Sarna con gusto

Creo recordar que era yo el que más rabioso ladraba los lunes por la mañana en la oficina. Si me preguntáis ahora no sabría cómo traducir exactamente mis ladridos de entonces, pero tenían mucho que ver con la idea resumida en la frase que algunos años después leería en algún lugar de Stamford: «Instead of wondering when your next vacation is, maybe you should set up a life you don’t need to escape from».

Hoy soy yo el que decide cuándo es lunes y cuándo no, así que supongo que no tengo derecho a quejarme. Y sin embargo estas tres semanas han sido intensas, demasiado intensas -os puedo asegurar que no hay forma de jugar cien mil manos en veintiún días si no es con intensidad-. La gente sensata con la que hablo de vez en cuando distribuye esa carga de trabajo en el doble de tiempo, y algunos incluso en dos meses. No obstante en mi mente estaba regresar al Viejo Mundo para poder correr con los norteafricanos y alternar con los terracampinos -hoy mismo cruzo el Atlántico-, y eso solamente era posible adelantando el curro. No es la primera vez que lo hago, en realidad ese es mi modus operandi en los últimos años. Todo sería ideal si esta manera de vivir me saliera gratis, pero no, desafortunadamente el precio de estos arreones lo pago con canas; «qué viejo estás» o «qué mayor te veo» son saludos habituales cada vez que me dejo caer por mi pueblo. Y tienen razón.

Convencido estoy de que si mis días de oficinista hubieran continuado, ahora mismo, en enero de 2019, yo seguiría fresco como una lechuga, indistinguible de un veinteañero. No tengo derecho a quejarme como decía porque fui yo el que rompió el pacto, y al hacerlo, las culpas y arrugas que mortificaban mi retrato escondido en algún desván se vinieron todas conmigo. Varias veces me habréis leído despotricando contra los días iguales por ser sinónimo de la antivida, pero definitivamente rutina es lo que el cuerpo pide para conservarse. Quiero decir con ello que mover tranquilamente papeles de lunes a viernes es mucho más saludable que cruzar continentes para correr maratones y pelearse a muerte contra exsoviéticos con cara de poker.

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