Malvinas argentinas

Pensaba que era un tema enterrado y olvidado. Eso era lo que yo pensaba hasta que pasé por Tierra del Fuego el verano austral pasado.

Me he hartado de confesar por aquí que soy un experto en nada, y esa ignorancia por supuesto incluye y sobrepasa de largo las áreas de conocimiento de la historia y del derecho internacional. Si de soberanía hablamos, el asunto de las Malvinas es además particularmente complejo porque por aquellas islas pasó mucha gente en los últimos siglos, entre ellos españoles y franceses. También ingleses. Sin embargo no es objeto de discusión, por ser un hecho cierto, que ese territorio isleño estaba gobernado por la corona española cuando en la segunda década del XIX Argentina alcanza su independencia. Llegados a este punto, y aunque estoy igualmente pez en latín y fundamentos de derecho romano -ya decía antes que mi desconocimiento no conoce límites-, parece ser que en asuntos así rige el principio legal uti possidetis iuris. Al menos eso es lo que dicen los expertos cuyos artículos he leído antes de atreverme a escrbir esto. Traducido al castellano y en el tema que nos ocupa, el latinajo vendría a significar que, efectivamente, las Malvinas son argentinas.

La pobre está ya en las últimas, no creo que sobreviva a muchos lavados más. Así es que la voy a reservar. Conoce España, allí es donde nació, pero ha pasado toda su vida conmigo en Inglaterra. Lógicamente, y como ya habréis imaginado, esa era la idea: ir buscando pelea por todos los pubs de Cambridgeshire. Misión cumplida. Y en breve, para celebrarlo, cruzaremos el charco juntos rumbo a Buenos Aires, algo que llevo queriendo hacer desde que Quino me presentó a Mafalda. Eso pasó cuando ella y yo teníamos la misma edad, muchísimo tiempo atrás, demasiado yo diría. Y a los sueños no hay que hacerlos esperar tanto porque al final se acaban yendo sin ti. Lo sé porque en alguna ocasión ya me ha ocurrido. Pero esta vez no será así, el ansiado momento se acerca y mi camiseta favorita ya está doblada y guardada en la maleta, descansando antes del viaje. Y evitando de paso que a su dueño le acaben partiendo la cara.

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