La del fresno y los eucaliptos

Al primero ya os lo había presentado en una entrada anterior escrita hace un año y medio más o menos:

[…] un fresno descomunal que intentó matarme el año pasado dejando caer una rama del tamaño de un brazo dos palmos por delante de mi nariz. En realidad nunca se llegó a esclarecer si fue un accidente o un fragglelicidio frustrado pero desde entonces lo miro de reojo y encojo los hombros cada vez que paso por debajo.

Al de la foto me refiero. Esa en particular la tomé a finales de septiembre, poco antes de volar a Australia, y si os fijáis con atención veréis algo extraño, algo blanco en la base del tronco. Yo también lo vi y me acerqué a curiosear: era una hoja plastificada grapada por las cuatro esquinas sobre la corteza. En ella un concejal sin alma había redactado en cuatro párrafos la sentencia de muerte del fresno más imponente del barrio.

Tres meses después, al regresar a Inglaterra, lo primero que hice fue ir a ver a mi viejo socio, un amigo de madera viva cuyas ramas enormes siempre me indicaban en la distancia el lugar en el que se escondía la marquesina de mi ruta a Ferry Meadows. Este último trayecto lo realicé sin poder sacarme de encima el mal presentimiento que invariablemente dejan las órdenes de ejecución sin fecha. Y el hilo de esperanza que mantenía se desvaneció al enfilar el tramo final de Oundle Road. Justo ahí, muy cerca ya del cruce con Cherry Orton Rd, caí en la cuenta de que ya nunca nadie me diría dónde tenía que bajar del autobús. Así fue como lo encontré, muerto a manos de las sierras consistoriales.

Yo ya le había perdonado hacía mucho, pero imagino que el viejo fresno habría seguido en sus trece, asustando al vecindario con sus bromas, hasta que algún señor importante y sin sentido del humor acabó por denunciarlo a las autoridades. Y el final de la historia ya lo conocéis.

El centro de Australia estaba lleno de widow makers. De esa manera se conoce en aquel país a numerosas especies de eucaliptos cuyas ramas muertas tienen por costumbre caer sin previo aviso dejando muchas viudas por el camino -y algún viudo supongo yo que también aunque de eso no diga nada el siniestro apodo-. El clima por allí no pone las cosas fáciles a ningún ser vivo: la aridez es acusada y la oscilación térmica extrema. Y sin embargo estos árboles no se han dejado vencer, las durísimas condiciones del interior del continente les han enseñado a sacrificar partes para salvar el todo; eso es básicamente lo que hacen para continuar respirando. Cuando vienen mal dadas el árbol renuncia a algunas de sus ramas cortando el suministro de agua y nutrientes en determinados puntos, y así es como la planta consigue aumentar sus opciones de supervivencia.

A las ramas secas de color negro que se ven en la fotografía no las ha matado ninguna plaga o enfermedad, son testigos mudos de episodios de estrés -las plantas también se estresan- que el árbol vivió en el pasado

Recuerdo haber caminado por las calles de La Habana esquivando bocas de alcantarilla destapadas y socavones en los que hubiera cabido un elefante. No había vallados o señales de advertencia y ello te obligaba a mirar por dónde andabas -entonces no había smartphones-. En Australia tampoco vi carteles a la vera de los widow makers anunciando el riesgo inminente de morir aplastado, y por supuesto no tuve noticia de que ninguna autoridad local se tomase la molestia de ir podando los millones de ramas muertas de los eucaliptos para que nadie enviudara. Simplemente se confiaba en la sabiduría popular y en el sentido común del personal.

En Europa sin embargo las cosas no funcionan así, necesitamos que nos protejan las veinticuatro horas del día. Ningún insensato debe morir, esa parece ser la consigna. Sobre darwinismo social ya hemos hablado en este blog.

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