El Pisuerga en abril

Cuentan los piragüistas veteranos que el Pisuerga de antaño hacía las veces de colector de aguas residuales. Entonces el principal riesgo al caer no era ahogarse, sino morir disuelto en el turbio líquido que se arrastraba por su cauce. Afortunadamente las cosas han cambiado mucho y para mejor, y prueba de ello es que de vez en cuando alguna nutria despistada se pasa por aquí, de visita. Y todo el mundo sabe que las nutrias son de morro fino a la hora de elegir donde se zambullen.

Lo que no ha variado ni un ápice es la temperatura de sus aguas. Así se caliente el planeta hasta la temperatura de Venus el Pisuerga seguirá congelando la sangre de los que se atrevan con él. Y hablo con conocimiento de causa porque he tenido ocasión de bañarme en él todos los meses del año. No voluntariamente, tan loco no estoy, pero digamos que la práctica del piragüismo entraña ciertos riesgos. Aquellos chapuzones tuvieron lugar hace ya mucho, cuando este que os escribe era aún moderadamente joven. Y de todos ellos me acordé la semana pasada, cuando después de un paréntesis de nueve años rescaté mi polvorienta piragua y volví a dar rienda suelta al marinero de agua dulce que llevo dentro. Y naufragué. Por supuesto.

Chapoteando en el medio del río le eché la culpa a la edad, a la falta de práctica y a la luna creciente pero de nada me sirvió. En circunstancias tales lo que procede es poner en marcha el protocolo de emergencia, es decir, reagrupar los restos del naufragio, ordenar al cerebro que envíe la sangre desde las extremidades a los órganos vitales -para no palmar de hipotermia- y nadar hasta la orilla más cercana luchando contra la corriente. Y eso hice.

Y eso hice ante la atenta mirada de docenas de mirones que siempre aparecen en estos casos sobre el puente más cercano. Mientras tú te debates entre la vida y la muerte ellos se entretienen y graban vídeos con sus móviles con la esperanza de poder enviar a El Norte de Castilla algún suceso macabro. Sin embargo esta vez no hubo cadáver y les tocó joderse. Se siente.

El Pisuerga es como un padre severo: castiga todas las imprudencias. Y así ha de ser. Si esta vez me regaló un espino en flor fue porque, al verme salir chorreando, sintió lástima por mí. Bonito gesto. Debéis saber que el río de Valladolid en abril blandea un punto.

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