Valencia del Cid

El título de esta entrada cumple dos funciones: a los de mi pueblo les permite saber a qué Valencia me refiero sin margen de error, y a mí me sirve para introducir una aventura ciclista que no llegó a buen puerto. Es una aventura antigua, como todas las de pedales, y aunque no recuerdo la fecha sí sé dónde empezó: fue en un pueblo de Burgos que se llama Vivar del Cid. La idea era seguir el camino del destierro de Rodrigo Díaz de Vivar hasta Valencia, o sea, desde donde se cree que pudo haber nacido hasta donde se sabe que murió. Sobre el mapa eso son unos quinientos kilómetros más o menos.

En aquel viaje yo no tuve que luchar ni contra moros ni contra cristianos, pero un mal bache se cruzó en mi destino y tuvo el mismo efecto que un mandoble de los que asestaban los caballeros por aquella época. Lo de después está bastante borroso en mi memoria, y entre el polvo del camino y las vueltas de campana solo me ha quedado el vago recuerdo de verme allí sentado en el suelo, con el lomo dolorido, en medio de un páramo desangelado entre las provincias de Soria y Guadalajara. Fue un talegazo que se ganó por méritos propios un lugar de honor en mi ranking personal de siniestros totales. La bicicleta quedó para el arrastre y yo parecido. Hasta el centro de salud de Atienza llegué como pude y allí me remendaron más o menos, mi pobre Babieca en cambio tuvo que esperar hasta un taller que encontré en Sigüenza pero de nada sirvió, porque ni la montura ni el jinete volvieron a ser ya de provecho y la misión fue abortada. En Medinaceli tiré la toalla y puse rumbo a Zaragoza via Calatayud. Y vuelta a casa.

Muchos años después de aquello he conocido Valencia por fin. Y lo hice calle a calle, como solo es posible conocer una ciudad cuando corres cuarenta y dos kilómetros por ella. Fue una forma extraña de completar ese destierro que nunca llegó al mar.

Allí nos juntamos dieciséis mil en la línea de salida, cada cual con sus razones. Según pude saber algunos empezaron a correr porque sus mujeres les abandonaron por sus mejores amigos, algunas porque sus mejores amigas hicieron lo propio con sus maridos, y gentes había que se alistaron en el ejército de los maratonianos para celebrar la superación de terribles enfermedades. En general, si vais preguntando por ahí todo el mundo tendrá una buena historia que contar. Todos menos yo. El de Valencia ha sido mi octavo maratón y aún sigo sin saber por qué corro. Y lo que es más preocupante: sigo sin saber por qué a estas alturas aún no he dejado de correr.

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