Morelos

Al sur del Distrito Federal está Morelos, un estado pequeño y montañoso en el que me refugié un par de días para escapar del frenético ritmo chilango. Fue justo el fin de semana en el que se celebraban elecciones en el país, y en relacMorelos mapión con eso pasaron dos cosas curiosas. Descubrí que por aquí todavía se estila la Ley Seca, de hecho fue materialmente imposible que nos pusieran una triste cerveza en ningún garito de Cuernavaca; por lo visto debe ser costumbre aquí no servir alcohol esos días para que la gente no vaya a votar bolinga. También pude comprobar que bajo su aparente pachorra los mejicanos son en realidad de mecha corta, muy corta.

Pues resulta que a mi Cuernavaca connection le tocó estar en una de las mesas electorales -casillas les dicen por aquí- para contar votos y todo ese rollo. Aunque a las seis de la tarde se cerraban las puertas, ya eran más de las diez y el recuento todavía no había finalizado. Por puro aburrimiento me llegue hasta allí y, después de un telefonazo, un representante del Instituto Nacional Electoral se acercó a la entrada del centro de secundaria que hacía las veces de colegio electoral para dejarme pasar. Pero aquello no sentó nada bien a la multitud que se agolpaba allí esperando la publicación de los resultados… Al grito de «Si entra uno entramos todos» comenzaron a aporrear las puertas, y convencido estaba de que las iban a tirar abajo cuando el tipo del INE me preguntó si por casualidad llevaba mi pasaporte encima, y sí, por pura casualidad lo tenía ese día en el bolsillo del pantalón porque rarísimas veces lo llevo conmigo.

Al principio la reacción de la gente me pareció desproporcionada pero después supuse que toda esa agresividad tendría que ver con el hartazgo ante los habituales pucherazos y amaños varios en comicios pseudodemocráticos. Y ya debían de estar rodando gotas de sudor frío por mi careto blanco como la cal cuando el señor del INE agarró mi pasaporte, lo levantó en alto y vociferó a la turba que yo era un observador internacional que había ido a verificar la limpieza del proceso. Qué honor para mi pasaporte, de repente su dueño había dejado de ser un tahúr de tercera división y tenía un cargo respetable… observador internacional… una de las pocas cosas que me faltaba por ser.

Aquí os dejo unas fotos de piedras:

De izquierda a derecha: Zona arqueológica «El Tepozteco» y Exconvento de la Natividad, ambos en Tepoztlán, y Capilla de Indios en la Catedral de Cuernavaca.

Leí por ahí que los pueblos indígenas tenían por costumbre rezar a sus dioses al aire libre, y que el diseño de capillas abiertas debe relacionarse con el intento de los españoles, en su afán por evangelizar a todo lo que se movía, de ir metiendo por el aro a los indios paganos. Supongo que el tapizado de agujas de pino del suelo de la Iglesia de San Juan Chamula, de la que os hablé cuando anduve por Chiapas, puede interpretarse también como otra forma de llevar la naturaleza al interior de un templo católico: choque de culturas convertido en sincretismo.

El capítulo de paisajes y animalejos queda un poco cojo en esta ocasión. Me hubiera gustado traer por aquí alguna fotografía del Popocatépetl -intentad decirlo deprisa, a mí siempre se me traba la lengua-, pero el majestuosoMorelos4 volcán no quiso desprenderse de su manto de nubes; sea. La imagen que acompaña a estas líneas no será tan espectacular pero da idea de lo quebrado del relieve de por allí y de la exuberante vegetación al norte de Morelos. Y además es el hogar de un animalillo supersimpático con el que me despediré. Ha habido que tirar de fauna menuda y de habitantes urbanitas para completar la sección, allá va:

Una especie de largatija de color azul y oro, aunque la foto no le hace justicia os puedo asegurar que el bicho era precioso y nos lo encontramos descendiendo la pirámide cercana a Tepoztlán. La siguiente es una langosta -creo- que viajó con nosotros por las calles de Cuernavaca surfeando en la antena del Corsa (al fondo está el colegio electoral de la bronca). Quesadilla de chapulines en la tercera imagen: hierven a esta especie de saltamontes con limón y sal, y respecto a su sabor, no sé, solo puedo deciros que  al masticar hacen crunch. En la cuarta fotografía, recién llegados para hacer bulto desde el defeño Bosque de Chapultepec, vean ustedes a la señora ardilla y al señor zanate, siempre atentos por si pueden trincar algo a los paseantes.

No es difícil encontrar coatíes cuando llegas a la cima del cerro del Tepozteco, por allí andan, a lo suyo. Pero si te ven y descubren que llevas comida inmediatamente dejan sus quehaceres para acercarse a ti, y pueden llegar a ser muy persuasivos. Tienen unas garras y unos piños considerables aunque saben que es mucho más eficaz agarrarse a tu pierna y poner carita de pena: «Oye güey ¿no habrá algo de comer en la mochila? Todavía estoy en ayunas, ¿me darías algo para picar? ¿Me lo das? ¿Verdad que me lo vas a dar?»

Esta entrada fue publicada en Matt "El viajero", México lindo. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Morelos

  1. fran dijo:

    ¡¡observador internacional!! cómo suena eso de grande

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