El del quinto ce

Así es como me conocen por aquí.

En los últimos años locos mi vallisoletana casa ha funcionado como una habitación de hotel. Solamente he pasado por ella en días sueltos, y las fugaces visitas al buzón de la planta baja han sido para vaciarlo de publicidad y no para reflexionar sobre la conveniencia de demostrar propiedad ante los demás. Carezco, no obstante, de argumentos que justifiquen la inacción durante mi primera etapa como propietario. Aquello fue pura desidia. En 2007 este era un bloque de viviendas nuevecito, a estrenar, recién entregado por la inmobiliaria. En la primavera de aquel año los vecinos fueron -fuimos- llegando con llaves relucientes y toda la ilusión del mundo para tomar posesión. Y qué mejor forma de decir al vecindario «este piso es mío» que sustituir los papeluchos de serie de los buzones por unas bandas plastificadas como Dios manda, con nombres y apellidos. Todos los nuevos y felices hipotecados lo hicieron. Todos menos yo. Ahí quedó el anónimo 5°C rodeado por los cuatros costados de los señores de Sánchez, de Martínez, de López y similiares; porque en Castilla somos muy de ez cuando nos ponemos en plan patronímico. Mi buzón es la resistencia. Y su dueño un desidioso.

Con un buzón sin nombre y una puerta sin felpudo se diría que estoy pidiendo a gritos que me okupen la casa. De hecho ya hubo un conato de usurpación hace unos años del que os hablé en Si será jeta la tía; jeta y muy probablemente vecina según pude averiguar después. En aquella oportunidad la okupa en cuestión se lanzó a por mi plaza de garaje pero finalmente acabó reculando. Ese intento frustrado nunca llegó a esclarecerse, aunque, puestos a especular, pudo tratarse de una maniobra para ponerme a prueba, para ver si blandeaba. Quién sabe, quizá la fulana aún espera agazapada la ocasión de pasar a mayores. Imaginaos el susto si cualquier día al llegar a casa por la noche me la encuentro en la cama. Cosas más raras se han visto.

A todo eso le doy vueltas mientras miro la etiqueta en la que acabo de escribir mi nombre y apellidos. «Ya va siendo hora de que marques tu territorio, de que reafirmes tu propiedad», me digo a mí mismo. Pero, ¿y ese quién es? La última década viajera al tiempo que me alejó de mi casa cambió tantas cosas en mi cabeza que ahora el tipo del DNI me parece un extraño. Vuelvo entonces la vista hacia la otra etiqueta que he preparado, la que dice Gobo Rock. No, tampoco, eso serían ganas de complicarle aún más la vida al pobre cartero.

Definitivamente el buzón se queda así como está, llamando a voces a todos los okupas del barrio. Si alguno de vosotros se anima a venir de visita tendrá que ir preguntando por el del 5°C. Se siente. Yo por mi parte aprenderé a vivir con el miedo a encontrarme a la vecina en mi cama el día menos pensado.

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