Gatorade de mandarina y otras fobias

Amaneció nublado el día en que corrí el maratón de Río de Janeiro. Es verdad que el sol brasileño es matador, pero mejor nos hubiera ido a todos con un cielo limpio de nubes porque el bochorno era insoportable antes incluso de que empezase a clarear: en el kilómetro cero, a las siete de la mañana, ya estaba sudando todo quisqui. Viendo la que se avecinaba, y para evitar que muriera más gente de la estrictamente imprescindible, los organizadores decidieron doblar los puntos de hidratación -imagino que por cortesía de Gatorade, uno de los patrocinadores de la carrera-. Aquel día tuvimos barra libre de electrolitos con sabor a mandarina, tantos que nos acabaron saliendo por las orejas.

Dos años después me he vuelto a topar con el mismo brebaje, esta vez en la estantería de un supermercado de Buenos Aires. Y reculé al verlo instintivamente. No me malentendáis, está bastante bueno en realidad, pero después de tantos litros seguidos en aquel maratón asfixiante le juré odio eterno al Gatorade de mandarina.

En el apartado de otras fobias me podría explayar una eternidad porque soy un tipo con bastantes manías, pero como ya sabéis que no me gusta haceros perder más de tres minutos por entrada solamente os voy a hablar del Licor 43. A mis lectores americanos -dudo mucho que el Licor 43 se conozca fuera de España- les diré que es una bebida alcohólica dulzona y extremadamente cabezona. Y a todos, americanos y españoles, os diré que fue la protagonista de una borrachera descomunal que me agarré allá por el Jurásico. Fijaos cómo sería que después de una eternidad no lo he vuelto a probar y no tengo ninguna intención de hacerlo en el futuro.

No sé cómo funcionarán las cabezas de los demás, pero ya veis que en mi caso cada fobia tiene su origen en una sobredosis. Repasando mentalmente mi listado de aversiones siempre encuentro ese denominador común, con una única excepción, que quizá sea la que confirma la regla: estoy a punto de llegar a la friolera de diez millones de manos jugadas desde que empecé con el poker y sin embargo no consigo terminar de odiarlo.

Esta entrada fue publicada en Algo de poker, Pienso, luego.... Guarda el enlace permanente.

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