Non voglio più pizza

Si algún día llegaran a desterrarme de España pediría asilo gastronómico en Perú o en Italia. No sé si esto lo había dicho antes pero si no ya lo estoy diciendo ahora. Cualquier español sale de su país con el listón muy alto si de comer como Dios manda hablamos, por eso lo normal es decepcionarse en los restaurantes de la mayor parte de los destinos. No es este el caso de Italia, ni de Nápoles en particular.

Los infiernos varían según las distintas religiones pero, si me preguntáis a mí, os diría que es allí donde nos llevamos todas las cosas que quisimos hacer de vivos y para las que finalmente no encontramos tiempo. Eso es una condena para toda la eternidad, y yo no quería que me pasara eso con Nápoles y Pompeya.

Soy un enamorado de las pizzas, las he comido de todos los colores y en todas las partes del mundo, pero ningunas tan buenas como en Nápoles. Y si los napolitanos las bordan no es por casualidad, es porque las inventaron ellos. Tiene sentido. Probablemente haya engullido más pizza en una semana que una persona normal en un año, pero qué otra cosa podía haber hecho estando allí. Soy débil de estómago, lo reconozco, nunca sé decir que no, y ahora de vuelta a casa necesito un descanso para purgar los excesos. Non voglio più pizza.

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