Ciencia infusa

Tuve el mejor profesor de guitarra que se puede tener, un auténtico virtuoso, y sin embargo no conseguí avanzar ni un milímetro en alguna dirección que no fuera la de torturar a mis semejantes con insufribles retahílas pentatónicas. Así de malo era yo. El talento y la más absoluta carencia de él estuvieron frente a frente en aquella aula de música. Y saqué mis conclusiones.

En realidad nadie sabe exactamente qué es el talento. Yo tampoco, pero desde entonces, desde que siendo un chaval empecé a tocar la guitarra, lo imagino como un viento mágico, invisible, que baja del cielo o sube del infierno -su procedencia es otro misterio-, tocando a unos sí y a otros no de manera completamente aleatoria. Y eso era algo, enseguida lo comprendí, que enfurecía a muchos de los no agraciados: intentaban robarlo pero no podían; intentaban comprarlo pero les resultaba imposible. Es así como músicos, cineastas o escritores frustrados, comidos por la envidia, acaban zancadilleando a jóvenes artistas cuyo talento, ese que ellos nunca tendrán, tan irritante les resulta. Críticos musicales, de cine o literarios a menudo responden a ese perfil. No se me ocurre una forma peor de tirar la vida a la basura, pero ahí siguen, ladrando su rencor por las esquinas.

Por otro lado están los del querer es poder, que es tanto como negar la mayor y considerar directamente el talento como una invención. Según ellos todos podemos llegar adonde nos propongamos. O sea, que si tus novelas son intragables y tus canciones levantan dolor de cabeza no te preocupes, simplemente sigue intentándolo. Socorro.

No estoy defendiendo que el trabajo sea innecesario -los tachones de Miguel Delibes en el manuscrito de Los Santos Inocentes son la prueba del esfuerzo y sufrimiento que cualquier acto creativo acarrea-, lo que pretendo decir es que el trabajo sin talento sirve de muy poco cuando de crear se trata.

Envidiar a los talentosos es autodestructivo, además de mezquino, y negar la existencia del talento es una necedad. Ese sería un buen resumen para este amago de ensayo. ¿Qué podemos hacer entonces nosotros, los privados de esos dones maravillosos? Bueno, en realidad todos tenemos algún talentillo, es cuestión de saber buscarlo. Yo, por ejemplo, aunque no nací para ser Steve Vai no soy de los malos jugando a las cartas. Y eso hago.

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