Sol poniente

No era mi primera opción. De hecho era la última, pero en la época en la que me compré el piso los agentes del mercado inmobiliario no daban ni un respiro, y para los que andábamos justos de dinero se trataba de elegir entre lo malo y lo peor. La ley de la oferta y la demanda del sistema capitalista podrá ser despiadada, sin embargo nadie negará que funciona con la precisión de un reloj suizo: coloca a cada uno exactamente en su lugar, con frialdad, sin concesiones a lo sentimental. Y a mí me colocó en un barrio del borde de la ciudad, en un piso de setenta metros cuadrados  y mirando al oeste. Otro día, si queréis, podemos meternos con las periferias y las casas jaula, pero hoy me apetece escribir sobre puntos cardinales.

En estas latitudes ibéricas nuestras tener todas las ventanas orientadas hacia el sol poniente presenta serios inconvenientes que os puedo resumir en dos: durante el invierno el sol se levanta tan poco sobre el horizonte que es incapaz de superar la línea de áticos de los bloques de enfrente, al otro lado de la calle, condenando a los de la acera contraria a una umbría perpetua; en verano en cambio sucede lo contrario, y el sol altanero achicharra todo lo que mira a partir del mediodía, toldos incluidos. Resumiendo un poco más: las incomodidades de las orientaciones norte y sur se dan la mano al oeste.

Puede que simplemente sea porque con el tiempo se aprende a querer a las personas y a las cosas –el que no se consuela es porque no quiere sería otra forma de decirlo-, pero lo cierto es que, a pesar de todo lo escrito, los años me han enseñando a verle el lado bueno al sol poniente. Porque debéis saber que hay un par de meses al año, coincidiendo con el paso de los equinoccios de primavera y otoño, en los que el sol es generoso con nosotros, los adoradores de su ocaso. Imagino que para compensarnos por los sinsabores del resto del año, en esa breve tregua Lorenzo ni nos niega su luz ni nos abrasa, sino que se desliza mansamente entre las cortinas en las primeras horas de la tarde caldeando las casas de sus incondicionales con su aliento de color naranja.

Ni en abril ni en octubre cambiaría mi salón por ningún otro del mundo. En esas fechas incluso a mí, que soy un malísimo lector, me apetece tumbarme con un libro en el sofá, justo después de comer, al solecillo.

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