Historias del Crown

No sé si os habéis fijado alguna vez en las vueltas que da un perro sobre sí mismo antes de decidir en qué posición tumbarse. Pues yo hago más o menos lo mismo antes de entrar a un casino, de hecho recuerdo haber rodeado no hace tanto al Crown de Melbourne unas cuantas veces hasta que me atreví a pisar su alfombra. Quién sabe, quizá sea porque en el fondo no me entusiasma la vida de casinero. El caso es que en Australia, en parte por horarios y en parte por rollos legales, terminé pasando más tiempo dentro de ese casino que la chincheta del calendario.

Es gigantesco, al menos a ojos de un pueblerino. Tan grande era que al final tomé  la determinación de entrar siempre por la misma puerta -la más próxima a la poker room– para no perderme entre los inacabables bosques de tragaperras. Allí comía y allí cenaba muchos días, y hasta alguna siesta involuntaria cayó también.

El Crown, además de ser el hogar de un Aussie Millions que ya está calentando motores por estas fechas, es una máquina de hacer dinero engrasada a la perfección y lo suficientemente grande como para dar cabida no solo al poker y demás juegos de casino. Aquello es un vergel de tiendas exclusivas, restaurantes de precios prohibitivos, habitaciones de hotel lujosísimas  y, en fin, todos esos rollos por los que se pirra la peña con dinero. Ricachones chinos sobre todo era lo que abundaba por allí.

Asiáticos forrados que lógicamente estaban fuera del alcance de un jugador de medio pelo como yo. Afortunadamente no todos gastaban Rolex auténticos, también había algunos -muchos, de hecho- cuyas nóminas solo daban de sí para lucir falsificaciones de esa prestigiosa marca. Y estos últimos eran los que se sentaban conmigo en las mesas de 1$/2$ y 1$/3$.

Acostumbrado a meterme entre pecho y espalda setecientas manos a la hora, el poker en vivo se hacía insufriblemente lento para mí -estamos hablando de treinta míseras manos en los mismos sesenta minutos, y eso si el dealer era fino y en la mesa no había demasiada gente a uvas-. Así que para no volverme loco aprovechaba los innumerables ratos muertos dándole a la numismática.

Hay al menos un par de historias que contar de cada uno, historias que se esconden en anversos y reversos, historias de vidas ocultas delante y detrás de cada billete y moneda. Pero para no hacer esto muy largo he decidido quedarme solo con una mujer, con Mary Reibey concretamente. Sí, la señora que preside el billete de $20. Del regio careto que aparece en el de $5 no hay mucho más que decir porque todo el mundo conoce a su dueña. ¿Os acordáis cuando os escribía que la ciudad de Sydney dio sus primeros pasos como una colonia de convictos? Pues bien, Mary, deportada desde Inglaterra por robar un caballo, fue una de las involuntarias pioneras. Su vida fue de cine antes de que el cine se inventara -no habrá tantas que hayan pasado de presidiarias a magnates del comercio marítimo en un abrir y cerrar de ojos-. Una mujer tan poderosa e influyente en su época como para merecer que su cara acabara estampada en uno de los billetes de su país de adopción.

Y también me quedo con un animal. Qué os voy a contar del bichejo que aparece en la humilde moneda de veinte centavos. ¿Sabéis de muchos mamíferos que pongan huevos y que además tengan pico de pato, cola de castor y patas de nutria? Pues eso, que Australia está hecha de historias increíbles.

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