Ciruelas

Claudias y de mi pueblo, para mayor información. Alguno pensará que no son especialmente bonitas. ¿Y qué? Ellas no vinieron a este mundo para ganar ningún concurso de belleza. A diferencia de las variedades exóticas, cuyo hábitat natural son las cajas de las estanterías de los supermecados, mis ciruelas favoritas cuelgan de las ramas de ciruelos terracampinos, ese es su humilde hogar.

Pequeñas y feas, de acuerdo, pero buenísimas y mano de santo para agilizar el tránsito intestinal. Dos por uno. Y de efectos inmediatos, por cierto. Tan inmediatos que yo no le recomendaría a nadie salir alegremente de casa después de haberse comido unas cuantas.

Las ciruelas de mi pueblo dan mil vueltas a las del Carrefour, y además ganan por goleada a todo el arsenal de laxantes de las farmaceúticas. Unas campeonas, y ni siquiera se dan importancia.

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