Cape Town

Alguien me dijo que cuando llegabas a este país tenías la impresión de estar en Alemania con elefantes, pero que después de un tiempo te dabas cuenta de que en realidad vivías en África con autopistas. Yo andaba ya en el segundo estado mCape0ental y entonces descubrí Ciudad del Cabo, un lugar completamente diferente al resto que me rompió los esquemas. La visita es obligada en mi opinión para cualquiera que se deje caer por Sudáfrica.

Probablemente eclecticismo* sea lo que mejor define a este rincón del planeta por el que ha pasado medio mundo en el último medio milenio; hasta las aguas del Atlántico y del Índico se cruzan por aquí: encrucijada de caminos, crisol de razas, que diría un geógrafo de la vieja escuela. *Ahí ponía mezcla pero lo cambié por ese palabro en un arrebato cultureta de último momento.

Casitas de colores y alguno de los mil baretos de Long Street: música en vivo,  restaurantes con todas las cocinas imaginables, oferta hotelera para todo tipo de bolsillos… Podría haber vivido un año entero sin salir de esta calle y no hubiera echado nada en falta.

Y más fotos, de izquierda a derecha y de arriba a abajo: Vista de Ciudad del Cabo desde Robben Island, cárcel situada en esa isla en la que Mandela se tiró un montonazo de años, playas de Camps Bay,  Constantia Wine Farm, Cape of Good Hope y Cape Point.

Y he dejado los animalicos para el final. No sé si habrá muchos lugares en el planeta donde puedan verse avestruces y babuinos paseando a la orilla del mar, pero Cape Peninsula es uno de ellos. El pingüino que posa para la cámara es ciudadano de la famosa colonia próxima a Simon’s Town, y los leones marinos o focas -no estoy seguro- de la imagen siguiente son los que estaban echando la mañana en un islote cercano. En la quinta foto aparece un bichejo con aspecto de marmota, es un damán roquero (dassie en Sudáfrica) que sesteaba en lo alto de Table Mountain. Hasta allí subimos a pata y sudando la gota gorda, dicho sea de paso, y no en teleférico como hacen los guiris tramposos. Por cierto, el apellido de «roquero» no se lo han ganado porque les mole Metallica sino por vivir entre peñascos -toma chistaco-.

El último invitado no necesita presentación, su cara de malo y su barrigota pálida lo delatan. Hace ya varios años vi un tiburón ángel en una de mis primeras inmersiones en Gran Canaria, y ahora resulta que aquel monstruo devora hombres que yo recordaba no era más que una sardinilla comparado con los tiburones blancos que rondan las costas de por aquí: el que podéis ver en la imagen se acercaba a los tres metros pero llegan a alcanzar el doble de esa longitud. Son asombrosamente rápidos y ágiles para su tamaño, y tienen unos piños que meten miedo, aunque para miedo miedo el que pasó mi copiloto en la travesía entre Cape Town y el punto de inmersión en Gansbaai. Se siente, son las cosas de conducir por la izquierda.

Oye, sobra decir que las fotos están tomadas con el móvil y son una porquería por no variar, pero no lo hago para torturaros la vista sino porque quiero que os entren ganas de venir aquí para verlo vosotros mismos. Merece la pena.

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