Hacerse viejo

De todas las leyes universales, la relativa a la obligatoriedad de envejecer es la que peor llevo. Con diferencia. Me envenena no saber por qué hemos llegado a este mundo y por qué nos tenemos que ir, pero es el modo tan triste en que somos conducidos a la puerta de salida lo que verdaderamente me saca de quicio. Esa guinda del absurdo pastel debe ser obra de un sádico.

El espejo del baño todas las mañanas y algunas veces la pantalla del móvil, cuando de repente se queda en negro y refleja a traición mi careto, se encargan de recordarme machaconamente que esa puerta de salida se va acercando. Las patas de gallo cada vez más marcadas o ese pelo que se queda entre los dedos al pasar la mano por la cabeza apuntan en esa funesta dirección. Con el pelazo que yo tenía… En fin, sé que perderé la batalla igual que la perdieron todos los pelones que en el mundo fueron antes que yo, y sé también que los calvos con melena están feos y dan pena, pero no estoy dispuesto a irme sin luchar.

Está decidido, me dejaré crecer las greñas una última vez, en señal de protesta, hasta que alguien me explique por qué es obligatorio hacerse viejo. Y además, lo reconozco: siempre quise formar parte de ese colectivo entrañable de hevyatas veteranos.

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