El tiempo

A juzgar por los minutos que le dedican después del telediario debe ser un bloque informativo importante. Quizá no tanto como para hacerlo durar más que el propio telediario -esa es solamente mi opinión-, pero vaya, que está claro que la peña se pirra por saber cuándo va a llover y cuándo va a escampar. Si últimamente las cuestiones meteorológicas no tuvieran tanto tirón su repaso se despacharía en un plis plas como antaño. Porque cuando yo era un chaval os puedo asegurar que los hombres del tiempo liquidaban el asunto más bien rapidito. En su primera época Maldonado y Montesdeoca se desvivían por intentar acertar cómo de bueno o de malo iba a hacer al día siguiente utilizando un mapa de España bastante cutre como telón de fondo. Nótese que he dicho al día siguiente y no a la semana siguiente; aquellas eran predicciones sin pretensiones. Solamente interesaban a los labradores de mi pueblo -quizá a los del resto de los pueblos también-, y a algún que otro veraneante -a muy pocos en realidad porque entonces el número de los veraneantes era infinitamente menor que el de ahora-. En el siglo XX hacía frío o hacía calor, pero no se conocían ni las olas de frío ni las de calor; si tenía que llover llovía y si tenía que nevar nevaba, pero no se desplegaban alertas de todos los colores. Los de Protección Civil vivían felices. Aquellos hombres del tiempo no atinaban mucho, cierto es, aunque a cambio no había que escuchar las memeces de hoy en día y además sus ejercicios adivinatorios eran, como he dicho, breves.

Que me aburra todo ese inútil circo informativo no quiere decir que no me mole el buen tiempo. De hecho, si algo hermana a golondrinas y fraggles es su gusto por los días largos. De las primeras dicen los biólogos que actúan movidas por algo tan prosaico como la ventaja energética que otorga el mayor número de horas de luz -según parece ese plus es de agradecer cuando todo tu ser se vuelca en criar polluelos que no dejan de pedir comida con los picos abiertos de par en par-. No sé lo que dirán los biólogos de los fraggles que habitamos el mundo exterior, pero yo os puedo adelantar en primera persona que nuestros movimientos migratorios no están gobernados por ningún instinto reproductor. Tienen más que ver con vivir la vida.

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