Regalices

De un tiempo a esta parte todo lo que lleva azúcar tiene malísima prensa. Pero en las legendarias tiendas de dulces de  Hardys, quizá por ser de otra época, el género del sugar free no se trabaja -a eso se le llama tener principios-, o al menos yo nunca me he topado en sus estanterías con nada que no sea altamente cariógeno. Por eso está todo tan bueno.

Siempre que viajo a Londres busco cualquier excusa para pasarme por alguna de sus tiendecitas y cargar el carro. Y esta vez con doble motivo porque el maratón de Ámsterdam está a la vuelta de la esquina -de hecho en un par de horas salgo para el aeropuerto- y todo el mundo sabe que en esto del correr la glucosa se agradece tanto como el respirar por mucho que digan los health coaches. Todavía recuerdo a los niños que ofrecían gominolas bien embadurnadas de azúcar a partir del kilómetro veintitantos del maratón de Melbourne: se las arrancábamos literalmente de las manos los que pasábamos por allí galopando. Me apuesto lo que quieras a que si hubieran repartido saludables hojas de lechuga en lugar de chucherías aquello habría sido un fracaso.

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