Aire envenenado

Después del bajo rendimiento del primer cuatrimestre me había propuesto estar centrado en mayo, no moverme de Santiago hasta completar cien mil manos este mes. Y cuando ya las tenía al alcance de la mano, cuando tan solo era necesario un último esfuerzo para tocar con los dedos la meta, de repente mi cerebro se quedó sin oxígeno. Y entonces tuve que abandonar la gran ciudad sin mirar atrás, buscando desesperado la brisa costera para poder respirar. No estoy intentando justificarme pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Quizá un tahúr vivo no aporte demasiado a la sociedad pero uno muerto no sirve absolutamente para nada. Así que escapé.

Santiago tiene muchas formas de matarte pero en invierno normalmente opta por envenenar el aire que entra en tus pulmones. En el siglo XXI todavía estamos a años de luz de conseguir ciudades limpias y saludables, sin embargo, en pleno apogeo de la era de la información, sí hemos conseguido programar aplicaciones que son capaces de decirnos, por ejemplo, las cantidades y tipos de contaminantes que respiramos en cada momento. No alcanzo a ver la utilidad que a uno le reporta el saber las dosis exactas de dióxido de azufre, ozono, dióxido de nitrógeno, monóxido de carbono y de otros mil gases dañinos que invaden tu cuerpo -en mi opinión mucho mejor sería centrar los esfuerzos en desarrollar el sistema de transporte público-, pero en fin, por información que no quede.

Es largo de explicar el por qué los santiaguinos andamos a tientas en medio de tanto smog. Evidentemente el problema está relacionado con el tamaño de la urbe en primer lugar. A nadie se le escapa que en esto de los humos tiene mucho que ver el hecho de que aquí seamos casi siete millones de almas con sus respectivos automóviles y tubos de escape, y sus casas con calefacción y chimeneas, y sus industrias con más chimeneas. Si fuésemos cuatro gatos como en mi pueblo otro gallo nos cantaría. Sin embargo Santiago no es, obviamente, la única gran ciudad en el mundo, existen otras igual de grandes o más y no presentan problemas de contaminación tan graves. Y aquí es donde toca hablar de geografía, porque la capital de Chile, a orillas del río Mapocho, está tan bien guardada por cerros a los costados que cuando llega el frío y los vientos amainan se asfixia en sus propios vapores grises. La acusada inversión térmica en invierno viene a complicarlo todo un poco más.

Como véis la solución no es sencilla, y ya es demasiado tarde para pedirle cuentas a Pedro de Valdivia por haber fundado la ciudad en el lugar donde la fundó. Y además no sería justo porque, ¿cómo iba a imaginar el conquistador extremeño en el siglo XVI que sus descendientes acabarían cambiando los caballos por Mercedes?

Es imposible ver la luz al final del túnel entre tanto humo, y en esos casos el manual del cobarde dice que lo más sensato es aplicar el universal «Sálvese quién pueda» y huir como una rata. Eso fue lo que hice. Me vine a Viña del Mar por dos buenas razones: necesitaba el mar para respirar y una ciudad con casino para aplacar mi cargo de conciencia. Y además Viña está a un tiro de piedra de Valparaíso, una de mis ciudades chilenas favoritas, y no muy lejos de Isla Negra, lugar elegido por Pablo Neruda para levantar su casa preferida. Y la mía también.

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