Sollipulli

Las placas tectónicas tienden a no estarse quietas y el cinturón de fuego del Pacífico es una buena muestra de ello. Esto hace que en países como Chile haya que andar con tiento a la hora de poner el pie en según que sitios para, por ejemplo, no escaldarse en algún géiser.

La curiosidad ha matado a muchos gatos y a muchos montañeros también, pero cuando uno se mete la pechada de subir hasta la cumbre de un volcán es imposible resistir la tentación de echar un vistazo al interior de su cráter. Y en la Araucanía eso es algo especialmente divertido porque nunca se sabe lo que se va a encontrar: puede ser una bocanada de azufre del Villarrica, uno de los volcanes más activos del continente; o la plácida postal de una laguna azul en el cráter dormido del Batea Mahuida, ya en la frontera con Argentina. Todos tienen su encanto, aunque si me dan a elegir entre ellos yo me quedo con el Sollipulli, por lo que tiene de original albergar un inmenso glaciar donde antes hubo fuego.

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