Alitalia

A nadie le gusta volar. Al menos a nadie que yo conozca. Y esa fobia innata a las alturas que compartimos los de nuestra especie tiene todo el sentido del mundo, porque despegar los pies del suelo es algo antinatural, completamente ajeno a nuestra condición de homínidos descendidos de los árboles mucho tiempo atrás.

Bueno, pues la cosa se pone aún más fea si uno se echa en brazos de una aerolínea en quiebra -mi historia con Alitalia es complicada y viene de lejos, pero os la resumo diciendo que, pandemia mediante, lo que debió ser un vuelo a Buenos Aires se ha quedado en un premio de consolación en forma de viaje a Roma-. Y digo que lo de volar así es especialmente desasosegante porque en tales circunstancias es inevitable pensar que el piloto pudiera estar deprimido, o que los mecánicos dejaron de revisar tuercas y remaches desde el mismo momento en que les llegó la carta de despido. Por suerte no hubo ninguna desgracia que lamentar, y desde aquí quería darle las gracias a la monja vaticana que tuve sentada a mi lado rezando el rosario hasta el aterrizaje. Toda ayuda es poca en estos casos.

A Faemino y Cansado siempre les fascinó lo listos que fueron los romanos, unos tipos capaces de diseñar acueductos que, además de llevar el agua de un lugar a otro, en el futuro dejarían pasar los coches por debajo. Eso sí que es vista. Yo pienso exactamente lo mismo, y ningún lugar en el mundo mejor que Roma para comprobarlo.

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