Ámsterdam al trote

Ha sido un pequeño paso para Neil Armstrong, que en paz descanse, y para el resto de la humanidad también, pero para mí fue uno importante: el de Ámsterdam es el primer maratón que consigo terminar por debajo de las cuatro horas. Tampoco es que este fraggle haya volado, simplemente el crono se detuvo esta vez algo antes de lo habitual. En cualquier caso cuando el sudoroso Gobo cruzó la meta los negricos ya habían recibido sus medallas hacía mucho tiempo, para qué os voy a engañar. De hecho a esas alturas muy probablemente etíopes y keniatas llevarían un buen rato durmiendo la siesta en el hotel después de haber almorzado.

En fin, somos muchos los que jamás tendremos el privilegio de subir a un pódium, pero a cambio nuestro ritmo de carrera pausado nos permite disfrutar del recorrido. Sin problemas de agenda además es infinitamente más fácil extender la estadía para conocer mejor cada ciudad anfitriona y el país en el que se encuentra. Es por eso en definitiva por lo que viajan los viajeros. El no ser profesional también te permite celebrar cada carrera terminada con litros de cerveza. Y aquí es donde quería llegar. Porque cada uno tiene sus razones para correr, más o menos espirituales, más o menos místicas. Y yo también tengo las mías, aunque nada elevadas, lo confieso: la cerveza sabe mucho mejor después de haber corrido; por eso corro.

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