Jacarandás y copas de vino

Salgo de casa, doblo la esquina, cruzo la vía del tren y ya estoy en él. Es el bar del barrio al que voy a engancharme a la cerveza cuando me desengancho del poker. Sujetos con personalidad adictiva; así es como creo que se refieren los psiquiatras a la gente de mi calaña.

Un señor barrigón y yo nos disputamos siempre el asiento del final de la barra. Ayer llegué yo primero. Justo desde esa esquina se tienen las mejores vistas del mapamundi vintage  -histórico o decimonónico debería haber escrito- que decora entera, de arriba a abajo y de izquierda a derecha, la pared encargada de separar el bar del restaurante. Quizá sea una inconfesable nostalgia por la geografía la que me hace preferir el taburete de la discordia o quizá solamente sean ganas de fastidiar, no lo sé, el caso es que si estoy escribiendo esto ahora es porque ayer no fue un día como los demás. Había visto ese mapa una docena de veces antes pero por alguna razón este jueves algo en él llamó mi atención e, inconscientemente, guiñé el ojo izquierdo al tiempo que levantaba el brazo derecho extendido al frente para trazar, botellín en mano haciendo las veces de mira telescópica, una línea de este a oeste al sur del trópico de Capricornio lo más recta que mi pulso me dejó.

Estaba casi seguro de haberme marcado un tres en raya pero tuve que esperar hasta llegar a casa para poder preguntárselo a Google Maps. Y efectivamente así era. Sydney, Ciudad del Cabo y Santiago de Chile, tres de las ciudades que he conocido en los últimos años, comparten latitud: a todas ellas las atraviesa el paralelo 33º S.

La literatura sobre ese número en particular es extensísima. El treinta y tres parece un imán para los illuminati del mundo entero, visionarios que la gozan buscando las místicas conexiones entre la cantidad de vértebras de nuestra columna vertebral, la edad de Jesucristo al morir o los grados de la masonería, por ejemplo. Extrañas energías fluyen por esa línea de la Tierra a decir de los telúricos. Pero si queréis saber mi opinión os puedo asegurar que yo no he percibido nada extrasensorial. Bueno, está el asunto de la casa de los espíritus en Santiago, aunque aquello no tiene nada que ver con el telurismo sino con la tía Clarita que en paz descanse.

Lo que sí encontraréis a 33º S son viñedos y jacarandás. El vino está bueno todo el año pero si queréis ver a los jacarandás floridos noviembre es la mejor opción.

Esta entrada fue publicada en Australia, Chile, Matt "El viajero", South Africa y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.