La sed

Yo soy siempre el que se mete en líos, el que cree conocer algún atajo o el que dice aquello de «ya encontraremos agua más adelante». Pensad en mí como en un cartucho de dinamita con patas. Estar a mi lado en cualquier expedición demanda nervios templados, de desactivador de bombas. Durante mis años de bici montañera ese papel de artificiero lo jugó mi amigo José Luis, una especie de MacGyver de Torozos capaz de hacer arreglos de urgencia con el cordón de una bota y, aún más importante, de inyectar sentido común en las situaciones complicadas. Trances delicados que, cuando se está por ahí a la buena de Dios, se dan más veces de lo que uno podría esperar.

A lo largo de las interminables horas caminadas sobre la reseca escoria volcánica con la boca como un estropajo tuve ocasión de acordarme muchas veces de mi viejo socio, de mi viejo y sensato socio. Nunca antes había echado tanto de menos ese contrapunto de sensatez como en el pasado viaje por la Araucanía. El «ya encontraremos agua más adelante» casi me cuesta el pellejo hace un par de semanas.

Quizá por las películas que todos hemos visto, uno siempre alberga la ilusión de descubrir al fotogénico y salvador oasis oculto entre la arena del desierto. Sin embargo, rodeado como estaba de abrasada tierra volcánica por los cuatro puntos cardinales, ni siquiera esa esperanza tenía; me parecía absolutamente imposible dar con agua en medio de aquel sustrato negro y áspero que todo lo absorbía. Las pocas araucarias que todavía quedaban a esa altitud se miraban unas a otras sin comprender lo que me pasaba, pero cómo explicarles que yo no tenía sus kilométricas raíces para poder alcanzar la vida que yacía en el subsuelo.

Antes de realizar una última apuesta eché mano de mis polvorientos conocimientos geográficos, tan polvorientos como mi nariz y mi garganta estaban ya a esas alturas. Norte, sur, este, oeste, arriba o abajo. Después de unos minutos evaluando la delicadísima situación mis botas decidieron dirigirse hacia lo que parecía un barranco en la distancia. Hasta él llegué cuando al día no le quedaban muchas horas de luz y a mi botella, desde hacía mucho ya, no le quedaba nada de agua. Al alcanzar su cabecera desde uno de los flancos vi a la calcinada lava brillar por la humedad y, aunque desde donde yo estaba ni una sola gota se atisbaba, sí pude escuchar su característico repiqueteo. Esas fueron las buenas nuevas. Sin embargo el agua prometida era completamente inaccesible desde lo alto de la garganta. Muy malas noticias para alguien con el depósito en la reserva.

Fue necesario desandar kilómetros hasta encontrar un paso razonable hacia el interior de aquel encajadísimo tajo. Y por fin el agua. Gota a gota mi botella se fue llenando mientras yo tosía polvo.

Sin lugar a dudas los tragos más ricos de toda mi vida. A vuestra salud.

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