Otoño por aquí

Ya es otoño por aquí. Lo saben las hojas de los arces y las chimeneas de las casas de Albarracín. Sin meter ruido, los árboles de las riberas y los paisanos de las sierras venían preparándose en las últimas semanas. Es algo que hacen siempre porque los siglos les han enseñado que el frío no perdona cuando llegan estas fechas. A mí en cambio me ha pillado desprevenido, en mangas de camisa, igual que a un vulgar turista madrileño. Como buen pueblerino que soy esto nunca me debería haber sucedido, y me niego a admitir la pérdida de mis instintos terracampinos, por ahí no estoy dispuesto a pasar. Por eso le voy a echar la culpa a la latitud norte, al hecho de ser este el primer otoño en muchos años que me sorprende arriba del ecuador. La fuerza de la costumbre me ha llevado a asociar octubre con la primavera, y claro, las cosas no funcionan así en España. Qué os voy a contar que no sepáis.

Sin embargo, si me he sentado a escribir esta entrada no ha sido para hablar del tiempo sino del turismo mal entendido, una plaga que se extiende por las cuatro estaciones y por ambos hemisferios. Ser natural de Venecia, por poner un ejemplo, o vecino de alguno de los pueblecitos españoles de postal, por poner dos ejemplos, tiene que ser insufrible. Yo al menos no lo soportaría. Imagino que a estas alturas de la invasión los locales no sabrán ya si viven en su pueblo o ciudad o en un parque temático. Cualquier guapo famoso que leyera esto nos confirmaría en primera persona lo horrible de sentirse agobiado por todo el mundo día tras día. Pues algo muy parecido les debe de pasar a los lugares con encanto puestos en la diana por las guías turísticas: sufren en silencio el acoso de rebaños humanos y ellos ni siquiera pueden levantar la voz para quejarse o echar a correr por más que lo estén deseando.

El mérito de la foto de la derecha, si alguno tiene, es que la podáis ver limpia de aventureros urbanos, porque os puedo asegurar que no es nada fácil conseguir eso un fin de semana en Albarracín. No hay Photoshop, solamente la inestimable ayuda del virus que todos conocéis. Un virus que ha trocado las hordas turistas invasoras en viajeros caídos con cuentagotas y que, por eso mismo, pueden ser bien recibidos. Como os decía la semana pasada no todo es malo en estos tiempos raros que corren.

Esta entrada fue publicada en Imserso, Matt "El viajero" y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

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