Muniellos

El libro ya tiene unos años. Ni siquiera lo pagué en euros, con eso os digo todo; cinco mil cuatrocientas noventa y una pesetas me costó. Y si lo sé no es porque tenga yo una memoria de elefante precisamente, sino porque de puro milagro la etiqueta del precio resistió en la contraportada todo este tiempo de manoseo. Los bosques ibéricos: una interpretación geobotánica, así es como se titula.

Siempre lo consideré una herramienta de trabajo y nunca una guía de viajes. Algo bastante lógico, pienso yo, teniendo en cuenta que el libro perteneció durante casi dos décadas a un geógrafo que ejercía como tal, y no a un trilero ambulante. Sin embargo las circunstancias eran otras cuando, después de muchísimo tiempo, nos volvimos a ver las caras. Eso sucedió hace unas semanas. Él estaba en su estantería de siempre, criando polvo, y yo pasaba por allí en uno de mis paseos rutinarios de gato enjaulado en su jaula vallisoletana. A pesar de vivir los dos en un piso de tan solo setenta metros cuadrados no había reparado en su silenciosa existencia hasta aquel instante. Después de soplarlo un par de veces lo abrí y pude comprobar que el marcapáginas seguía donde yo lo había dejado: en la número 126.

No tengo ninguna buena razón para explicar por qué, de las casi seiscientas que tiene el geobotánico manual, yo me fui a encaprichar con esa página en particular. Pero así fue, y lo fue desde la primera lectura, una especie de flechazo. En ella se aloja un recuadro, dedicado al bosque de Muniellos, que se prolonga hasta la mitad de la página siguiente contando las maravillas de ese lugar dentro del capítulo consagrado a los robledales y bosques mixtos de frondosas.

Me pareció de justicia que un exgeógrafo y su exmanual pudieran viajar juntos a ese mágico rincón asturiano para despedirse definitivamente con un buen recuerdo. Un recuerdo lo más alejado posible de análisis de biotopos, coeficientes de biodiversidad, suelos rústicos protegidos y similares rollos teóricos que poblaron una vida laboral envuelta en papeles y carente de aire libre. Sentarse juntos a la vera del haya más escondida en lo más oscuro del bosque y esperar sin hacer ruido a trasgos y cuélebres. De eso se trataba.

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