Sydney Opera House

Una noche en la ópera estuvo a punto de titularse esta entrada, sin embargo en el último minuto lo edité para no faltar a la verdad porque ni escuché ópera ni fue por la noche. Las visitas guiadas salían por un ojo de la cara pero yo tenía muy claro que de allí no me iba sin conocer como lucía aquello por dentro. Siempre dejo las cosas importantes para el último momento y Sydney no fue una excepción: era sábado por la tarde y tenía las horas contadas para tomar el vuelo de vuelta a Melbourne, así que le pedí el programa de actuaciones a un señor de negro que por allí estaba y contra reloj ajusté horarios y presupuestos. De esa manera fue como este menda asistió a su primer concierto de música clásica. Ya nunca se me olvidará quién fue Dmitri Shostakóvich.

Quizá por haber pasado media vida laboral rodeado de arquitectos el nombre de Jørn Utzon no me sonó extraño cuando lo leí en uno de los paneles explicativos dentro de un pequeño museo de la ciudad. Utzon fue el cerebro danés que concibió la Ópera de Sydney, indiscutiblemente uno de los proyectos más sobresalientes de la arquitectura del siglo pasado. Alumbrar una genialidad y hacerla realidad son, no obstante, cosas distintas, y pronto se pudo comprobar que trasladar la belleza del diseño en papel a las tres dimensiones no iba a resultar nada sencillo: parecía imposible mantener erguidas aquellas bóvedas inverosímiles. La complejidad del diseño supuso un enorme desafío para la ingeniería de la época y a los innumerables problemas técnicos se sumaron además otros de tipo político y algunos más vinculados a la propia coordinación en la ejecución de las obras. Todo aquello se tradujo en incumplimiento de plazos y sobrecostes. Así las cosas, las autoridades australianas prescindieron de los servicios de un derrotado Jørn Utzon que se vio obligado a abandonar el país dejando su obra inacabada. Ni siquiera sería invitado a la ceremonía de inauguración en 1973. La reconciliación llegaría más tarde, demasiado tarde, cuando la delicada salud del ya anciano arquitecto impidió su regreso a Australia para contemplar la Ópera de Sydney terminada; moriría sin poder despedirse de ella.

A lo largo de estos últimos años he tenido oportunidad de conocer por esos mundos de Dios muchas obras arquitectónicas que hasta el comienzo de mi vida viajera solamente había visto en los libros, y debo decir sinceramente que varias de ellas me han decepcionado. Sería muy feo acordarme ahora de sus nombres así que simplemente escribiré que quizá la fama previa de sus autores haya hecho cundir cierta sobrevaloración. Desde luego no es el caso de la Ópera de Sydney, una auténtica preciosidad nacida después de un  proceso de creación épico y un punto triste. Un larguísimo parto que colocó a Sydney en el mapamundi de la arquitectura contemporánea por méritos propios.

Mi equipaje de mochilero no incluía ni monóculo ni pajarita. Obviamente. Pocos se habrán atrevido a pisar el Concert Hall con peores pintas que yo, aunque en defensa propia diré que al menos me presenté duchado y razonablemente bien peinado para mi primera toma de contacto con Shostakóvich. Entró a conocer una de las grandes construcciones del siglo XX y de regalo, un tipo de pueblo que no había pasado de las escalas pentatónicas y de los conciertos de Porretas, descubrió la música clásica en directo. Un gustazo.

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