El amigo robado de Rapa Nui

Tiene cara de enfadado pero cómo queréis que esté. Se lo llevaron por las malas de su casa de Orongo, en Rapa Nui, hace ya un siglo y medio. Nadie le preguntó si quería dejar su hogar y embarcarse rumbo a Inglaterra. De los ingleses y su puta costumbre de quedarse con lo que no es suyo ya hemos hablado alguna vez.

El moái que abrió los ojos se despedía así: Esta entrada termina con un punto y seguido. La historia sobre Rapa Nui que os tenía que contar está incompleta, falta un último capítulo y espero poder escribirlo cuando me reúna con uno de los moáis miserablemente deportados a los que me refería antes. Ahora mismo nos separan más de diez mil kilómetros pero lo encontraré.

A mediados del XIX alguien decidió por él que debía convertirse en un regalo para la reina Victoria. Pero la regia señora, quizá porque no le gustó su cara o quizá por falta de espacio en sus palacios, prefirió hacérselo llegar al British Museum.

Y allí fue donde por fin lo pude conocer este lunes. Esperé pacientemente hasta la hora de cierre y mi oportunidad apareció después de que desalojaran al último japonés. Me deslicé en la sala sin ser visto, buscando los ángulos muertos de las mil cámaras y la espalda de los seguratas, en plan ninja, y cuando por fin llegué a la altura de Hoa Hakananai’a -así es como se llama- me estiré todo lo que pude para susurrarle en una de sus orejotas que el Gobierno de Chile iba a retomar las gestiones para su repatriación. Las buenas nuevas eran de este mismo mes: representantes de ambas naciones pronto se sentarían a negociar y por lo que decían todos los periódicos chilenos daba la sensación de que esta vez podía ser la definitiva. Pero ni se inmutó, me quedé mirándolo mientras los de seguridad me sacaban por la fuerza y el ilustre móai no movió un solo músculo. No se había creído nada. Imagino que sus mil años de vida habrán sido más que suficientes para enseñarle a desconfiar de los humanos. Y mucho más de sus políticos.

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