El ingenio de Nkau

No los supe identificar en ese momento pero los gritos ya se escuchaban desde la puerta, al número 41 de High Street me refiero, en Stamford; esa es la dirección del M&S, un supermercado tirando a pijo como casi todo lo demás en la ciudad. Decidí entrar a por una botella de Rioja y cuando llegué a la línea de cajas descubrí por fin el origen de los berridos que trufaban el hilo musical navideño: un crío de unos tres años, gordito y coloradote, se revolcaba por el suelo y ordenaba a voces a su abochornada madre que le comprara chocolate.

En 2013 The Sunday Times dijo de Stamford que era el mejor lugar para vivir en Reino Unido. Y efectivamente, este es tu sitio si te gustan los coches caros, las tiendas cucas, la gente guapa y las piedras con historia en calles pintorescas. También abundan los niños que tienen de todo pero quieren más.

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Saliendo de Maseru en dirección sur la carretera pronto dejaba de serlo, y a Malealea, una pequeña aldea en el interior de Lesotho, solo podía llegarse siguiendo un camino de cabras que los pastores dibujaron hace mil años en las montañas. Todavía no he olvidado el primer día en que regresábamos a casa después de haber caminado toda la jornada, y lo recuerdo tan bien porque, como por arte de magia, un pueblecito que parecía desierto cuando partimos en la mañana estaba asombrosamente lleno de vida al caer la tarde. Antes siquiera de poner un pie en la primera calle nos rodeó la muchachada -bueno, en realidad me rodeó solamente a mí porque yo era el que llevaba una bolsa grande de cacahuetes-, y allí mismo, siguiendo el universal principio de «los más fuertes primero», se organizó la fila y uno a uno todos fueron pasando por el precario kiosco de Gobo.

Cuando finalmente llegó su turno, el pequeño Nkau se acercó hasta mí dando pasitos desconfiados y en cuanto me tuvo enfrente extendió los brazos y unió sus manos en forma de cuenco como había visto hacer a los mayores. Entonces los dos nos miramos, y caímos al mismo tiempo en la cuenta de que en esas manitas de ratón a lo sumo iban a caber dos o tres cacahuetes, tristísima recompensa después de una espera tan larga. Por un momento creí leer frustración en su mirada y hasta pensé que iba a coger una rabieta, pero no le dio por ahí, Nkau ya sabía que en la tierra donde le había tocado nacer eso no servía de mucho, lo que hizo fue agarrarse el dobladillo de la camiseta e improvisar una bolsa de tela con la que transportar la valiosa mercancía. Y allí me quedé plantado viéndolo ir de vuelta hacia su casa. Caminaba con mucho cuidado para que no se le cayera nada, todo contento.

NkauMi amigo Nkau en el centro de la fotografía

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2 respuestas a El ingenio de Nkau

  1. Albertcossery dijo:

    Buenos dias Josig, gran entrada, por desgracia esa escena del chiquillo berreando en el suelo la he vivido mas de una vez con mis sobrinos, cuando eramos reyes, perdon por utilizar el titulo de ese gran documental de boxeo, cuando eramos un pais chachi-piruli, el tiempo pone a cada uno en su sitio, nos guste o no, un saludo y sigue asi !!

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