El chino del Crown

Aquí en Santiago tengo un perrete por vecino que es un amor. Todas las mañanas cuando me ve cruzar la calle se acerca hasta mí moviendo el muñón que gasta por rabo para darme los buenos días. No le haría daño ni a una mosca, es un trozo de pan, un rottweiler grandote y bonachón capaz de hacer olvidar la mala fama de los de su raza a cualquiera que lo conozca. Siempre me recuerda al chino del Crown, pero solamente por asociación de ideas, porque en realidad el chino que conocí en el casino de Melbourne sí que tenía careto de rottweiler chungo, de esos entrenados para matar.

Hace algún tiempo os conté que en Australia tenía por costumbre salir del Crown a tomar el aire y de paso unas cervezas para descansar de tanto poker. En una de aquellas escapadas por los bares de la otra orilla del río fue cuando descubrí al desde entonces imprescindible Nick Cave. Sin embargo no siempre era así, a veces, para no perder más tiempo del estrictamente necesario, me quedaba en uno de los mil restaurantes que el gigantesco casino amparaba bajo sus alas. Eso solía pasar especialmente después de sesiones de números rojos, de esas que hasta le quitan a uno las ganas de alternar. Y recuerdo que fue especialmente malo el día en que allí conocí al chino del Crown, aquel viernes había perdido mucha pasta y encima el personal me había vacilado. Ya son ganas de hacer leña del árbol caído, qué mala peña por Dios. Así de gentuza somos los jugadores de poker. Lo peor.

Tendría mi estatura más o menos pero hubieran cabido dos como yo dentro de su americana; si dijera que era anchísimo de espaldas me estaría quedando corto. Vestía impecable de traje a medida -imposible encontrar su talla en Zara, sus proporciones y el prêt-à-porter resultaban definitivamente incompatibles-. Por encima del cuello almidonado de su camisa relucientemente blanca ascendía un pescuezo contundente, como de toro, e igual de grueso que la cabeza cúbica y rapada al cero que remataba el conjunto. En realidad era imposible determinar dónde acababa el cuello y dónde empezaba la cabezota. Hechuras de rottweiler.

Vi llegar una fuente de filetes de pechuga de pollo a la plancha hasta su mesa. Con aquella montaña de carne habríamos cenado todos los de mi peña, y creedme si os digo que no somos de poco comer. Pensé que esperaría invitados, pero no. Tan pronto como se fue la camarera el chino se colocó la servilleta de babero, se desentendió de cuchillo y tenedor y agarró la cuchara con su mano derecha. ¿? Desde ese instante yo ya solo tuve ojos para él.

A golpe de cucharón sopero el tipo iba partiendo los filetes en dos o tres trozos, se los llevaba a la boca y los engullía igual que un pavo. A esas alturas mis macarrones se habían quedado fríos. ¿Y qué? El espectáculo que estaba protagonizando aquel portento de la naturaleza merecía toda mi atención, me sentía un privilegiado por tenerlo delante, ya comería otro día. Estaba como hipnotizado, sobrepasé con creces los límites de la mala educación mirándolo fijamente, le di sobrados motivos para levantarse y partirme la cara, pero asumí todos los riesgos conscientemente. Nunca más en mi vida volvería a ver semejante ingesta calórica. Y más seguro estaba aún de que jamás podría volver a disfrutar de ese manejo de cuchara.

Instantes después de hacer desaparecer el último pedazo de pollo en sus fauces, el chino del Crown se llevó la mano al pinganillo que tenía en la oreja y se levantó como un rayo. Imaginé que algún millonario amo requería sus servicios de matón dentro del casino, quizá un incauto dealer había repartido malas cartas a su dueño y estaba a punto de pagar con la vida tamaña imprudencia. Lo seguí con una mirada de indisimulada admiración mientras se alejaba. «Si algún día me hago rico me compraré un rottweiler como ese, y a ver quién es entonces el guapo que me vacila» fue lo que pensé.

Muchas veces me preguntan qué es lo más impresionante que he visto en mis viajes, que si los moáis de Isla de Pascua, que si las cataratas de Iguazú, que si los leopardos de la sabana africana, que si las tierras rojas del outback australiano… Y yo a todos les contesto lo mismo: el chino del Crown.

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