Los de La Raya

La época de urbanista dio mucho de sí, aunque pocas veces para bien. Lo digo porque la mayoría de las tensiones ladrilleras en los ayuntamientos de turno se saldaban con un juramento de odio eterno entre ambas partes, y con mi firme compromiso de no regresar jamás a ninguno de esos pueblos: los iba tachando con rotulador rojo en el mapa de Castilla y León que tenía en la oficina, en la pared de detrás de mi mesa. Los «quítame de aquí este suelo rústico» y «ponme allá ese sector urbanizable», o los «recalifícame ese espacio libre público para meter unos adosados que total nadie se va a enterar» raramente se resolvían con sensatez. Que el urbanismo ha sido el escenario principal de las miserias políticas de este país es conocido por todos; pues bien, tener un asiento de primera fila en ese espectáculo no resulta edificante precisamente. De ahí mis ganas de no mirar atrás.

Sin embargo, últimamente recuerdo aquello y siento que los años además de avejentar ablandan, y me ha dado por pensar ahora que no quisiera ir al otro barrio con esos portazos en la conciencia. Imposible saldar todas las cuentas pendientes, son tantas que necesitaría otra vida pero, ¿por qué no escoger un destino simbólico desde el que hacer las paces con todos? Tenía claro que ese lugar debía estar en La Raya, un territorio fronterizo entre España y Portugal de límites imprecisos y poblado por gente dura y seca como las piedras. Y allí fui.

Téngase en cuenta que cuando alguien de Valladolid, como yo, define como secos a los paisanos de tal o cual comarca, el asunto es serio. Lo digo porque nosotros, los vallisoletanos, no somos precisamente la alegría de la huerta. Los rayanos son ásperos de verdad, con todas las letras, y fue en uno de aquellos pueblos -nunca lo olvidaré- donde prometieron quemarnos el coche si se nos ocurría volver con nuestros planos y nuestras normativas urbanísticas. Nunca se llegó a aclarar si con nosotros dentro o con nosotros fuera, pero tampoco quedaron ganas de preguntarlo. Y jamás volví. Hasta ayer.

¿Qué mejor para reconciliarme con mi turbulento pasado urbanístico que regresar al lugar donde me quisieron achicharrar? «Las arrugas y las canas que los años nos han echado encima nos harán ver las cosas de otra manera, con más calma», iba pensando para tranquilizarme mientras cruzaba el precioso puente de hierro que lleva al pueblecito sayagués, justamente a ese al que iba a fumar la pipa de la paz.

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