver con medios de transporte, lo cual es muy apropiado pienso yo.

Siempre ha sido muy difícil pronosticar nada en el mareante mundo del poker, sin embargo, hoy y aquí me voy a atrever a escribir que muy probablemente este sea mi último pasaporte como jugador profesional. Miro a mi alrededor y no encuentro dentro del mundillo a nadie más viejo que yo, y eso me hace pensar en mi jubilación, cosa que odio. Decir que soy el abuelo sería exagerado, pero que podría ser el padre de la mayor parte de los jugadores a los que me enfrento es un hecho incontestable. Cierto es que hay viejunos en mi pueblo que lo siguen petando al tute perrero, pero no todos los juegos son iguales y, hasta donde yo sé, la vida útil de un tahúr del poker termina mucho antes. No es lo mismo jugarte un café al mus o al dominó que apostar pasta gansa en mesas llenas de rusos, porque los rusos son correosos, son algo así como comer pan de ayer cada día. Y eso desgasta.

Razón de más para redoblar esfuerzos e intentar acompañar hasta la contraportada a mi nuevo socio en este esprint final. Son muchas páginas, tantas como treinta y dos, aunque también es verdad que hay en el mundo en torno a doscientos países y en mí unas ganas locas por conocerlos: a las que siempre había tenido se han sumado las acumuladas a lo largo de este último año en el dique seco; y eso son muchas ganas.

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Duros pero no tanto

A lo largo de este siglo mi casa y yo hemos ido envejeciendo juntos. En realidad más separados que juntos porque yo he pasado mucho más tiempo fuera que dentro, pero quiero decir que los años se nos han ido echando encima a los dos. A la vuelta de cada viaje siempre descubría en el techo una grieta más larga que la anterior, nuevas huellas de humedad bajo alguna de las ventanas o las típicas y fastidiosas invasiones de moho entre los azulejos del cuarto de baño. Por otro lado ella habrá ido viendo en mí más canas y arrugas en cada uno de mis regresos, aunque nunca se atreviera a decírmelo.

Al margen de toda esa decadencia compartida se mantuvieron los indestructibles vasos que compré en el IKEA cuando me mudé aquí. Lo de envejecer parecía no ir con ellos. Duros como piedras, hicieron temblar al mismísimo gres del piso cada vez que se me cayeron al suelo y ni se inmutaron. Otros miembros de la vajilla fueron desfilando por la cocina, cumpliendo con su cometido y muriendo, pero estos vasos, hechos en Italia según aparece tatuado en sus respectivos culos, siempre me dieron la impresión de ser inmortales. Hasta ayer.

A uno de ellos el último calentón del lavavajillas pareció sentarle mal y se rajó. Y a mí entonces, triste como estaba por la inesperada pérdida, me dio por pensar en cosas aún más tristes. Y recordé un artículo en el que Stephen Hawking teorizaba acerca de la muerte de los agujeros negros. En él decía que hasta los tipos más duros del universo terminarán por evaporarse y desaparecer, gota a gota, deshechos por la implacable radiación que hoy lleva su nombre.

Vasos del IKEA, agujeros negros… No es necesario tener el cociente intelectual del amigo Stephen para saber por dónde van los tiros. Hacer lo que hemos venido a hacer antes de que sea demasiado tarde es lo único en nuestra mano. Dicho sea sin ánimo de atosigar a nadie.

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Coca-Cola

Warren Buffett es de largo mi millonario favorito. Sus muchos dólares nunca se le han subido a la cabeza, y eso es algo absolutamente excepcional entre los de su selecto club. No esperéis de él viajes al espacio o mamarrachadas similares, a lo Jeff Bezos, porque Warren es más de cocacolas y vicios corrientes, igual que yo. Quizá por eso el tipo me cae tan bien.

Son las cocacolas y los cafés los que ayudan a este que os escribe cada semana a sobrellevar el día a día. Dos drogas blandas a las que no estoy dispuesto a renunciar ni aunque llegue a la edad del señor Buffett. Y es que ahí lo tenéis, a sus noventa tacos está hecho un chaval, ni el azúcar ni la cafeína, tan demonizadas últimamente, han podido con él.

«Naide puede amasar una fortuna sin hacer harina a los demás» le dijo Manolito a Mafalda. No lo sé, no soy economista, es posible que algo de verdad haya ahí, pero sin más información no me veo capaz de condenar por ello a Amancio Ortega; como tampoco pondría la mano en el fuego por la virtud inquebrantable de un dependiente de Zara. Intento decir que la maldad no es un atributo exclusivo de los ricachones aunque sea esta una idea fácil de vender. Prestando un poco de atención es fácil darse cuenta de que entre nosotros los pobres la gentuza abunda, y probablemente en mucha mayor medida. Por eso, si tuviera que tirar una línea que dividiese al mundo en dos no separaría con ella a los buenos de los malos -en ese terreno los límites son tan imprecisos que no resultaría útil-. Mucho más provechoso sería en cambio dejar a un lado de esa línea, segregados para siempre, a los aburridos que piensan que la vida sana les va a permitir alcanzar la inmortalidad. Al otro lado caerían los bebedores de cocacolas. Ya os he dicho el bando en el que militamos Warren y yo.

