Kafka en mi barrio

Así, de memoria, os podría dar tres lugares apropiados para lecturas profundas, de esas que elevan el espíritu: el barrio Lastarria en Santiago, los atrases de San Telmo en Buenos Aires y una plazuela de Porto cuyo nombre he olvidado pero que sería capaz de encontrar si algún día volviese por allí.

Todos esos rincones urbanos están poblados de cafés que los culturetas adoran. Es una clientela joven y a la moda, de caras siempre enmarcadas en gafas de pasta, acodada en las mesas y entregada a sus filosóficas lecturas. No es que tenga yo mucho que ver con ellos -ni soy joven ni mucho menos moderno-, pero siempre me han caído bien porque hablan bajito entre ellos, o ni siquiera hablan. Me gustaba su compañía.

En mi barrio en cambio no hay de eso. Jóvenes sí tenemos, pero ni son modernos ni saben lo que es un libro. Aquí lo que se estila es hablar a gritos aunque tu interlocutor esté al lado. ¿Y a quién no le desconcentra eso? A mí sí, me obligan a empezar una y otra vez el mismo párrafo y así es imposible avanzar. Nada más kafkiano que intentar leer a Kafka en mi barrio.

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