Great Ocean Road

Ese nombre tan sonoro le han puesto los australianos a la carretera que conecta las ciudades de Torquay y Allansford siguiendo la costa meridional del país. En el pantallazo siguiente os muestro el tramo recorrido y algunas de las vistas que la famosa Great Ocean Road regala a los que la recorren. No llegamos hasta la meta pero de propina hubo que recorrer los kilómetros que separan la capi del comienzo de la ruta, así que, sumándolo todo, al final no estuvo mal la tirada. De hecho dio de sí para más de un día porque aquí, en el sur, tanto a los nativos como a las aves sureñas de paso nos gusta tomarnos las cosas con calma.

Teníamos información extraordinariamente detallada, conocíamos el nombre de la cala, su ubicación precisa en la cartografía local y también la hora exacta a la que aparecerían: entre quince y veinte minutos después de ponerse el sol, cosa que aquel 23 de octubre sucedió a las 19:53. Y efectivamente allí se dejaron ver. Aunque con un cuarto de hora de retraso sobre el peor de los horarios previstos, finalmente salieron del agua uno detrás de otro, en fila india y sin mirar hacia atrás. Cuando estuvieron a salvo de las olas se agruparon todos en círculo -seguramente para intercambiar impresiones sobre cómo había ido la jornada, sobre los bancos de sardinas y cosas así- y desde allí, desde la arena seca de la playa, otra vez en formación de a uno hasta llegar a la base de los acantilados cercanos para pasar la noche. Aquí a los miembros de Eudyptula minor se los conoce como little penguins, un nombre muy apropiado para referirse a la especie de pingüinos más pequeña del mundo. Y la cuarta que he tenido oportunidad de conocer a lo largo de los viajes en los que me he dejado caer por debajo del trópico de Capricornio en Sudáfrica, Chile y ahora aquí, en Australia. Esa noche los pingüinos de Port Campbell se fueron a dormir sin más. Sobre la tardanza injustificada, con el consiguiente perjuicio para los fotógrafos por la falta de luz, ninguno de los treinta integrantes del grupo quiso pronunciarse ante la concurrencia humana.

Montar guardia al anocher en este tramo de la costa australiana para ver regresar a los pingüinos después de un día de pesca exige renunciar a ciertos estándares de confort. Entre esa línea de tierra austral y la gélida Antártida ya no hay nada más, solamente un océano de agua helada. Quiero decir con ello que cuando el viento sopla del sur, como aquel día, el frío y la humedad se te meten bien adentro, hasta los huesos. Pero merece la pena. Y también compensa destrozarse las cervicales mirando hacia arriba al caminar por los senderos del Great Otway National Park, otra de las paradas obligatorias en la Great Ocean Road. El esfuerzo está justificado en mi opinión porque a veces se tiene la suerte de ver a un koala encaramado en las ramas más altas del dosel de eucaliptos que cubren ese espacio. Ya sé que la foto no es muy buena, pero si le dais al zoom podréis distinguir algo parecido a un osito de peluche descansando en una horquilla del árbol que ocupa el centro de la imagen. Porque esa es otra, no esperéis verlos dando brincos como los monos. Su dieta a base de hojas de eucalipto no aporta tanta energía como para andar despilfarrándola a lo tonto. Y pienso yo que además de poco alimenticia debe ser bastante indigesta, de ahí las largas siestas…, siestas que sumadas pueden superar las veinte horas diarias. En fin, dormido o despierto, ha sido un auténtico gustazo poder conocer en su medio natural a un animal que me ha fascinado desde niño.

De vuelta a casa no pude evitar la tentación de echar un vistazo al mapa. Pensaba que después de la excursión del pasado fin de semana ya había visto algo de Australia. Y ahí tenéis el triste resultado: apenas 300 km en un país cuya línea de costa supera los 25.000 km y en el que cabría España entera quince veces -dieciséis y media si se excluye el territorio catalán-. En ese orden de magnitud nos movemos.

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