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Cadáveres de cemento

El de la foto es un cadáver de cemento, uno de tantos. No está lejos de Valladolid y en este caso concreto tiene forma de centro comercial, aunque en España el repertorio es variadísimo y abarca desde rotondas en medio de la nada hasta aeropuertos fantasma, esos que nunca en su vida llegaron a conocer un avión. Pasen y vean. Si por algo se caracteriza el urbanismo descerebrado es por su capacidad de hormigonar sin criterio, caiga quien caiga. Sacrificar el comercio tradicional o la movilidad urbana sensata son daños colaterales que palidecen ante un buen maletín lleno de billetes de quinientos. El negocio está ahí, en reclasificar y construir, ¿para qué mirar más allá?

En algunas ocasiones la alfombra de hormigón se extendió sobre antiguas tierras de labor y en otras fueron valiosos espacios naturales los que pagaron el pato. Y para más inri los promotores inmobiliarios tuvieron el cuajo de bautizar a sus criaturas como «La Vega» o «Entrepinos», con rótulos bien claritos en las entradas, recordando lo que allí hubo antes de ser arrasado. Ironía fina. Alguno podría pensar que en la era de las criptomonedas hablar de agricultura y biodiversidad resulta anacrónico porque nuestro desarrollo económico y tecnológico puede con todo, pero siento deciros que no, que seguimos siendo de carne y hueso, y por eso mismo el aire envenenado no nos sienta bien.

Es difícil saber cuándo empezamos a perder el sentido común, pero echando la vista atrás resulta obvio que las cosas comenzaron a empeorar muy deprisa a mediados del siglo pasado. Debió de ser por entonces cuando los últimos alquimistas medievales supervivientes, aquellos emperrados en transmutar el plomo en oro desde la noche de los tiempos, tiraron la toalla definitivamente. Se dieron cuenta de que la verdadera alquimia se practicaba en las concejalías de urbanismo.

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Valladolid visto desde Marte

Valladolid visto desde Marte, con su Pisuerga y todo, no es algo a lo que uno espera enfrentarse cuando cruza la puerta de un museo. Y si ese descubrimiento tiene lugar de crío, el halo de misterio que envuelve el encuentro es aún mayor. Ya nunca se olvida.

Repetir un buen viaje siempre es arriesgado porque se corre el riesgo de contaminar buenos recuerdos. Sin embargo yo esta vez no pude resistir la tentación y volví a Madrid para reencontrarme con un cuadro que vi hace mil años. Ahora está en el Reina Sofía, presidiendo su propia sala, es de Ángeles Santos y con Un Mundo lo bautizó.

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Curas de humildad

Si uno se esfuerza puede llegar a encontrarle cosas buenas a lo del correr. Sirve por ejemplo para aprender a sufrir, algo que siempre viene muy bien en este valle de lágrimas donde nos nacieron. Y sirve también para tener muy presente que a todo hay quien gane. Eso último me volvió a quedar claro esta semana sin ir más lejos.

Empecé a escuchar sus pisadas detrás de mí a la altura del jardín botánico de Arroyo de la Encomienda, por el camino que en ese pueblo acompaña al Pisuerga entre chalés y chopos de ribera. El inconfundible sonido de la gravilla bajo pies que corren se oía cada vez más cerca hasta que al final estuvo encima. Y el dueño de esos pies ligeros resultó ser un abuelete como el de la foto, con las mismas hechuras secas y probablemente los mismos años, aunque con una cara mucho más española. Lo supe cuando lo tuve al lado y se giró para saludar. Olé él.

Ni se me pasó por la cabeza intentar seguir su marcha porque hubiera sido inútil además de patético. En estos casos es mejor dejar las cosas estar, y evitar estupideces tales como acelerar o simular un calambre. Así que continué a lo mío, al trote cansino, pero pensando desde entonces que detrás de aquel ritmo infernal quizá se escondiera una sobredosis de Pfizer. ¿Por qué solo se habla de los devastadores efectos secundarios de las vacunas? ¿Quién lo sabe realmente? ¿Y si no fueran tan nocivas como dicen? ¿Y si estuviéramos creando superabuelos? El cuerpo humano aún sigue siendo un misterio en pleno siglo XXI, o esa es la impresión que tengo.

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