Oráculo de Delfos

Fue un auténtico superventas en la Antigua Grecia. Lógico, ¿quién puede resistirse a conocer lo desconocido? La gente de ayer mataba por saber lo que iba a pasar mañana. Y la gente de hoy también.

Estaba muy claro que sería el primer lugar donde iría al salir de Atenas. Llevaba toda una vida esperando la respuesta a una pregunta que me martillea la cabeza desde que tengo uso de razón. Una pregunta que hace encogerse de hombros a la ciencia, y ante la cual las religiones del siglo XXI o no saben o no contestan.

Solamente quedan en pie seis columnas de lo que fue el templo de Apolo, y su sacerdotisa, aquella que daba los oráculos, se marchó hace ya mucho. Así las cosas no me pareció necesario sacrificar una pobre cabra como mandaba la tradición, y le pregunté al titular del templo lo que le tenía que preguntar a bocajarro, sin más. Es bien sabido que hablar con cualquier dios de tú a tú no es tarea fácil, porque tienden a darte la callada por respuesta, y porque otras veces sueltan frases tan complicadas, tan aparentemente sin sentido, que luego hay que devanarse los sesos para descifrarlas. Pero vaya, que yo no me había metido los tres mil kilómetros que separan Valladolid de Delfos para irme sin intentarlo.

Y eso es todo lo que os puedo contar. Igual que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas, las revelaciones divinas tampoco son para ir publicándolas en Internet.

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