Dónde se ha visto comer sin pan y vino

La frase que da título a esta entrada no es mía pero la suscribo al cien por cien. Seguro que a alguno le ha resultado familiar, y eso es porque pertenece a la legendaria escena de la tortilla rusa de Airbag, un peliculón. Fue el cachondo de Arguiñano el que la hizo suya para siempre, una llamada de atención que, firmada por un cocinero, tiene mucho más valor. Años más tarde, Torrente, expolicía fascista y casposo pero de indiscutible buen comer, se las tuvo tiesas con la camarera chinita del chino restaurante, y por la misma razón: la falta de pan. Hasta aquí las referencias cinematográficas.

A mí me gusta el pan mucho más que a Arguiñano y a Torrente juntos, en realidad mucho más que a cualquier otra persona que haya conocido nunca. Lo devoro, una barra de pan candeal como la de la foto me dura un asalto. El problema -siempre hay un problema- es que todo lo bueno en la vida es pecado, engorda o directamente mata, y el pan desgraciadamente se encuentra en la segunda categoría. De Argentina me traje mucho leído de Borges y Cortázar, y también doce kilos de tocino en los lomos que dan prueba de ello; prueban que el pan no es precisamente aire quiero decir. En Buenos Aires se encuentra muy rico, por cierto, y eso hizo más llevadero el confinamiento, aunque la factura llegara después en forma de michelines. Esto ya os lo había confesado.

Correr es una tortura, no creo que ningún corredor se atreva a rebatirlo, pero es que correr con sobrepeso es una tortura elevada al cuadrado. Por eso llevo tiempo intentando poner las cosas en su sitio, por eso y por no tener que comprarme vaqueros dos tallas más grandes. Con todo el dolor de mi corazón me he visto obligado a estirar el pan para que me dure dos días en vez de uno. Sí, ya sé que para cualquier persona normal es mucho más que suficiente pero para mí es un suplicio. Y además me administro fatal, y habitualmente engullo tres cuartos o cuatro quintos de barra el primer día y para el segundo me dejo una miseria, lo que viene siendo un corrusco. De ahí mis cambios de humor entre los días pares e impares. Lo advierto por si me cruzo con algún conocido en la calle, para que sepa perdonarme.

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