Veinte vueltas al campo

Darle veinte vueltas al campo era un castigo habitual. Os hablo de cuando jugaba al fútbol siendo un chaval. Las meteduras de pata se pagaban de esa manera, corriendo kilómetros extra. En realidad no entrenábamos en un campo de fútbol propiamente dicho aunque lo llamáramos así, eran las eras del pueblo las que cumplían esa función muy dignamente. Pensad en ellas como en las canchas rurales de la época, donde los límites solían marcarlos las propias lindes y las porterías se improvisaban con las chaquetas de los chándales. Y no necesitábamos más. Los de pueblo ya me entendéis, y los de ciudad vais a tener que perdonarme porque si me pusiera a contar lo que fueron las eras de entonces debería entrar después en los pormenores de la trilla del cereal y de otro sinfín de faenas agrícolas. En definitiva tendría que deshacerme en explicaciones sobre la Castilla profunda y la agricultura del siglo pasado y me da mucha pereza. Lo importante es que cada mañana siga llegando el pan al supermercado. Quedaos con eso.

Ahora que soy mayorcito salgo a darle veinte vueltas a un campo de fútbol de verdad, ese de la foto, el José Zorrilla, más conocido como estadio de la pulmonía. El apelativo se lo tiene ganado a pulso y es todo un aviso a forasteros que van de chulitos; unos cuantos partidos se han ganado aquí por congelación del equipo rival. Ya os he dicho en alguna ocasión que en esta ciudad somos recios, hechos al clima mesetario. No es broma.

Nadie me manda esta vez, no hay castigos futboleros que cumplir, y bien podría cambiar las carreras en el crudo invierno pucelano por el sofá del salón. ¿Por qué lo hago? Pues lo cierto es que no tengo una respuesta buena para esa pregunta, sin embargo sí os puedo contar por qué elegí esta zona y no otra para sudar la camiseta. Resulta que el Real Valladolid y yo somos vecinos, menos de quince minutos separan mi casa del estadio. Pero es que además entre nosotros existe una conexión profunda, que va más allá de la simple vecindad. El club de fútbol de mi ciudad es un club de sufridores, y sus jugadores pelean cada año por no descender de categoría, incluso en las peores épocas las nóminas no siempre llegaron y ahí siguieron los tíos. Ellos malviven del fútbol y yo malvivo del poker. Tiene sentido que entrenemos juntos. Las almas de todos los que caminan por el alambre son hermanas.

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