De Valladolid

Las patrias chicas de juventud y las comidas de las madres se valoran una vez perdidas, nunca antes. Esa es nuestra miserable condición. Saber que todos estamos hechos de la misma pasta no me sirve de consuelo.

En un hostal de Hobart, en Tasmania, alguien lo resumió en unas pocas palabras que tomó prestadas de Andy Bernard, y allí las dejó, pintadas con rotulador sobre una viga en el techo de aquel dormitorio. Me dormí pensando en ellas: I wish there was a way to know you’re in the good old days, before you actually left them.

Por razones que nadie comprende nuestras cabezas funcionan así, pasan por alto los buenos tiempos, aquellos por los que mereció la pena nacer, y cuando el útimo de esos gloriosos días ya se ha ido, solo entonces, algo en nuestro interior comienza a acuchillarnos con su recuerdo. Ser consciente de ello no me ha hecho avanzar gran cosa, lucho con todas mis fuerzas contra la refinada crueldad de aquel que nos hizo de esa manera, y aquí sigo, incapaz de librarme de la nostalgia. Sin embargo, en mitad de esta guerra perdida he conseguido apuntarme un par de batallas torciéndole la mano al tiempo: volví a las comidas de mi madre y a los paseos por la ciudad de Delibes, con los ojos bien abiertos esta vez, con ojos de gratitud.

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