Puertas al campo

Me da la risa floja siempre que le escucho a alguien decir lo de «ponerle puertas al campo» dando a entender que algo es irrealizable. Quizá hace medio siglo o un siglo entero -o cuando quiera que el autor anónimo pariese esa frase- hacer tal cosa fuera imposible, pero en los tiempos que corren está a la orden del día. Y yo caí en la cuenta de ello hace ya muchos años, en un viaje con destino a Lanzarote.

Sin ánimo de desmerecer a las demás confieso que si me obligaran a elegir una sola de las Canarias firmaría por Lanzarote a cierra ojos. El esfuerzo titánico de las entrañas del planeta por asomar la cabeza sobre el Atlántico dio lugar allí, justo en el extremo nororiental del archipiélago, a paisajes volcánicos únicos en el mundo entero. Aluciné con todo lo que vi, por encima y por debajo de la superficie del agua -en aquella época yo todavía era un buceador practicante-. En la parte negativa debo decir sin embargo que me pilló con la guardia baja el toparme con una taquilla inesperada al norte de la isla. Hasta ese día yo había subido y bajado de los miradores de mi país sin rendir cuentas a nadie, como los rebecos o las cabras montesas, pero en aquella ocasión no me quedó más remedio que pasar por caja para poder llevarme una postal de La Graciosa. Recuerdo el Mirador del Río por ser el primero, pero en esas mismas vacaciones me estrellé con otras puertas en el campo sin salir de Lanzarote. Y después vendrían muchas más por los cinco continentes, unas veces promovidas por iniciativa privada y otras por las propias administraciones públicas; puertas todas al fin y al cabo. Hasta en Tasmania.

De los pequeños pingüinos azules ya os hablé en mi primera escapada desde Melbourne, aquella que me llevó siguiendo la costa por la Great Ocean Road. Pues bien, en las playas orientales de Tasmania nos volvimos a encontrar, y esta vez mucho más cerca, de tú a tú podría decirse.

Su rutina incluye un Desembarco de Normandía diario, una carrera crepuscular por la playa que separa el mar de sus lugares de cría convertida en misión de alto riesgo. Al terminar una larga jornada de pesca los pingüinos salen del agua antes de que la última claridad del día se extinga, y sin perder un segundo se parapetan entre las pocas rocas disponibles. Después, cuando se aseguran de que no hay depredadores en la costa, suben a paso ligero el obstáculo final, una ladera arenosa que conduce a los nidos donde los pollos aguardan por su ración de pescado. Y más de lo mismo a la mañana siguiente. No debe de ser nada fácil nacer pingüino.

Tan a mano estaba esta colonia de pingüinos que algunos vecinos de la cercana localidad de Bicheno tuvieron la brillante idea, hace ya algunos años según nos contaron, de colocar una puerta y cobrar la correspondiente entrada. Aún hoy, después de más de un lustro fuera de España, tengo serios problemas para entender el cien por cien de lo que escucho decir a los británicos mejor hablados del sur de Inglaterra, así que ya podéis imaginar que en Australia mis dificultades comprensivas fueron mucho mayores. Sin embargo, y modestia aparte, sí que cacé al vuelo la versión oficial de los promotores tasmanos: «La iniciativa recaudatoria tiene fines conservacionistas, está estrictamente motivada por el amor a la especie». Hubiera sido bastante más creíble pero nada se dijo del amor al dinero. Os lo puedo asegurar.

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