La factura

La he tenido que mirar dos veces porque no me lo creía. Sin embargo, leída la letra grande de la factura y también la pequeña, revisado el contador de la calefacción y preguntado a mi vecino del quinto, no me ha quedado más remedio que admitir que todo estaba en orden. Resumiendo: sesenta y cinco eurazos de gas natural he quemado para calentar la casa; bien clarito lo pone en la esquina de abajo a la derecha del papelucho.

Lo de diciembre fue el primer aviso y lo de este mes pasado ha sido la confirmación. Si no terminaba de creérmelo era porque esos facturones me parecían más propios de las mansiones de los cracks del poker. Quería pensar que a los malvivientes en pisos protegidos de setenta metros cuadrados no podían apretarnos de esa manera. Claramente estaba equivocado, hacía tanto tiempo que no pasaba un enero por aquí que no recordaba cómo se combatían los inviernos de Castilla.

Es bonito llegar con las golondrinas a Inglaterra en primavera y darse la vuelta con ellas después del verano, hacia el sur, y no parar de volar hasta llegar a Chile en octubre, que es cuando empieza la estación en la que los colibríes más contentos están. Siempre que me han preguntado qué se saca de andar cambiando tanto de hemisferio he respondido eso mismo. Ahora además podría añadir que nomadear como los pajaricos le permite a uno ahorrarse una pasta gansa en calefacción.

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