Los de las pizzas

Creo que no exagero si digo que la mitad de los doce kilos que engordé durante el confinamiento tuvo que ver con ellos. En aquella época de recogimiento casero se estilaba mucho el pantalón de chándal, prenda de cintura flexible, blanda ante el michelín, y para cuando quise darme cuenta de mi emergente barrigón ya era demasiado tarde.

Ayer pasé por Pony Pizza y pude comprobar dos cosas: que sus pizzas siguen estando tan buenas como entonces, sin duda entre las mejores de mi mundo conocido, y que la inflación argentina es de locos. Respecto a lo primero, sirva para reforzar mi criterio que en el tiempo que he estado separado de Pony Pizza tuve oportunidad de visitar Roma y Nápoles, y ni siquiera los italianos pudieron desbancarlos del lugar de honor que ocupan en mi ranking personal. En relación con el segundo asunto, baste decir que las pizzas que en la primera mitad de 2020 costaban cuatrocientos pesos argentinos, ahora, en noviembre de 2022, están sobre los mil cuatrocientos.

Tenía muchas ganas de ponerles cara porque entre ellos y yo siempre había mediado un repartidor de Glovo. Ahora ya sé quiénes son, y sé que hacen su magia en un puestecito de lo más humilde al pie de la estación de ferrocarril de Belgrano.

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