El borracho y el señor

Lo tuve sentado todo el tiempo a mi derecha y estaba como una cuba. Pero no era el típico licoreta gracioso sino un sujeto bocazas y maleducado, con barrigón de gorila y cara de cerdo.

Puestos a vaguear, me pareció mejor idea ir unos días a Playa del Carmen para combatir el calor infernal con la brisa marina, un regalo que el Caribe no quiere compartir con los meridanos. El domingo pasado llegamos a los 44 ºC pero yo escapé del tostadero, ni me rozó el aire abrasador, pasó por encima de mi cabeza porque estuve buceando en los cenotes de Quintana Roo y en el arrecife de coral que casi se toca con los dedos desde la isla de Cozumel; listico que es uno. En cuanto pueda os subo las fotos.

Al caer el sol, ya con la fresca, volvía a ser terrícola y me llegaba hasta el único casBilletajeino de la ciudad donde le pegan al Texas. Las sesiones empezaban muy tranquilas ($10/$20), pero a medida que avanzaba la noche el ambiente se iba caldeando, los stacks subían y los parroquianos pedían más marcha: $20/$50, $50/$100… Eran unas mesas rentabilísimas, con una proporción muy alta de guiris quemando pesos con lanzallamas, como cabría esperar, por otra parte, en uno de los principales centros turísticos del país.

No se dio mal la cosa, y me he traído un billete de $1.000 para demostrarlo, un auténtico Bin Laden, primo carnal de los de a £50: sabes que existen, incluso alguna vez alguien te dijo que vio uno, pero no es fácil echarlos el guante. Ahí lo podéis ver en primer plano, junto con sus hermanos pequeños.

El día que me sentaron al lado del puerco etílico no fue especialmente bueno si hablamos de poker, pero ese lunes en esa mesa sucedió algo que quería dejar por escrito para no olvidarlo. Cerca ya de la medianoche el borracho paró el juego por enésima vez pidiendo explicaciones sobre un aparente error en el desarrollo de una mano que nadie más que él había visto. Y el dealer, paciencia infinita la suya, intentó hacerle ver que todo estaba en orden, invitándole amablemente a que dejara de interrumpir. Ahí fue cuando el barril de cerveza montó en cólera, gruñendo al empleado que se limitara a hacer su trabajo.

El chaval le contestó con toda la calma del mundo: «Hacerme respetar forma parte de mi trabajo». A su frase le siguieron dos o tres incoherencias balbuceadas por el borracho y después el silencio. Nadie más dijo nada. Tenía solo 19 años pero el croupier de esa mesa era ya un señor.

Imposible no acordarse de la maruja que incordiaba al barman con su «licor de chirimoya». Me remuerde la conciencia por no haber felicitado al dealer en su momento, así que al menos quería dedicarle esta canción de los Platero. Va por usted, señor.

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