Maletas de colores

Les tengo especial apego a los colores chillones. No sé, quizá sea porque vine a un mundo en blanco y negro -así de tristes lucían las fotografías entonces y también la tele, al menos en la Castilla profunda donde me crié-. Confieso que las camisas de mis tiempos de oficinista eran bastante vistosas y ahora, convertido por caprichos del destino en un descamisado errante, son las maletas que me acompañan las encargadas de colorear mi vida viajera. Las de la fotografía justamente están participando en la tradicional ceremonia del «Traspaso de la Medida de la Virgen del Pilar». Cualquiera que tenga alguna conexión por remota que sea con la capital de Aragón sabrá de qué va todo este rollo, y para los demás aclaro que estoy hablando de esa cinta de color morado que apenas se distingue en el asa de la maleta del primer plano. Es un buen amuleto para cualquier trotamundos, al menos eso es lo que dicen, y quién soy yo para dudar de tantos y tantos zaragozanos. La que yo llevo conmigo me la regaló una maña en Sudáfrica y desde el desafortunado incidente del cambiazo involuntario de equipajes en México no me he vuelto a separar de ella. Aquél día me juré a mí mismo que jamás volvería a equivocarme y por eso, cuando por fin la pude recuperar, le até la cinta de la Pilarica de manera que fuera imposible volver a confundirla. Mano de santo.

En fin, el caso es que en mitad de la ceremonía de traspaso mi vieja maleta azul se negó a ceder la cinta a la nueva maleta roja que acababan de dejar en casa los de Amazon. Fue algo inesperado, como un «No quiero» en una boda, pero así sucedió. Dijo mi fiel amiga que la nueva tendría que seguir esperando porque ella ya había estado conmigo en tres continentes y no quería jubilarse sin conocer los otros dos. Y aquí la tengo conmigo ahora, tan feliz, abierta de par en par mientras su dueño va sacando los calcetines y colocándolos en el armario.

Ya me tengo que despedir, se siente, y lo voy a hacer con la canción más famosa del país en el que estoy desde ayer, un himno nacional extraoficial que es en realidad el himno oficial de todos los vagabundos que en el mundo somos. Tengo muchas cosas nuevas para contaros pero no me queda más remedio que echar el cierre aquí porque ahora mismo las labores logísticas ocupan todo mi tiempo: no es fácil encontrar un proveedor de internet y al mismo tiempo encargarse de la gotera que aparecieró en la cocina después del chaparrón de anoche; y todo ello sin quitarles el ojo a las zarigüeyas que de vez en cuando se pasan por el jardín para hacer de las suyas. Lo dicho, ni un minuto libre me queda, así que del asunto de Cataluña mejor os encargáis vosotros solos.

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